Gonzalo cumple 10 años

Gonzalo tiene 10 años. Es padre de familia. Y un empresario consagrado. Y le apasiona jugar al golf. Y es un artista publicando escritos con un halo de genialidad, con los que te hartas de reír. Y ha ideado la marca de ropa “God save my swing”, el tío, cuya traducción al sevillano sería algo así como que El De Arriba me guíe en mi toque con el palo de golf, para procurar mi acierto.

Además, Gonzalo no vende sus polos a cualquiera, qué va. Porque su clientela tiene una dignidad, acorde a la banderita roja y gualda que él manda colocar en sus prendas, bien visible, a modo de repelente de independentistas y demás ralea, a la vez que motivo de orgullo y lucimiento para quienes sienten y aman a España.

Sí, claro. Lo sé. Pensarán mis lectores que he tenido un error con la edad, ya que un chiquillo con una decena de abriles no ha tenido tiempo ni capacidad para embarcarse siquiera en la mitad del cuarto de lo que les he expuesto. Pero me reafirmo. He dicho 10. Gonzalo tiene 10 años. 10.

Me explico …

Gonzalo Alba Beteré, Gonzalo para los amigos, es un emprendedor nato. Las relaciones con proveedores, los contactos con organizadores de eventos y demás, forman parte de su universo de sueños, iniciativas y diseños.

En cierta ocasión el diablo advirtió que Gonzalo malamente sabe decir que no. Entonces ocurrió…

Gonzalo acaba de cerrar un trato y sus interlocutores le arengan a celebrarlo con una copa …

– “Gracias, pero no bebo …”
– “No nos hagas este feo … un día es un día …”

A Gonzalo la ginebra le sabe a agua de fuego … de fuego amigo … que le suelta la lengua y la vergüenza, riéndose de veras, empatizando con todos y pareciéndole que su alma se ensancha, tanto o más que cuando sacó al mercado sus últimas sudaderas, con un éxito rotundo.

Se tambalea … da un par de cambayás volviendo a casa. No pasa nada … un día es un día …

Y dos días son dos. Y tres, tres. Y así sucesivamente, con varios whiskies y cubalibres entre pecho y espalda, sin perdón.

Días y semanas, una tras otra fichando en los bares. Hasta que, sin saber muy bien cómo, el cuento ha cambiado.

Ahora no hace falta que le inviten a un trago, sino que es él quien toma la iniciativa, animando a todos a acompañarle a remojar el gaznate al salir de la empresa.

Quizás así diluye su responsabilidad, como se diluye el gin tonic, alegrando su vientre y embriagando su mente. Ya se sabe. Mal de muchos …

“Quien no bebe no es humano”, escucha decir a un compañero, mientras que se ve a sí mismo bromeando y rebosando humanidad copa en mano. O eso cree.

Todos los días, todos, desea de corazón encontrarse con aquel líquido ardiente que lo sumerge en un sopor compasivo, amable, muelle y dulzón, aupándolo a un espejismo de plenitud y esquivando preocupaciones.

Incluso necesita, o cree necesitar, a aquella poción mágica en el desayuno, en forma de copazo de anís, para que su cerebro carbure poniéndose a tono. Como quien se toma un café para espabilarse.

Pero del mismo modo que el alcohol templa su ánimo, que saca a relucir su mejor versión como actor del mundo empresarial, simpático, dinámico y jovial, poco después le sacude con una caída de vértigo, que le arrastra al mismísimo averno.

El alcohol muestra su registro más cruel y traidor, su mordedura de alimaña carroñera, su implacable efecto depresor e inmisericorde.

Gonzalo tiene un problema. Ahora lo sabe. Su adicción es evidente y, animado por su mujer, acude a terapia. Pero en el hondón de su alma se dice que, sencillamente, no puede superarlo. Prescindir del alcohol se le antoja, lisa y llanamente, imposible.

Para tratar de minorar sus estragos, comienza a dialogar con su adicción. Empieza a negociar con su dependencia a la bebida. De modo que hoy no serán nueve copas, solo ocho; y mañana, que es día de Feria, no se beberá el Guadalquivir, sino sólo el arroyo Tagarete.

