La imagen del féretro del histórico dirigente del PNV, Xabier Arzallus, flanqueado entre numerosas ikurriñas durante su conducción a la parroquia de su funeral en Azcoitia, nos traslada -por contraste- a un tiempo no lejano y aún recordado por muchos españoles.


Un tiempo donde a los asesinados casi diariamente en el país vasco por los criminales de la banda ETA, hijastra del PNV, se les negaba desde la iglesia vasca la celebración de unos mínimos funerales religiosos; o se realizaban en secreto y por la puerta de atrás, como si se tratase de unos malditos apestados. Una iglesia vasca (denominar Católica a aquella iglesia sería una burla que, pese a nuestros pecados, no nos merecemos los católicos) que sin embargo abría las puertas de par en par y permitía que se rindieran todos los honores, cuando los funerales eran por los asesinos.

No quiero hacer leña del árbol recién caído, ni hoguera con las nueces recogidas por Arzallus y los suyos, pero toda esa parafernalia de un pasillo de honor de ikurriñas con el féretro del ex sacerdote jesuita, tan comprensivo con «aquellos chicos» de ETA y muerto de muerte natural a los 86 años, resulta injustamente hiriente al recordar a tantísimos de aquellos asesinados por defender a España, a los que se les negaba un simple funeral por sus almas. Y con el recuerdo de unos familiares -casi siempre gente muy humilde- condenados a tragarse en secreto sus lágrimas y su dolor.