Ferilandia

Como niña sevillana del Prado de los años cincuenta las ferias que he vivido desde 1954 a 2004 eran las que empezaban con la noche del alumbrado un martes y terminaban con los fuegos artificiales el domingo. Terminaban oficialmente, aunque en algunas casetas siguieran de juerga. En las casetas no había horario de cierre, solo había horario para el paseo de caballos y era el que ponía el raciocinio de sus usuarios.

Aquellas ferias de mi infancia se vaciaban por las tardes al compás que fijaba la Real Maestranza. Ese vaciarse por unas horas de la tarde servía para limpiar las calles del Real y refrescar las casetas. El refresco y limpiado dejaba una feria nocturna limpia como una patena. En los años que la Feria estaba en el Prado lo importante para el alcalde de turno era que la Feria transcurriera en paz y que todo marchara sin incidentes. Había normas, sí, las justas. ¿Era una Feria clasista? Puede que sí, que aquellas ferias del Prado fueran clasistas, tan clasistas como lo era la ciudad; lo era y lo sigue siendo a pesar de la marabunta desclasada y rencorosa que pide que la Feria sea larga, larguísima, para así – dicen ellos – acabar con los “señoritos de postín, caireles de plata fina”, que no les dejan entrar en sus casetas particulares, casetas que la marabunta dice pagarles con sus impuestos. Ya saben, los señoritos de postín no pagan impuestos según los de la marabunta de las ferias largas. Un pitorreo.

Pitorreos aparte, resulta que lo de las ferias largas para que los pecheros las disfruten es una realidad incontestable desde que la Feria dura una noche y siete días – de los cuales cuatro son festivos – y los pecheros se pueden desfogar a gusto, entre otras cosas, imitando a los “señoritos”, incluso en lo de pedir préstamos personales para pagar el rebujito y el traje de gitana de la niña y la parienta y darle dinero de bolsillo al hijo nini para que se compre un buen spray para esnifar, acompañando al calimocho.

A los ninis del spray no sé si les harán fotos los turistas del tour feriante municipal, ese que ha montado el Ayuntamiento para enseñarle la Feria en visita guiada a 7 euros el pelotazo, rebujito incluido y todo amenizado por un guía turístico oficial que no sabe ni de qué está hablando. He podido ver por la tele a uno de estos guías en plena faena, vestido con camisa hawaiana y pantalón corto y aún me dura la risa.

He empezado a escribir este artículo el miércoles de Feria, festivo en la ciudad y lo terminó hoy sábado, último día de esta Feria de 2024, esperando que la de 2025 deje de ser Ferilandia, parque temático sevillilla para guiris. Antes, la Feria de Abril era un escaparate donde media Sevilla se lucía delante de la otra media; ahora es una pasarela de Istagram donde las llamadas influencers salen vestidas de Barbie con volantes, en el mejor de los casos – del peor es mejor no hablar – y millones de usuarios de las redes sociales se entretiene en ver a imbéciles borrachos, vomitando, dando camballás. ¡Sevilla en Feria capital de la tajá! Hemos pasado de la “Muñeca Chochona” y los puestos de lechugas de la Feria de los 80 al cloretilo en el rebujito, a los comas etílicos en menores y a las peleas multitudinarias.

Visto el plan, el señor alcalde en lugar de convocar un estúpido referéndum para ver si los sevillanos quieren la Feria larga, de sábado a sábado o la Feria corta de martes a domingo, debería de convocar unos cursillos de urbanidad y editar un manual, algo así como “Juanito en la Feria”, emulando al “Juanito” de Parravicini, el antiguo y práctico librito de reglas elementales de urbanidad y cortesía que fue lectura obligatoria para los escolares de los primeros treinta años del siglo pasado. El referéndum ferial es la segunda vez que se celebra en menos de diez años; en 2016 convocó uno el alcalde Espadas y solo participó un 8 % de los mayores de dieciséis años censados en la ciudad. Unas 40. 659 personas decidieron que la Feria se alargara y que el miércoles fuera festivo, suprimiendo el festivo del 30 mayo día de San Fernando, patrón de la ciudad. De una forma u otra, estos referéndums pueblerinos, son la coartada perfecta para cargarse los eventos tradicionales de la ciudad, de una ciudad que poco a poco la han ido convirtiendo en un espectáculo de masas en el que lo que menos importan son los ciudadanos que en ella habitan sean o no sevillanos. Le tomo prestado -dándole la vuelta – a D. Antonio, aquello de “Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla”. Sevillanos sin Sevilla. ¡Qué malamante vamos!




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