Feliz Año Nuevo, preciosa Susan

“Los remordimientos suplen la justicia”

          Edward Young (poeta inglés prerromántico, 1681-1765)

 

Comenzaré estas líneas aclarando que no creo de ninguna de las maneras que el hombre pueda disponer de su vida, una vida que nos fue dada por Dios y que solo Él puede quitarnos. Dicho lo cual… Resulta complicado en ocasiones encontrar las razones que impulsan a alguien a acabar con su vida. A veces, en cambio, estas motivaciones se nos aparecen diáfanas porque esa persona ha sufrido o ha estado sufriendo de forma para ella insoportable, sea cual fuera la causa o causas. En ocasiones es el simple aburrimiento de vivir el detonante de un suicidio. 

El famoso y elegantísimo actor británico George Sanders, con solo sesenta y cinco años,  dejó esta nota de despedida antes de ingerir cinco frascos de Nembutal, el mismo barbitúrico que se encontró en el cuerpo de Marilyn Monroe diez años antes, cuando fue encontrada muerta en su casa de Los Ángeles:

  Querido mundo: He vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura, y vuestra mierda fertilizante en esta dulce letrina. Buena suerte.”.

Amante de España como era (había tenido una casa en Mallorca que tuvo que vender poco antes de su suicidio),  decidió poner fin a su existencia en Castelldefels (Barcelona), en el hotel Rey Don Jaime. Estaba solo y con una depresión que sufría desde antes de los treinta años y de la que fue tratado por hasta siete psiquiatras. Su amigo David Niven dejó escrito que ya en 1937 y con apenas treinta años, le había confesado que pensaba quitarse la vida cuando cumpliera sesenta y cinco años con una sobredosis de barbitúricos…. Comenzó a sufrir de demencia, un padecimiento que le hizo en una ocasión destrozar su piano con un hacha, tras comprobar, horrorizado, que no era capaz de tocar ese instrumento que tanto amaba…

Cuatro bodas, un premio Oscar por Eva al Desnudo, ser considerado un gran actor y una de las presencias más elegantes que podía verse en una pantalla de cine, no bastaron para que pudiera escapar del hastío que la vida le producía. 

Hay suicidios que parecen poder imputarse a una causa concreta, y todos los que hablan o escriben sobre ello lo señalan como el motivo. Mas otros no están tan claros…

Richard Quine fue un esplendido director de cine, responsable de películas como La senda equivocada (Drive a crooked road) del año 1954, los musicales Tres amores en París y Mi hermana Elena (ambos de 1955), o las comedias Un Cadillac de oro macizo (The Solid Gold Cadillac), de 1956 y Llenos de vida (Full of life), del 57.

Pero su vida y su carrera quedaron marcadas por su encuentro en el año 54 con una actriz hasta entonces desconocida, Kim Novak. La que fuera inolvidable protagonista de ese clásico, obra maestra de Alfred Hitchcock, que se llama Vértigo, rodó en ese año 54 la película La Casa número 13 con Quine. El director cayó perdidamente enamorado de ella, un amor que se transformó en obsesión.

Al estar ambos bajo contrato en Columbia, Quine pudo hacerla protagonista de tres films más, magníficos los tres, Me enamoré de una bruja, La misteriosa dama de negro y uno que destaca sobre los demás y que podemos considerar la mejor película de Richard Quine, Un extraño en mi vida (1960), con Kirk Douglas, un intenso drama sobre infidelidad conyugal, en que un arquitecto con dos hijos (Douglas) mantiene una relación con una mujer (Novak) que encuentra a la espera del autobús escolar de sus hijos, ella también casada y hastiada de su matrimonio…

Quine estaba totalmente obsesionado con su estrella y mimaba cada una de sus escenas. La luz, el enfoque, la fotografía… de manera que brillara como nunca.

De hecho, durante aquel rodaje el rumor insistente era el del matrimonio de Quine y Novak e, incluso, que la  espectacular casa que el arquitecto interpretado por Kirk Douglas está construyendo en la película iba a ser el regalo que la Productora del film, Columbia, iba a hacer a la pareja. Nada de eso se cumplió, y la propia Novak se encargó de desmentirlo diciendo que ser amantes era una cosa pero el matrimonio otra muy distinta…el resultado fue que, finalizada la película, la mejor del director, se rompió la relación de ambos, lo que no impidió que rodaran juntos una última película, la ya citada La misteriosa dama de negro, en 1962, donde el ya no coescribió el guión con Blake Edwards, el genial director de Desayuno con diamantes, Días de Vino y Rosas o Víctor o Victoria, entre otras muchas (significando también la última colaboración de Edwards con Quine, con el que ya había coescrito antes un total de siete películas). En esta octava colaboración, el guión sería de Edwards y Larry Gelbart. Algo se había roto ya irremediablemente en la pareja.

Muchas crónicas cuentan que Novak fue y siguió siendo la obsesión amorosa de la vida de Quine y que nunca superó su rechazo…

A pesar de la ruptura con Novak, con quien encontró su cumbre artística, cinematográficamente su carrera fue hacia arriba, creando su propia productora Richard Quine Productions, con la que, además de Un extraño en mi vida, produjo la comedia romántica Encuentro en París, en 1964, que tenía un reparto estelar encabezado por Audrey Hepburn y William Holden y que contaba con grandes actores como Fred Astaire, Tony Curtis, Marlene Dietrich, Mel Ferrer o el gran dramaturgo, compositor y ocasional actor Noel Coward . 

En 1965 se casó con la cantante de escasa carrera y apenas recordada hoy Fran Jeffries. El matrimonio duró cinco años, los que duró la vida de Quine. Tuvieron una hija. 

