Guerra y cereales

Hace semanas que los informativos han dejado de abrir las noticias con la guerra de Ucrania, quizás porque la contienda ha entrado en una fase en la que no se producen sucesos llamativos, tal vez por cansancio del público, o, probablemente porque bastante tenemos con los problemas domésticos para dedicarle espacio a los de fuera.

Sin embargo, el pasado uno de agosto tuvo lugar un hecho que suponía un soplo de esperanza para todos aquellos que deseamos ver el final de este trágico túnel, como fue la salida del primer barco con cereal ucraniano del puerto de Odesa desde el comienzo de la guerra, merced a un acuerdo firmado por las partes en conflicto en Estambul el pasado 22 de julio, gracias a la mediación de Turquía.

El Razoni, que así se llama el barco en cuestión, tenía como destino el puerto de Trípoli en el Líbano y llevaba a bordo 26.000 Tms. de maíz. Ucrania es el cuarto mayor exportador de grano del mundo, con el 42 % mundial de girasol, el 16 % de maíz y el 9 % del trigo, y su falta de salida tiene implicaciones en el precio de todos los alimentos que se sirven de estos cereales, pero sobre todo en el hambre que se padece en muchos países.

No obstante, donde se cuecen los factores determinantes de los precios, no es fundamentalmente en la climatología ni en la superficie cultivada, sino en el mercado de materias primas de Chicago, fundado en 1848 y que funciona con productos básicos (commodities) como maíz, avena, arroz, soja y trigo, y actualmente es el mayor mercado de derivados (futuros y opciones) del mundo.

Un contrato de futuro es aquel que requiere de su titular que compre o venda un producto a un precio fijo en una fecha de entrega prefijada. Por su parte, el contrato de opción (de compra o de venta) capacita a decidir al optante si ejercer o no su facultad de comprar o vender, mientras que el solicitante queda obligado a atender la opción en su caso. Los mercados de cereales son siempre arriesgados; las sequías y las plagas arruinan cosechas, así que una manera de gestionar ese riesgo es pactar los precios con antelación. Se paga por algo que todavía no existe: la próxima cosecha.

Dicho de otro modo: las decisiones que nos afectan a todos se toman básicamente en el estado de Illinois, en EE.UU, y los agentes que comercian con algo tan fundamental como los cereales son sobre todo cuatro grandes empresas de las que, probablemente, no habrán oído hablar nunca: Archer Daniels Midland, fundada en Estados Unidos en 1902; Bunge, creada en Holanda en 1818; Dreyfus, francesa, constituida en 1851 y el gran gigante en el que todos se miran: Cargill, la empresa privada más grande de Norteamérica entre las que no cotizan en bolsa (está en manos de dos grandes familias), y por ello no está obligada a presentar informes sobre su situación cada tres meses, como sí hacen las cotizadas. 

Cargill, fundada en 1865 en Minnesota, es el líder mundial de los agronegocios, dispone de 166.000 empleado repartidos en 66 países, y su facturación se aproximó a los 125.000 millones de euros el pasado año, el de los mayores beneficios de su historia por la volatilidad de los mercados agrícolas durante la pandemia. Estamos ante el mayor proveedor de ingredientes alimenticios: la harina de las galletas, la sémola de los fideos, la glucosa de los refrescos, la lactosa de la leche como aditivo, el fosfato de los fertilizantes, el pienso de los animales, …

Estos gigantes no poseen tierras: prefieren que sean los agricultores los que corran el riesgo de perder la cosecha. Si hay abundancia, las compañías hacen acopio y esperan; si un desastre climático arruina la producción en un lugar del mundo, tienen la capacidad para transportar los excedentes desde otros lugares.

Se estima que la situación actual ha puesto en jaque la seguridad alimentaria de 800 millones de personas. Rusia y Ucrania son el primer y cuarto exportador de cereales. El cereal de Ucrania se nos presentaba inalcanzable por la invasión, el de Rusia en intocable por las sanciones, y el europeo estás condicionado por la Política Agraria Comunitaria (PAC).

A corto plazo, la situación es preocupante: Argentina, como casi toda Europa, tiene problemas de sequía; Australia, inundaciones; Estados Unidos, incendios; Canadá, olas de calor; India sólo exporta un uno por ciento de su producción; China está acaparando maíz. Es llamativo que un país como Alemania, que tiene como ministro de Agricultura a un miembro del Partido de los Verdes, haya autorizado el cultivo de cereales en terrenos de barbecho en contra de los ecologistas, ante una futura emergencia alimentaria.

Algunos organismos internacionales piden que se cree una reserva mundial de la que puedan nutrirse los países más pobres y que sirva para estabilizar precios, porque en este negocio ganan unos pocos y perdemos todos los demás.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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