Fuera fascistas de la Universidad

En la Universidad española no hay delirio postmoderno, marxista, separatista o incluso islamista que no encuentre asiento y simpatía. Lo decimos con tristeza y con indignación. Parece que lo único que no tiene cabida en las aulas es el sentido común o la ortodoxia más convencional. En esa deriva tan descarada hacia el extremismo izquierdista no se permite la menor disidencia, y los métodos empleados para imponer esa intolerante exclusión son el insulto, la coacción y la violencia. 

Lo hemos visto recientemente en el caso de Macarena Olona en la Universidad granadina, aunque algunos llevamos percibiendo este ambiente opresivo desde hace mucho tiempo: Recuerden que Rosa Díez y hasta Felipe González son también peligrosos “fascistas” que no pueden hablar en una Universidad pública, que pagamos entre todos, porque unos cafres así lo han decretado. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que el antaño templo del saber y del debate racional se haya convertido en esa sentina de arbitrariedad y de burricie pagada por los sufridos contribuyentes

Permítanme que señale algunas razones para esta deriva tan peligrosa. En primer lugar, el inmerecido chute de legitimidad recibido por la ultraizquierda después de la II Guerra Mundial les ha permitido sentirse moralmente superiores al resto hasta el día de hoy. Ganar una guerra produce mucha autoestima, sobre todo cuando uno no tiene muchos escrúpulos morales como para pararse a pensar cuántas vidas hubo que segar para conseguirla. Es lo malo de tener conciencia, que a veces te dice que no todo lo has hecho de manera correcta, sobre todo cuando llevas cien millones de muertos a tus espaldas.

La alianza estratégica entre el liberalismo anglosajón y el comunismo soviético -alianza contra naturam como se demostró muy pronto en la Guerra Fría- consagró el antifascismo como ideología autónoma que tenía y aún tiene una increíble capacidad de convocatoria. Después de 1945, todo el mundo tenía que ser “antifascista”, a pesar de que Hitler y Stalin habían sido amigos y colaboradores, tanto que se habían repartido manu militari media Europa; y que Lenin y Mussolini se habían dedicado mutuos halagos que reflejan un fondo ideológico común. 

Porque el hecho es que fascistas y comunistas no son polos opuestos de un eje de ideas contrapuestas, como venden ellos, sino distintas versiones del totalitarismo estatalista surgido en Europa tras la debacle de la Gran Guerra. Ambos movimientos pretendían ser la versión definitiva de la revolución social que iba a acabar con el viejo modelo burgués. Pero no se nos olvida que los camisas pardas nazis y los escuadristas mussolinianos aprendieron “la dialéctica de los puños y las pistolas” de las juventudes militarizadas de los partidos marxistas, que venían aterrorizando las calles desde antes de los años veinte. Cada palo -nunca mejor dicho- tiene que aguantar su vela.

Por poner un símil gráfico: comunistas y fascistas son como hinchas ultras de equipos de fútbol rivales que se odian con toda el alma, pero que cada vez que juega su equipo cometen los mismos estropicios de que acusan a sus adversarios. Solo que unos juegan la Champion League y la lían parda todas las semanas, y los otros están en Segunda B desde hace cuarenta temporadas y apenas se les ve el pelo. Y no, no echamos de menos a estos últimos, pero estamos verdaderamente hasta las narices de que los primeros justifiquen sus salvajadas por la existencia de los otros.

Pertenecer al bloque “antifascista” era la manera estalinista de designar a los “buenos” del relato progre, es decir, a los comunistas junto con los tontos útiles que les apoyaban…, y que les siguen apoyando. Me refiero a aquellos moderados y biempensantes que siguen creyendo que el fascismo -y solo el fascismo- es la maldad absoluta, y que la ETA o los que pretenden silenciar a las bravas a los que no piensan como ellos tienen comportamientos “fascistas”. Pues no, amigo lector, no son fascistas: son comunistas en su rama marxista, ácrata o, sencillamente, indocumentada. Y basan su fanática insolencia en el “antifascismo”. A ver si aprendemos a usar el lenguaje con propiedad, para que no nos la den con queso.

Desde los años del Tito Stalin, -y mira que ha llovido- la izquierda no hace más que ver fascistas peligrosísimos por todos lados, a pesar de la evidencia de que, desde los años sesenta hasta nuestros días, al menos en Europa, la violencia, la coacción y la imposición autoritaria de sus teorías cerriles las ha ejercido la izquierda en régimen de monopolio cuasi-absoluto.

Para colmo, en España se ha producido ante nuestros ojos una batasunización del progresismo supuestamente ilustrado, de la que tiene mucha culpa tanto el PSOE como la antigua IU. Estas formaciones han compensado la extraordinaria debilidad ideológica del viejo discurso obrerista, con una agresividad cada vez más desinhibida contra sus oponentes, tildados siempre con el mote infamante de “fascistas”, conforme al viejo lema que llevamos oyendo desde hace cincuenta años: “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”. Pues no, oiga, los terroristas en España han sido de forma abrumadoramente mayoritaria de izquierdas, desde el siglo XIX hasta el día de hoy. 

Y, por cierto, existen todavía muchos terroristas en España, que tienen causas pendientes, aunque “ya no maten”, y aunque sean socios del Gobierno. Son terroristas y no son fascistas, sino antifascistas.

Desgraciadamente, ese espíritu sectario que mora en todo el sistema de Enseñanza patrio ha recibido un renovado impulso proveniente de las universidades extranjeras, en concreto, de las americanas, en las que en los últimos decenios se han desarrollado ideas especialmente destructivas para la convivencia civilizada. Nos referimos a disparates como lo de la “tolerancia represiva” de Marcuse, las diferentes “Teorías críticas” basadas en el género y en el racismo, las distintas versiones del movimiento woke, que hoy están arrasando -ellos dicen “cancelando”- toda forma de cultura superior, y la teorización de esos grotescos “discursos de odio” que criminalizan la discrepancia con consideraciones buenistas.  Los verdugos haciéndose pasar por víctimas: todo un esperpento repugnante.

Pero hay un factor clave que está permitiendo la destrucción de la Universidad en todo Occidente, y es esa legión de rectores y decanos caguetas, periodistas equidistantes, políticos suavones e interesados, tertulianos moderados y sesudos analistas que con su cobardía y su ceguera están regando el árbol en el que un día serán ahorcados.




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