Ganando barlovento

TRATO HECHO

El diez de agosto del año del Señor de 1.519 zarparía desde el puerto de Sevilla una escuadra con cinco naves capitaneada por don Fernando de Magallanes con destino a abrir una ruta marítima hacia las Indias Orientales desde el occidente, atravesando por el sur del continente americano. Sería a través de un nuevo paso que con el tiempo vendría a nombrarse estrecho de Magallanes. Dada la peligrosa e incierta singladura hubo de ser reclutada la tripulación de entre lo peor de cada casa, que es la desastrada tropa que habitualmente pulula en figones y mancebías durante las agosteñas noches sevillanas. Y para completar el pasaje, se sumaron redomados rufianes y consumados fulleros procedentes de tabernas portuarias de medio mundo. Mayormente marineros de fortuna desesperados y forajidos.

Entre tan distinguidos señores se enroló un ilustre guipuzcoano de la villa de Guetaria, don Juan Sebastián de Elcano. Avezado marino de guerra que había tomado parte en campañas militares contra los moros de Berbería y que también combatió en Italia bajo las órdenes del Gran Capitán. Pero que completamente arruinado, por no recibir las soldadas de la Corona, hubo de vender su nave al enemigo para así pagar a su marinería. Por lo que incurriría en grave delito y a la sazón era prófugo de la justicia.

Tan oscuro atisbarían su porvenir Magallanes y su selecta y escogida dotación que permanecieron cuarenta días fondeados en Sanlúcar de Barrameda haciendo acopio de víveres y provisiones. El capitán hizo testamento, que hombre prevenido vale por dos. La tripulación creo yo que dispuso su última voluntad con pecaminoso alarde de vitalidad, acuñando la sentencia de “Bébase el humano el estipendio del escribano; y gánese meretriz y tabernero lo que pueda sobrar para el sepulturero”. Y así, esta bendita tierra de Sanlúcar que en la hoja de ruta estaba llamada a ser simple escala técnica de aprovisionamiento, roló a puerto de salida para lo que sería la primera circunnavegación del globo terráqueo. Porque tras difíciles vicisitudes y multitud de bajas incluida la de Magallanes, retornaría dos años después hasta Sevilla una sola de las embarcaciones que zarparon, la nao Victoria capitaneada por Elcano.

En honor a tan singular gesta el buque escuela de la Armada Española lleva el nombre del intrépido marino vasco, y por tanto muy español, Juan Sebastián Elcano. Un velero bergantín-goleta construido en Cádiz y botado en 1.927 que es un trozo flotante de la Tacita de Plata. Desde entonces hasta nuestros días ha realizado noventa Cruceros de Instrucción en los que todos los caballeros guardiamarinas e infantes de marina participantes han podido vivir una de las experiencias más enriquecedoras de sus vidas a nivel humano, académico y militar. Nuestro Rey Emérito Don Juan Carlos y su hijo, nuestro Rey Don Felipe VI, embarcaron ambos para cumplimentar una parte importante de su formación como futuros Reyes de España. Y por qué no decirlo, para satisfacer un tributo de amor a la mar. Veneno de sal y yodo que les hubiese inoculado don Juan de Borbón.     

Bien poco se parece la vida del mar con la vida en tierra firme. En un barco nunca existen distancias que interponer ante los problemas que se suscitan. Cuando prende un incendio en un mamparo hay que sofocarlo y si se abre una vía de agua hay que atajarla. Si una hostilidad se suscita entre compañeros de viaje hay que apaciguarla pronto. Nada se puede dejar para más tarde y se vive a la orden del silbato del contramaestre. Existe una escala de mando, cada cual conoce su función y que forma parte necesaria de un equipo.

Navegar a vela es un desafío constante a los elementos en un medio hostil y siempre desconocido. Por muchas millas náuticas que se hayan recorrido, el hombre siempre está a merced de los vientos y corrientes marinas. El navegante lo es cuando toma conciencia de su insignificante levedad ante la inconmensurable presencia de mares y océanos. Reza así una popular copla marinera: “El que no sepa rezar / que vaya por esos mares, / verá lo pronto que aprende / sin enseñárselo nadie.”

Vivimos en una antigua, noble y heroica Nación conformada territorialmente por una península, dos archipiélagos insulares y dos ciudades autónomas de la costa africana. Pero también es una parte de España nuestra Armada que históricamente defendió nuestra soberanía y libertad desde Lepanto hasta Trafalgar. Por ello, tranquiliza tener un monarca marino. Un Rey consciente de sus limitaciones y conocedor de su rol. Siempre sereno ante la adversidad y capaz de mantener el pulso firme sobre el timón de la Patria. Y soplen serenas las brisas o ruja amenazas la ola, ganando barlovento.




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