El final de los sesenta marcó el declive de la carrera cinematográfica de Quine tras varios sonados fracasos de taquilla que hicieron que los productores no quisieran trabajar con él. Intentó un camino en los setenta en la televisión, rodando algún capítulo de la famosa serie Colombo o telefilms, con escasa repercusión.

1980 es el último año de la vida de Quine, ese año colabora con Piers Haggard  en la dirección de El diabólico plan del Dr. Fu Man Chú (The fiendish plot of dr. Fu Manchu), protagonizada por Peter Sellers, en la que sería su última aparición en las pantallas. La colaboración de Quine no fue incluida en los créditos de la película. Esta sería una humillación que quizá el otrora famoso y admirado director no pudiera soportar.

 El 10 de junio de ese mismo año, Richard Quine se suicidó de un tiro, en su casa de Los Ángeles. Todos señalan su pronunciado y vertiginoso declive como director de películas como la causa de este desenlace fatal. Con 69 años pensaba que su carrera había acabado después de estar en la cumbre…

Pero retrocedamos a noviembre del año 43. Ese año Quine se casaba por primera vez, y lo hizo con la emergente y bellísima actriz Susan Peters. En el 44 la Metro Goldwin Mayer la elegía para posar en una fotografía promocional de sus futuras estrellas. Sentada junto a Louis B. Mayer aparece acompañada de Van Johnson, Margaret O´Brien, Esther Williams o Gene Kelly entre otros que más tarde cumplirían sus sueños de estrellato en Hollywood…Todos menos ella.

A pesar de sus prometedores comienzos, su voluntad,  ambición de éxito y de alabanzas como la recibida del gran George Cuckor, que dijo de ella que tenía tanta fuerza interpretativa como Katharine Hepburn, “pero sin tanta agresividad”, Susan no pudo llegar a saber si, en circunstancias distintas, habría llegado a ser la gran actriz que prometía ser. 

Prueba de que la pequeña Susan podría haberlo conseguido es que con solo 21 años ya participo en “Un gangster sin destino” junto a Humphrey Bogart y ese mismo año,ya con papel destacado en “Niebla en el pasado”, de Mervyn LeRoy, que protagonizaban Ronald Colman y Greer Garson. Ya con esta película fue nominada al Óscar a mejor actriz secundaria.

En el 43 fue por primera vez protagonista, en una comedia loca para adolescentes firmada por el más tarde represaliado por McCarthy Jules Dassin,Young Ideas”. 

“La canción de Rusia” la protagonizó en el 44. Ya en 1943 se había casado con Quine.

Todo le sonreía a la bella Susan, pero….

El uno de enero de 1945, un año y un mes después de su matrimonio, Susan celebraba el Año Nuevo en las montañas cazando patos con su flamante marido y unos familiares, tenía apenas veinticuatro alegres e ilusionados años…

Al ir a coger un rifle del coche este, no se sabe cómo, y nunca lo sabremos ya, se disparó. La bala le impactó en la médula espinal… La prometedora Susan quedó condenada a una silla de ruedas para el resto de sus días. La paraplejia fue su condena….y quizá la de su entonces marido.

Susan Peters y Lucille Ball, grandes amigas que iban siempre juntas a los actos benéficos en que participaba Susan una vez quedó en silla de ruedas

Toda una vida que se anunciaba llena de éxitos y que parecía iba a colmar las ilusiones casi adolescentes de la jovencísima Susan, destruida por un seco disparo…

Su productora no se portó mal con ella, pagó los gastos médicos y la mantuvo bajo contrato (cien dólares semanales), pero Susan sabía que su carrera en el cine había acabado y se marchó de la Metro en 1948. Ese mismo año su marido, Richard Quine, incapaz de soportar la situación, cobarde ante la perspectiva de vivir toda su vida al cuidado de una enferma en silla de ruedas, aunque esta fuera un precioso angel, la abandonó y se divorcio de ella. Habían transcurrido tan solo cuatros años y medio de su boda….

Susan se sumió en la más profunda idepresión, No quería conducir el coche que le habían adaptado, no entendía ni aceptaba los gestos, quizá bienintencionados, pero condescendientes que la gente tenía con ella….

Poco más, Susan hizo una última película en 1948, una chica invalida que martirizaba a todos los que la rodeaban era su papel…, El signo de Aries, de John Sturges. Un gran fracaso. Otro. Luego lo intentó en el teatro e hizo El zoo de cristal. Pero ya nada la consolaba. Nada le servía. En el 51 protagonizó una teleserie que escribieron para ella, Miss Susan. Una abogada parapléjica…. otro fracaso.

Cayó en la anorexia, contrajo por ello una enfermedad renal. Luego una neumonía, una bronconeumonía y una pielonefritis….Hacia tiempo que Susan no quería ya vivir…Murió al borde de la inanición. Era  octubre de 1952. Contaba apenas treinta y un bellos años.

¿Pudo Richard Quine librarse del peso de su conciencia en algún momento? 

¿Cesó de preguntarse alguna vez como había podido ser tan cobarde y egoísta de abandonar a su joven esposa parapléjica? 

¿Pudo escapar al remordimiento terrible de haber abandonado a  esa preciosa y desvalida chica que lo había perdido todo en plena juventud, sus ilusiones, sus anhelos, y también a él….?

Podría asegurar que no.  Nadie habría podido.




                           “Cada corazón tiene sus propios esqueletos”.

                            “En la vida sólo hay dos verdaderas desgracias: el remordimiento de conciencia y la enfermedad. Y la felicidad es solamente la ausencia de estos dos males.”

                                                        León Tolstói, Guerra y paz.

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