¿Ha cometido Israel genocidio u otros delitos en Gaza?

El 29 de diciembre de 2023 Súdafrica interpuso una demanda ante el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) contra Israel por la comisión de un delito de genocidio en Gaza, en violación de la Convención de 1948 para la prevención y la sanción del delito de genocidio, en la que ambos Estados son Partes. El Gobierno sudafricano ha actuado hábil y pragmáticamente para conseguir la tarea nada fácil de llevar ante un Tribunal Internacional a Israel, que – aunque haya cometido numerosas violaciones del Derecho Internacional y del Derecho Humanitario durante su intervención armada en la franja-  al no ser Parte en el Tratado de Roma de 1998 por el que se creó la Corte Penal Internacional, no podía ser demandado ante dicho Tribunal.

Auto del TIJ sobre la demanda de Sudáfrica contra Israel por su intervención en Gazaí

Sudáfrica acusó a Israel de “genocidio intencionado”. “La intención genocida contra los palestinos de Gaza es evidente por la forma en la que se está llevando a cabo el ataque militar de Israel”, y se trata del “primer genocidio en la Historia en el que las víctimas están emitiendo en directo su propia destrucción”. La acusación citó las manifestaciones de algunos miembros del Gobierno israelita a favor de borrar a Gaza del mapa, como las del ministro de Seguridad Nacional, Itamar ben Gvir, quien declaró que ”un judío que se defiende a sí mismo y defiende a otros de los palestinos no es un sospechoso de asesinato, sino que es un héroe que merece todo mi apoyo”. Sudáfrica solicitó al Tribunal la adopción con urgencia de medidas cautelares para frenar la operación militar de Israel.

La defensa israelita negó la competencia del TIJ, que había sido forzada por Sudáfrica contra la voluntad de Israel. Este argumento tenía poco recorrido porque, al ser éste Parte en la Convención de 1948, había aceptado la disposición que prevé que un Estado Parte poda llevar a otro ante el Tribunal en caso de estimar que había violado dicha Convención. Israel había sido forzado a la guerra por Hamas y su Ejército actuaba con proporcionalidad y minimizando los daño a los civiles, y “su compromiso con el ‘nunca más’ de Holocausto le impedía cometer un acto de genocidio”. Si hubo actos de genocidio, fueron los perpetrados contra Israel. No todas las intervenciones armadas en un conflicto eran genocidio, pues, si todos lo fuera, nada sería genocidio. Se opuso a la adopción de medidas cautelares que implicaran la detención de los combates,  porque ello supondría negar a Israel su derecho a defenderse.

La decisión del TIJ fue un tanto salomónica pues dio una de cal y otra de arena. El Tribunal estimó que al menos alguno de los derechos reivindicados por Sudáfrica y para los que solicitaba protección eran plausibles. “Este es el caso con respecto al derecho de los palestinos de Gaza a ser protegidos de actos de genocidio y de actos prohibidos conexos […] y el derecho de Sudáfrica a exigir el cumplimiento por parte de Israel de las obligaciones de este último en virtud de la Convención”. En consecuencia,  instó a Israel a tomar todas las medidas para prevenir la comisión de un genocidio en Gaza. El Tribunal observaba que la operación militar llevada a cabo por Israel había causado un gran número de muertos y heridos, así como la destrucción masiva de viviendas, el desplazamiento forzoso de la gran mayoría de la población y grandes daños a las infraestructuras civiles, por lo que el Gobierno israelita debería tomar medidas inmediatas y efectivas  para” permitir la prestación de los servicios básicos y la asistencia humanitaria que se necesitan urgentemente, para hacer frente a las adversas condiciones de vida a las que se enfrentan los palestinos en la franja”

