Comprobado el poder cuasi hipnótico de los mensajes e imágenes recibidos a través de una pantalla, la televisión obligaba en sus inicios a cuidar mucho sus contenidos diferenciando unos programas de otros, atendiendo a la vulnerabilidad de la mentes de los espectadores, según fueran menores o mayores de edad. Y lo mismo sucedía con el cine.Pero tan prudente criterio ha saltado con las nuevas tecnologías donde prácticamente todo es accesible a todos desde el teléfono móvil. Y a la vez también ha saltado con el cuestionamiento mismo de lo que es bueno o malo, beneficioso o perjudicial.


Por ejemplo, en cuestiones relacionadas con la sexualidad, que antes se cuidaban incluso obsesivamente, hemos pasado a colocar en la entrepierna el máximo horizonte del gozo y la libertad humana. Hoy vivimos en una sociedad tan hipersexualizada que atribuye el derecho a cambiarse de sexo a menores de edad, cuya personalidad apenas está comenzando a forjarse.

Por eso ya nos parece normal que, en un programa como Gran Hermano, se trate el aborto natural de una concursante como un ligero malestar físico que se supera con dos diitas fuera de la Casa y un comentario obsceno del marido, perito en esos «malestares» con otras parejas.


Lo que importa es el maletín. La dolorosa realidad de quien haya pasado por esa experiencia queda fuera de concurso.