Volvemos cada año a lo mismo por estas fechas: la imposición artificial de una fiesta que no tiene nada de fiesta, ni de nuestra cultura, ni de nuestras raíces y carece de valores en sí misma. Circulan por la red muchas viñetas de la famosa calabaza encerrada en un círculo rojo y atravesada por una raya del mismo color, con claro ánimo de ir en contra de este evento. Junto a las viñetas se escriben variadas leyendas: porque soy católico, porque no soy yankee, porque no soy gilipollas, porque soy español, no soy anglosajón, soy hispanoamericano, etc. Todas ellas son válidas y ciertas.

En el momento en que se da la máxima comunicación entre los pueblos y que nos deberíamos enriquecer unos a otros con la propia cultura, nos dejamos imponer borregamente la cultura global, la que deciden unos pocos por motivos de dinero y de ideología. No es diferente este fenómeno del que estamos observando en nuestra querida Cataluña: como a todo un pueblo se le puede educar desde la autoridad con la mentira. Todo un fenómeno Orweliano perfectamente diseñado con medios y objetivos dignos de una tesis doctoral en sociología. El Big Brother decide en cada caso. En Cataluña se trata de cambiar la historia para que tengan un complejo de pueblo oprimido por fantasmas. En el ámbito global el Gran Hermano diseña una juventud nocturna, consumidora, bebedora, sin creencias, aparentemente emancipada, sin valores, caprichosa.


¿A quién interesa todo esto? ¿Qué persigue? Probablemente estas respuestas exceden de lo que se puede decir en las líneas de un artículo y también de mi capacidad de análisis. Pero algo podemos decir. No veo motivaciones positivas, es decir no se pretende un enriquecimiento de la masa de gente a la que se educa en estos parámetros, más bien son motivaciones negativas: no interesa la cultura de la vida, ni los conceptos derivados de la Ley Natural, no interesa una racionalidad verdadera, sino un sentimentalismo y un desarrollo de las sensaciones y los sentidos como única forma de felicidad. Reducido a sensaciones, el ser humano es muy manipulable, es una máquina de consumir lo que se le diga con estudiado marketing. Como nos enseñaba George Orwell en su actualísimo 1984, el intelecto es lo que lleva a la libertad. Un animal racional sin racionalidad, es simplemente un elemento de la manada.

Halloween. Su origen parece relacionado con la festividad Celta del Samhain que se celebraba el final de la temporada de cosechas y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la estación oscura. Según sus creencias, en ese día  se daba una cercanía de la vida terrena y la eterna, una relación mayor con los ancestros y  los espíritus buenos y malos.

         La festividad cristiana de Todos los Santos pretendió desterrar ese culto a los espíritus y transformarlo en un homenaje a la santidad, a quienes habían sabido imitar a Jesucristo. A ello se unió la dedicación del siguiente día a los Difuntos para rezar por los que todavía no entraban en el Coro de los Santos.

            Se trata, por tanto, de una celebración de Triunfadores. Ese anhelo que todos tenemos de triunfar en la vida, se recuerda que no es algo ilusorio, sino que se llevará a cabo verdaderamente en la vida eterna y a ella hay que mirar en nuestro andar terreno. Es una celebración de la Vida, con mayúscula. La cultura protestante dio un paso atrás al recuperar la celebración del Halloween. Resulta un tanto irracional, pero no olvidemos que el protestantismo es en realidad una religión agnóstica; aunque suene fuerte decirlo, es así, religión de un dios desconocido, lejano, ausente. Por eso, es una cultura de la muerte: teme a la muerte y se burla del espíritu porque no cree en la vida eterna, sólo en la terrena. Todo esto guarda estrecha y lógica relación con las implantaciones progresivas de la mentalidad abortista y eutanásica: es el estado final de esa cultura de la muerte que se ha convertido en lo políticamente correcto, dogma de fe de la progresía.

            No tiene sentido celebrar Halloween y mucho menos educar a los niños en esa cultura de la zombiestupidez que esconde en su interior tanto vacío y pretende hacer pensar que lo espiritual es ajeno a nosotros. No tiene sentido guardar las cenizas de un ser querido en casa, o repartirlas en bolsitas en un funeral, como si fuera lo único que queda de ellos. Además de ser una horterada sentimental de yankeelandia, es una manifestación más de la cultura de la muerte como final total y absoluto de nuestra pobre vida.

            Prefiero la Vida, creer en el alma, respetar mis restos, aspirar a la eternidad, celebrar la Fiesta de todos los Santos, los Triunfadores.