.Sin embargo, el Tribunal no se pronunció sobre el cese de las operaciones militares por parte de Israel, aunque sí le exigieron que garantizara con efecto inmediato que sus militares no cometieran actos de genocidio. Ni siquiera reclamó un alto el fuego, lo que suponía un reconocimiento implícito del derecho de Israel a defenderse. Si hubiera tenido la más mínima prueba sobre la comisión de genocidio habría urgido la suspensión temporal de los ataques. Como ha observado Rafa Latorre, si Israel hubiera pretendido cometer un genocidio, la guerra habría sido fulminante. Reducir los daños colaterales de los ataques no era tarea fácil, pues las milicias de Hamas se entreveraban con la población civil en un reducido espacio, ocultaban sus arsenales en instalaciones civiles, y ponían la vida de cada uno de los gazatíes al servicio primordial de la destrucción de Israel. Éste ha recibido con alivio la decisión del TIJ de no exigir el cese inmediato de su ofensiva militar, y con indignación su negativa archivar el caso. Hamas recibió con satisfacción que Israel se haya visto forzado a sentarse en el banquillo de los acusados, con el consiguiente desprestigio ante la opinión pública internacional, y la ANP dio la bienvenida a las medidas provisionales ordenadas por el Tribunal. 

Características del delito de genocidio

El delito de genocidio fue establecido como reacción contra los horrores del Holocausto. En 1944, el judío de origen ruso Rafael Lemkin propuso, en su obra “El dominio del eje en la Europa ocupada”, la creación de una nueva figura delictiva que sancionase los crímenes que estaba cometiendo la Alemania nazi y a la que calificó de “genocidio”. A raíz esta propuesta, se iniciaron las labores en el seno de la ONU  para elaborar un tratado a este respecto y la Asamblea General adoptó el 9 de diciembre de 1948 una Convención, que creaba y regulaba este nuevo delito. Según Bernard Brunetau, en “El siglo de los genocidios”, en un principio se incluían dentro de este término todos los crímenes contra la humanidad, pero más tarde se estableció una diferencia entre los crímenes de lesa humanidad, dirigidos contra la población civil en general, y los delitos de genocidio, que afectaban a un determinado sector de esa sociedad que corría el riesgo de ser diezmado e incluso aniquilado, y que se definía por sus características étnicas, raciales o religiosas, teniendo en cuenta los precedentes de las matanzas de los judíos por los nazis y de los armenios por los turcos. También había recogido la originaria propuesta de la Asamblea de incluir el factor “político” en la definición, pero las presiones de la Unión Soviética hicieron que desapareciera ese elemento identificador, para impedir que pudiera verse juzgada por sus asesinatos en los ”Gulags” o por las atrocidades en los campos de trabajos forzados de Siberia, que eran cometidos por razones políticas. El genocidio político no está tipificado ni en la Convención, ni en ninguna legislación nacional, salvo en la de Colombia.

Había otro segundo elemento definidor del delito de genocidio, cual era la intención de los autores de destruir total o parcialmente a los grupos nacionales escogidos por poseer determinadas características y era imprescindible demostrar esa intencionalidad. Finalmente, la Convención definió el genocidio como las matanzas, lesiones y atrocidades perpetradas “con el fin de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal” (artículo II). 

Veamos si los ataques realizados por el Ejército israelita en Gaza y las violaciones de los derechos de los palestinos cometidas cumplen los citados requisitos. En primer lugar, los ataques realizados por el Ejército de Israel en represalia de la  masacre cometida el 7-O en territorio israelita por las milicias del grupo terrorista Hamas, en ejercicio de su derecho de legítima defensa, no se dirigen contra los gazatíes por el hecho de ser palestinos, sino porque fueron los autores de una criminal matanza. Los principales destinatarios de las bombas y los proyectiles israelitas son los miembros de las milicias de Hamas, pero, al estar éstas mezcladas con la población local en un espacio reducido y superpoblado, resulta inevitable que se produzcan daños colaterales a la población civil del territorio. En segundo lugar, la intención del Ejército israelita no es eliminar total o parcialmente al pueblo de Gaza, sino aniquilar las milicias terroristas y destruir por completo sus instalaciones e infraestructuras. Es cierto que los ataques israelitas están causando la muerte de muchas víctimas civiles y provocando multitud de heridos, pero esa no era la intención de Israel, sino la consecuencia de su desproporcionada reacción. Israel ha cometido en Gaza crímenes de guerra, delitos de lesa humanidad y actos de agresión, y violado varias normas de Derecho Internacional y de Derecho Humanitario, pero no ha cometido un delito de genocidio.

