¿Hasta cuándo va a durar esto?

Llegar tarde a una pandemia, 2020/Foto: Gervasio Sánchez

 

El otro día vi esta fotografía en un reportaje de La Razón (Lo que no quisieron que viésemos de la pandemia) y me dolió como la astilla de una vieja madera que se te clava en la piel. El brazo que asoma bien podría haber sido el de mi madre y de nuevo me sentí ahogada necesitando quitar esa figura humana inmersa en plástico que impedía ver quién estaba detrás, enferma, postrada en la cama. Y me asaltó la pregunta como si fuera la misma tristeza viniendo a verme, ¿por qué no pude ser yo la que estuviera con ella? Me habría metido en cualquier bolsa con tal de que sintiera mi apoyo y reconociera mi sonrisa. Pero, y a pesar de la cercanía, nos dejaron en la más dura de las distancias. ¿Sabremos algún día a cuántos?

No se entiende por qué se maquillan las noticias y se dispersa la identidad de los muertos con sus cenizas. ¿Acaso es esto una guerra política en la que se necesite jugar a tapar las miserias propias y levantar al vuelo las del contrario? ¿No es esto un problema grave de salud pública que se debiera mostrar en toda su dimensión? ¿No se pretende que el ciudadano —y más el joven— se comporte de una manera responsable?

No sé vosotros pero creo que no es posible evitando la crudeza de la verdad ¿Acaso hay cabida para las cortinas de humo sobre nuestros muertos?
Que no nos escondan a los recientes cuando se quiere desenterrar los de nuestra historia porque, como poco, resulta enfermizo.

¿No sabemos ya lo suficiente sobre lo indigno, cruel y angustioso que es morir en soledad, en la ausencia de los tuyos? Es amoral pasar de puntillas sobre tanto sufrimiento.

Ha faltado mucho corazón por parte de nuestros dirigentes. Y más verdad. Aún espero una mínima condolencia por nuestra pérdida. De las que se sienten cercanas por mostrar un honrada empatía y no las frías y mal representadas como la pantomima hecha con antorchas y rosas blancas. Cuando no hay conciencia de Estado para el sufrimiento y el sacrificio de todo un pueblo que está perdiendo más de lo que nunca pudo imaginar y a todos los niveles ¿de qué sirve ese tipo de homenaje? Habría sido mucho más eficaz, humano y económico haber mandado una simple carta de condolencia. O, mejor aún, ¿Una visita concertada con los familiares de los muertos en cada provincia, en cada ayuntamiento? Para venderse en campaña se patean hasta el último pueblo perdido, ¿no? Pero, claro, para poder hacer un reconocimiento justo y sentido, las cifras de los fallecidos deberían tener su propia identidad. Su nombre, sus apellidos, su edad, su rostro y esto habría puesto demasiada muerte encima de la mesa.

¿Para esto sirven los ideales políticos? ¿Quiero a gente así dirigiendo el mundo en el que vivo? Rotundamente, no. Y ya ejerceré mi derecho cuando me corresponda. Un virus arremetió contra nosotros como nunca lo pudimos imaginar y la mala gestión del mismo, la poca transparencia y la escasa humanidad de los que lo han dirigido y de los que eran nuestros máximos responsables, ha estado muy por debajo de lo que nos habríamos merecido.


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