Hay que gastar y gastar y gastar

Hay situaciones, en la política y en la vida, en la que dan ganas de tirar la toalla, tan inútil parece ya todo… Pero no debemos. Con fruto o sin él, hay que seguir esforzándose en hacer lo que creamos mejor.

Y una de las tareas a realizar sería la de aclararnos en para qué sirven los impuestos.

Hace unos veinte años, me causó asombro oír a un admirador de la película “Titanic” cómo la ensalzaba insistiendo en que “había sido la más cara de la historia”, en que “los vestidos fueron hechos a mano, los platos que se rompieron eran todos de cerámica buenísima”… No cabe discusión cuando los puntos de vista son tan distintos. Yo hubiera creído que lo meritorio era el producir una obra de arte sacando el máximo partido, con ingenio, de unos medios escasos. Un director de cine puede tener sus extravagancias, vale. Pero considerar el mayor gasto como virtud en sí misma, y darlo además por obvio, esto supone una mentalidad tan distinta de raíz que el intentar rebatirla con argumentos parece inútil… Pero intentemos lo inútil.

Imaginemos una familia media (“tradicional”, para simplificar), papá, mamá y dos niños. De repente, se decide que “a partir de ahora, en la cesta de la compra hay que gastar el triple”. Porque sí. Sin ninguna otra norma: gastemos el triple, sin más. Pregunta práctica: ¿se alimentarán mejor? Pues no lo sabemos. Puede que sí, y puede que no. A lo mejor, sin saber ya en qué gastar, se llenan de vinos de lujo y de bombones belgas… Que alimentarse “bien” resulte caro, nadie lo duda. Que la simple norma de “gastar en el supermercado mucho más” produzca mejor alimentación, eso es otra cosa. Lo mismo si esa familia media decide, a partir de ahora, gastar el triple en ropa, o en actividades de ocio, o en lo que sea.

Lo lógico (es curioso verse defendiendo cosas tan obvias) es decidir cuál es el bien deseable, y a continuación intentar poner los medios para conseguirlo. El gastar por gastar, no es ya que resulte inmoral o antieducativo; es que simplemente no mejora la calidad de vida.

Aunque se haya hecho habitual, a muchos nos chirría, incluso nos duele, el oír incesantemente cosas como “vamos a aumentar el GASTO en educación” “hay que aumentar el GASTO en…”. Habrá que mejorar esto o lo otro; habrá que proponerse tal o cual objetivo. Pero ¿la idea es sólo  GASTAR? ¿Y por qué ha de ser bueno?

Los que pasamos a diario por peculiares rotondas ornamentadas de manera costosísima (para muchos, antiestéticas. A otros les gustarán. Pero su utilidad pocos podrán defenderla), por poner sólo un ejemplo, podemos comprenderlo muy bien. En una época donde la palabra de moda es “recorte”, resulta algo osado afirmar que un gasto innecesario puede hacer tanto daño o más que un recorte; al menos, un daño visual.

En algún instituto de Secundaria de Sevilla puede verse algo tan peregrino como… una palmera bajo techado. El exótico lujo de un millonario danés o sueco o finlandés, de mantener, con la calefacción de su casa, un olivo o una palmera, planta evocadora de países cálidos, eso ahora lo pretendemos en un centro de enseñanza… de Sevilla.

Se diría que es un despilfarro. Pero el que tuvo la idea, claro, “gastó más en Educación” (la mítica palabra)…




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