Quienes sí lo han cometido han sido las milicias de Hamas, que asesinaron vilmente a 1.200 israelitas por el hecho de serlo. El problema radica en que Hamas no es un sujeto de Derecho Internacional, porque ni es un Estado, ni ha sido reconocido como beligerante. Operan en un territorio que está supuestamente bajo el control de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), pero tal no es el caso. Los Estados Partes en la Convención no pueden, por tanto, demandar a Hamás ante el TIJ, y no tendría sentido demandar a la Autoridad ya que, aunque sea el titular de la soberanía sobre Gaza, no ejerce “de facto” control alguno sobre dicho territorio.

Breve historia de Gaza

Gaza es una franja de tierra de 41 kms de largo y 10 de ancho, situada a lo largo del Mar Mediterráneo entre Israel, al norte y al este, y Egipto, al sur, y cuenta con una población de 2,3 millones de habitantes, lo que supone una de las mayores densidades poblacionales del mundo. Perteneció al Imperio otomano y, cuando se estableció en 1920 el mandato de Gran Bretaña sobre Palestina, fue incluido dentro del territorio de la nueva entidad. Cuando en 1947 la ONU creó el Estado de Israel  junto a otro Estado palestino, la franja quedó integrada en este Estado, pero -tras la guerra árabe-israelita de 1948- el territorio fue ocupado por Egipto. Después de la guerra de los Seis Días (1967-1973) , Israel conquistó Gaza y lo retuvo bajo su dominio hasta 2005.

En 1992, el primer ministro israelita, Isaac Rabin, dijo que le gustaría que Gaza se hundiera en el mar, pero que -como eso no iba a suceder- había que encontrarle una solución y, por los Acuerdos de Oslo (1993) se le concedió una autonomía limitada bajo el teórico control de la ANP. Israel, sin embargo, siguió ocupando la franja hasta que, en 2005, decidió retirar sus tropas y 7000 colonos israelitas. El partido de la ANP -Al Fatah- tenía escasa implantación en el territorio, y curiosamente el Gobierno israelita potenció el crecimiento de su rival Hamas, para debilitar a la Autoridad  y a su presidente Yasser Arafat, al que confinó desde 2001 en Ramallah hasta su muerte en 2004. Las elecciones celebradas en Gaza en 2006 fueron ganadas de forma abrumadora por el partido fundamentalista y  Al Fatah fue expulsado de la franja, con lo que la ANP – liderada por Mahmud Abas-  perdió el escaso control que tenía sobre el territorio.  

El Gobierno israelita hizo un pan como unas tortas ya que, si bien Arafat podía ser molesto, era un político prestigioso y había reconocido al Estado de Israel y colaborado con él. Hamas, por el contrario, no lo reconocía y tenía como objetivo su destrucción. Así, en el preámbulo de su Carta Fundacional, afirmaba que Israel existiría hasta que el Islam lo destruyera, y -en su artículo 7- decía, de forma poéticamente siniestra, que “no vendrá el día del juicio hasta que los musulmanes combatan a los judíos, hasta que los judíos se escondan tras las montañas y los árboles, los cuales gritarán: ¡oh musulmán, un judío se esconde detrás de mí. Ven y mátalo!”. Dirigido por Ismail Haniya, se ha definido como un movimiento de resistencia islámico, nacionalista y yihadista, y cuenta con una potente milicia -la Brigada Ezzeldin al-Qassam,- dotada de armamento muy moderno suministrado por Irán. Los países occidentales lo consideran una organización terrorista e Israel bloqueó el territorio desde 2007. Hamas formó un Gobierno en solitario, que se dedicó a hostigar a Israel y a cometer todo tipo de atentados y secuestros, hasta el punto de que aquél volvió a invadir Gaza entre 2008 y 2009. La tensión armada alcanzó su cénit tras el ataque armado por sorpresa del 7-O.

