Flores para los cementerios

Una vez comprobado el escrupuloso rigor acientífico y estrictamente político demostrado por el no-comité evaluador, cercano a la caprichosería o al vasallaje feudal con derecho de pernada, cabría proponer, tal vez, la devolución de la momia del dictador a su nicho original en Cuelgamuros. Quién sabe si…

Que lo digo por probar, oiga, que no es que yo crea en maldiciones legendarias, aunque lo de este comunismo sobrevenido, como resucitado en mitad del siglo XXI, invite a pensar que determinados fantasmas se desplazan con sigilo a través de los pasillos del tiempo y agitan su tenebrosa campana de leprosería, anunciadora de pestes y epidemias trashumantes.

Se cuenta que más de media docena de colaboradores de Lord Carnavon y Howard Carter, autores del hallazgo de la tumba de Tutankamón, que estuvieron presentes en la apertura de la Cámara Real del Faraón, fallecieron en los meses subsiguientes en circunstancias extrañas, además del propio Lord Carnavon, atacado de un singular envenenamiento de la sangre por medio de una septicemia que le bloqueó los pulmones.

A Carmen Calvo, mismamente, se le ha quedado cara de espiritista pasmada de Sir Arthur Conan Doyle tras su paso por el santuario de la Sanidad privada y su lujoso retiro espiritual en un apartamento de 300 metros cuadrados a cargo del Estado.

La veo ahora y detecto en ella algo de sinuosa levitación y un modo de expresarse entre pausado y catecumenal, como quien viene de entregar un óbolo a Caronte, el encargado de cruzarles el charco a las sombras errantes de los difuntos. Si me eligiese Rivero para preguntarle a la vicepresidenta a través del plasma, sólo le pediría que abriese la boca y nos mostrase si debajo de la lengua hay depositada una moneda. Por si acaso.

La otra medium de la mitad de la coalición de gobierno, no hay duda, es la ministra Yoli Díaz, que pronuncia cosas tremebundas y acojonantes para seis o siete millones de braceros sin jornal con una voz persuasiva de monja mística que deseara abrazar fraternalmente a los proletarios del mundo entero.

Ahora que están todos muertos, cuando Yoli menciona a los sindicatos y a los empresarios se refiere a ellos con una untuosidad de comunión sepulturera o de masonería benefactora. Y si menciona a los autónomos, se le escapa un desdén acogedor y distraído como si hablara de masas de mendigos. Es ideal para encargarle un pésame a domicilio o para freír croquetas, pero no alcanza a manejar en este instante las enciclopedias ciclópeas que rebosan las estanterías del SEPE ni las cien mil toneladas de expedientes de los ERTE que servirían para levantar un cadalso y derribar a un gobierno.

La llegada de Yoli al Ministerio ha frenado las fábricas en seco, ha dejado mano sobre mano a millones de rostros anónimos que pueblan los termiteros de las periferias de España, ha enviado a sus casas lo mismo a los notarios que a los artesanos manufactureros y en los lunes al sol yacen ahora ejércitos napoleónicos de camareros. Apenas le han sobrevivido en esta fiesta las cajeras de los supermercados y con los sindicatos de enfermería en armas.

La maldición del Faraón recorre España, por un mero capricho de dos pícaros snobs de esa izquierda que flirtea obsesiva con una tanatofilia exacerbada y una cadaverina estupefaciente que les entretiene en diseñar eutanasias, en promover abortos, en adorar a momias comunistas en sus panteones, en celebrar aquelarres y rituales sobre mujeres asesinadas, en matar abascales, en blanquear checas, en planificar la apertura de fosas del pasado, en pactar con asesinos, en rebuscar entre pirámides el fantasma de un ex Jefe de Estado como el que se llevó a Lord Carnavon al otro barrio y ahora, además, en rellenar las morgues y las pistas de hielo que descoyuntan los registros civiles y las esquelas.

Esta gente parecen zombis que no han celebrado la vida nunca. Se diría que sólo compran flores para llevarlas a los cementerios.

He dicho.




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