¡Ha sido una niña!

En los países anglosajones, y en muchos otros, se mantiene en general la costumbre (no por falta de medios técnicos, sino por variadas razones) de esperar al nacimiento para saber el sexo del bebé. Es curioso el comentar esto como quien refiere una curiosidad, cuando lo novedoso, lo peculiar es más bien lo nuestro. Creo que en ningún otro país se anticipan ciertas cosas como en España; se realizan incluso ecografías, en los hospitales públicos, sin otro propósito que el de “ir viendo la cara del feto, para ir haciéndose a la idea”… algo que a los no iniciados nos choca un poco.  

Mil implicaciones podrían derivarse de estas costumbres. Pero en fin, centrémonos de momento sólo en el hecho de la inmemorial expectación, tanto si el desenlace se produce en el nacimiento o algo antes, de si “será niño o niña”.

Resulta que ¡hasta eso!, hasta esa expectación tan natural y obvia, pues incluso eso es objeto de crítica acerba por parte de los movimientos igualitarios (por llamarlos de alguna manera). “Todo el mundo me pregunta si he tenido un niño o una niña- publicaba una forera con un tono amargo como si narrara, en vez de lo más natural, un tremendo agravio. Y añadía: “Por favor, ¿tanto le importan a la gente los genitales de mi bebé?”.

Podía responderle (una vez que recuperara el habla, perdida ante el asombro de escuchar semejante barbarie): “Mire, no me importan los genitales de nadie (¡tremendo el lenguaje que hay que utilizar!). Pero esa pregunta (“¿es niño o niña?”) es tan legítima y tan amable que tendría que ofenderse más bien si no se la hicieran”.

Evidentemente, la ideologizada no me entendería (¿qué va a entender quien no busca la verdad, quien ha dejado que la ideología le invada hasta los momentos solemnes e íntimos de la vida, los que para muchos resultan los más auténticos…?). Pero, para evitar que algunos bienintencionados se coarten, ante tantas asperezas, a la hora de formular tan primigenia pregunta, habría que recordar:

Hasta que no sabemos si “esto” es un niño o una niña (como más adelante hasta que no sabemos si un nuevo empleado o compañero de piso o profesor es hombre o mujer), no podemos concebir a esa persona. Por la sencilla razón de que no existen personas que no sean o hombres o mujeres.

Todos podrán recordar el estar a la espera de un hijo, o al menos de un sobrino o hijo de una amiga. Todos podrán recordar que, en el momento en que a una le dicen: “Ha sido una niña”, se experimenta una oleada de alegría enorme. Y si el mensaje es: “Ha sido un niño”, se experimenta una oleada de alegría enorme. No es porque se prefiriera una cosa o la otra (aunque, en su caso, pues sería totalmente legítimo el tener preferencias en ese sentido, ¿por qué no? Como también lo es el tener hijos predilectos – una constante en la historia, y que hoy parece una especie de tabú. Es un tema para otro día). Pero consideramos ahora el caso en el que no hay preferencias previas. Y no obstante al sentir el anuncio de que “va a ser una niña”, o de que “ha sido un niño” (la noticia del sexo recibida antes o después del nacimiento, según el lugar) se produce una gran alegría añadida. ¿Por qué? ¿Por qué la alegría añadida, si ya se sabía que había un bebé, sano y espléndido?

Porque la palabra “persona” es una abstracción (Nada desdeñable: un maravilloso invento de los griegos, perfeccionado con el cristianismo). Utilísima y espléndida, sí. Pero no existen personas que no sean o hombres o mujeres. Así, pues, hasta que no sabemos que “eso” es un chico, o una niña, pues no adquiere concreción, no podemos ni imaginarlo, no suena real. Incluso, para las personas sensibles, gusta saber el sexo del bebé que pasa en su cochecito; y no ya por la cosa sentimental de tierno interés por la infancia. Es una cuestión básica antropológica. Al oír: “Es una niña”, ese bultito adquiere entidad. Se comprende que es una persona. Al oír “Es un niño”, sucede otro tanto: ya no es un bultito sino un ser humano. 

¿Por qué hay que recordar estas realidades básicas, elementales, hasta triviales de puro obvias? Pues… en otro tiempo esto no pasaría de ser un comentario personal, una observación anecdótica sobre hechos familiares y sentimentales, sin la menor trascendencia. Hoy día sin embargo, pues el enunciar tan simples cosas es enfrentarse al poder, es “hablar de política”. En la obra de ingeniería social en curso, pues hasta esas realidades naturales y entrañables (el preguntar “si es niño o niña”), ahora resulta que van a ser algo “malo”.

¡No nos acobardemos! Sigamos haciendo lo que nos sale natural y espontáneo (si te dicen: “Pues acabo de ser tía”, ¿cómo no vas a querer saber si ha sido sobrino o sobrina?). Preguntar eso, además ya de la cortesía y del cariñoso interés, es algo que honra la condición humana.




 

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