Actitud de los contendientes

Hay dos hechos básicos que no ofrecen lugar a dudas: El derecho a la legítima defensa de Israel ante el ataque genocida de Hamas y la respuesta desproporcionada del Gobierno israelita al mismo. La agresión que sufrió Israel y su derecho a defenderse no justifican en modo alguno la actuación del Ejército israelita Gaza, en la que ha violado y continúa violando el Derecho Internacional general y el Derecho Humanitario en particular. No es que los ataques israelitas hayan causado inevitables daños colaterales a la población civil, sino que ésta ha sido objeto directo de esos ataques. Israel ha violado todos y cada uno de los Convenios de Ginebra sobre Derecho Humanitario en caso de conflicto armado y cometido numerosos crímenes de guerra y de lesa humanidad. Especialmente grave ha sido su ensañamiento con la población civil. Ha obligado a más de un millón de gazatíes a abandonar sus hogares -que han sido destruidos- y a trasladarse en condiciones espantosas al sur del país, los ha bombardeado durante su desbandada -y, cuando llegaron a Rafah y no pudieron seguir huyendo porque Egipto había cerrado la frontera-, los ha seguido bombardeando y ha anunciado un ataque contra dicha ciudad, último refugio de estos desgraciados. Hasta su incondicional protector, Estados Unidos, ha reaccionado ante esta atroz actuación con hipocresía -dado que ha vetado en la ONU la petición de un alto el fuego-, y Biden ha dicho que Netanyahu está causando más daño que bien con sus acciones en Gaza, y éste le ha contestado que era esencial la ofensiva contra Rafah, para evitar nuevos ataques terroristas de Hamas y que entre 4 y 6 semanas terminaría la fase ofensiva de la guerra.

Estados Unidos suministra a Israel cuanto armamento necesite -incluido el más moderno y sofisticado- y financia un tercio de los costes de la guerra. Biden ha recibido un aviso en las primarias de Michigan por parte de la población de origen árabe y ahora se rasga las vestiduras y critica la tragedia humanitaria que se está produciendo en Gaza, pero no hace lo suficiente para paliarla, aunque sea el único que puede influir sobre Israel, y se ha limitado a enviar en paracaídas algunos paquetes de comida, que son una gota en el Mediterráneo. Israel tiene completamente bloqueado a Gaza, y ha cortado los suministros de electricidad, combustibles y agua, solo permite la entrada con cuentagotas de unos pocos camiones de ayuda humanitaria, y ha destruido todos los hospitales de la región. Los muertos pasan de 30.000, los bebés no sobreviven en  las  incubadoras por falta de electricidad y los niños mueren de hambre. Esto no es genocidio, pero se le parece mucho, y la comunidad internacional -incluidos los países democráticos que respaldan directa o indirectamente a Israel-no deberían permitir que e continúe esta horrible tragedia.

Descalificación de la UNWRA

Otra víctima de los daños colaterales de la guerra ha sido la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo  (UNWRA). Se trata de una agencia creada en 1949 con carácter provisional para atender a los millones de palestinos desplazados de sus tierras por la creación del Estado de Israel y las guerras-árabe israelitas, y que continúa  mal que bien en funciones por culpa de unos y otros, incapaces de resolver el conflicto palestino. La Agencia  atiende a la salud, la alimentación y la educación de más de cinco millones de refugiados palestinos, y financia su subsistencia, especialmente en Gaza, donde más de la mitad de la población depende de su ayuda para sobrevivir. Es una Organización antipática para Israel, que ha propuesto su disolución. Estados Unidos -el principal contribuyente de la Agencia- la ha utilizado políticamente a su conveniencia. Cuando estuve de representante permanente ante la ONU en Viena, la Representación  se ocupaba de la UNWRA y recuerdo que, so pretexto de alguna decisión de la ONU que no gustó a Israel, Estados Unidos suspendió durante varios años su fundamental contribución.

Israel ha acusado a algunos empleados de la UNWRA en Gaza de haber colaborado con Hamás en su ataque del 7-O, sin aportar pruebas fehacientes sobre su acusación. Se trataba de 12 de los 13.000 empleados locales de la Agencia y ésta los ha suspendido de empleo mientras realiza una investigación. Estados Unidos y otros 20 países occidentales se han apresurado a suspender sus contribuciones a la Organización -por lo que han sido calurosamente felicitados por Israel-, aumentando la gravedad de la situación en el territorio. Afortunadamente, el Gobierno español no se ha sumado a esta lamentable decisión y, antes al contrario, ha aumentado su contribución. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha pedido a estos países que reconsideren su decisión, porque “no hay otra organización en Gaza que ahora pueda ocupar su espacio, ninguna con una presencia igualmente significativa”. El comisionado general, de la Agencia, Philippe Lazarini, ha declarado que el hambre se extiende por toda la franja, una hambruna evitable que ha sido provocada por el hombre, a lo que se suma la inseguridad causada por las operaciones militares israelitas y la implosión del orden civil. Hay una necesidad urgente de proporcionar de manera predecible e ininterrumpida lo más básico de lo básico y, para ello, es imprescindible un alto el fuego. Reducir los fondos de la Organización o suprimirla -como ha propuesto Israel- provocaría una crisis humanitaria aguda y sin precedentes. Deshacerse de la UNWRA supondría “sacrificar a toda una generación de niños que, en el lugar, de volver a un entorno educativo, serían educados en el trauma de los escombros de Gaza, y esto no es otra cosa que sembrar las semillas para el odio y el resentimiento en el futuro”.