Se engaña. Sabe que se engaña como quien se hace trampas en los naipes jugando al solitario. Así va sobornando a su conciencia, otorgando carta de naturaleza a un enemigo implacable y silente, con enormes daños colaterales en familia, amistades e ilusiones.

Hasta que un memorable día se descubre infeliz, con un vaso de cerveza en la mano. Tiene el valor de reconocer que se está mintiendo a sí mismo. Que está minando su dignidad y su vergüenza y que tiene menos autoestima que un perro callejero.

Entonces agarra al demonio por los cuernos … al vaso de birra por el borde … jura a Su Creador que no volverá a probar jamás ni una gota de alcohol, jamás … se encomienda a sus seres queridos que le esperan en el cielo … se vislumbra como la persona que siempre quiso ser, encadenada ahora por el mono de la calle de la amargura en busca de unos puñeteros tragos …

… y arroja el vaso contra la Pila del Pato, con la fuerza y con la ira de Kunta Kinte escapando de su esclavitud en pos de la libertad …

¡ZUUUUM! … Cling, cling, cling …

… sonándole el estallido de los cristales como las campanadas de la Catedral el día del Corpus, como un coro de ángeles que le dan la bienvenida a su nueva vida …

… ¡PUM! ¡¡CRASH!!

Era un 3 de diciembre cuando Gonzalo volvió a nacer, marcando esta fecha en rojo en su calendario, sin beber nada desde entonces, floreciendo su empresa y animando a la peña con su fascinante personalidad.

Conocí esta historia a través de su Facebook, que ya hay que tener valor y fe para exponerla abiertamente, máxime en un pueblo grande como es Sevilla y con lo que habla la gente.

Gonzalo la presenta así, por todo el morrazo y con sus santos bolones por Internet, que si por él fuera la publicaría hasta en el Boletín Oficial del Estado, todo sea para que su particular experiencia de guerra de Vietnam con la bebida y su loable empeño de superación pudiera servirle a alguien.

Un servidor siempre le felicita el 3 de diciembre, día de su glorioso “cumpleaños’ sin alcohol. Aunque en esta ocasión, el colega me ha picado. Vuelve a contar su esperanzadora odisea, nos dice que cumple 10 años y aparece su careto con mirada inquisitiva, diciéndonos, entre chulesco y retador: “Ahora te toca a ti”.

Recojo el guante. ¿Quién dijo miedo? No tengo ninguna dependencia hacia la bebida, pero sí albergo en las entrañas mi cámara de los horrores, en forma de bloqueos emocionales, de dependencias y angustias.

Viejos conocidos. Mis pecados de siempre por los que ya me confesé en mi Primera Comunión y que se han hecho mayores, campando a sus anchas y vacilándome con sus lúgubres mazmorras, que el miedo ahoga la vida.

De modo que hoy, Pascua de Resurrección, les miro a todos mis mamarrachos a los ojos y les digo que fuera. Largo. Desfilando hacia el vertedero. Que si el compadre Gonzalo lo hizo, un menda tampoco se achanta. Ya estáis tardando. Salid ya que la Vida me espera y tengo que limpiar el alma con prontitud, que me la habéis dejado hecha unos zorros. Rapidito. Desfilando. ¡Ya!

Hoy es Pascua de Resurrección. El miedo ahoga la vida, pero somos Hijos e Hijas de Dios, mucho más fuertes que el miedo.

Señalo, como Gonzalo, esta Pascua en mi biografía con un aliento de eternidad. Os animo a hacerlo, amigos.

Y termino con un proverbio. Proverbio chino o trianero, es igual …

<< Capitán y grumete conversan mientras arrojan migas de pan a los peces. –“¡Mira qué contentos están saltando entre las olas!” – le dice el capitán sonriendo. -“¿Y cómo es posible que tú, que no eres pez, me asegures que los peces se sienten felices?” – le replica el grumete, escéptico y burlón. -“Por mi alegría sobre cubierta” – responde el capitán. >>

Sevilla, Pascua de Resurrección de 2021

Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com




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