Difícil solución del problema palestino 

Si grave es la situación de Gaza, más aún lo es -desde un punto de vista político- la de Cisjordania, donde el Gobierno israelita hace todo cuanto puede para impedir la constitución de un Estado palestino. Ha construido un muro de la vergüenza – considerado ilegal por el TIJ- que divide el territorio en ”batustanes” que apenas se pueden comunicar entre sí. Ha incautado tierras a los palestinos e instalado en ellas a numerosos colonos, que imponen el terror entre la población local con la connivencia del Ejército. Israel es la única democracia que existe en el Próximo Oriente, pero se trata de una democracia imperfecta, dominada por la preocupación por la seguridad  -razonable, pero excesiva, y que se refleja en normas inadmisibles-, el abuso de poder  y la discriminación, no solo a los palestinos, sino a sus propios ciudadanos, con los privilegios que concede a los judíos ultraortodoxos, especialmente su exención de cumplir el largo y riguroso servicio militar. Netanyahu también desea que Gaza se hunda en el mar, pero -a diferencia de Rabin- no busca una solución, ni para la franja, ni para Cisjordania. Tiene además un interés personal en que continúe la guerra, porque -mientras dure- escapará a su ominoso destino de ser condenado por múltiples casos de corrupción y de nepotismo, y despojado del poder. 

La única solución posible sería la recomendada desde el principio por la ONU de crear, junto a un Estado de Israel reconocido por todos los países árabes musulmanes, un Estado palestino instalado en Cisjordania y Gaza, lo cual se presenta sumamente difícil, pues habría que superar tanto obstáculos internos y como externos. De un lado, habría que renovar de los pies a la cabeza la corrompida ANP, no bastando con la  dimisión del primer ministro, sino que se requiere también la de su presidente Abas y toda su camarilla, y crear una nueva administración con la parte sana de Al Fatah. Se debería permitir el retorno del los refugiados palestinos y desmantelar los campamentos en los que malviven desde hace 75 años, para lo cual los multimillonarios Estados del Golfo tendrían una magnífica ocasión de hacerse perdonar sus muchas culpas. 

De otro, Israel tendría que colaborar derribando el muro, retirando a los colones ilegalmente implantados y restituyendo a los palestinos las tierras incautadas. Los dos Gobiernos deberían colaborar en todos los ámbitos, especialmente en los de la seguridad y los de la cooperación política y económica. Todos los Estados árabes y musulmanes deberían reconocer a Israel y ayudar a acabar con la actividad militar de milicias como Hamas o Hizbollah. La comunidad internacional, y la ONU y sus agencias deberían volcarse económica y financieramente sobre el nuevo Estado y contribuir a la reconstrucción de Gaza. Todo esto sería posible, pero es harto improbable.

El Gobierno español ha anunciado que reconocerá al Estado palestino -lo que me parece bien, aunque debería hacerlo sin alharacas, ni desconsideración a Israel- y que respaldará, junto con sus socios de la UE, la puesta en práctica de los dos Estados. Creo que no es prudente meter al Rey en este berenjenal casi irresoluble y limitar sus declaraciones a un apoyo genérico al derecho del pueblo palestino a la libre determinación. El pueblo judío sufrió un tratamiento intolerable de exterminio por parte de la Alemania nazi, pero eso no le da carta blanca para tratar a los palestinos como ellos fueron tratados. El camino de los dos Estados es muy empinado, entre otras razones porque a ello se oponen tanto Israel como los países árabes, pero merece la pena intentar recorrerlo. Digamos con Antonio Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. La esperanza es lo último que se pierde.




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