Fascismo y comunismo

El pasado 19 de septiembre la Unión Europea emitía una Resolución (la 2019/2810 RSP) por la que se condenaba por igual a los regímenes fascistas y comunistas por los crímenes cometidos en Europa durante el siglo XX. La Resolución habla expresamente de “memoria histórica” y de la necesidad de mantener vivo, de forma oficial, el recuerdo de las múltiples víctimas que estas atroces dictaduras han causado en época contemporánea. Esta equiparación ha provocado muchas polémicas en nuestro país, especialmente entre los sectores progresistas. Si bien estos se muestran totalmente partidarios de que sean los boletines oficiales los cauces por los cuales los políticos de turno transmitan de qué nos tenemos que acordar y qué debemos olvidar, se han indignado de que el comunismo marxista y el nacionalsocialismo se vean equiparados, como si fueran ideologías homologables. 

Así lo ha hecho saber, por ejemplo, la Asociación Pro Derechos Humanos de España, para la cual no cabe duda del carácter perverso del nazismo (y, por simplificación, de todos los fascismos que colaboraron, mucho o poco, con él en aquellos años), pero se indignan de que el comunismo sea considerado una ideología criminal. Para estos señores, presuntamente interesados por los derechos humanos de todos, los fascistas merecen una condena absoluta tanto de sus postulados teóricos como de sus resultados prácticos. Y, por otro lado, si bien admiten que el balance práctico del comunismo tiene en su contra algunos excesos, consideran que su teoría estaba bienintencionada, porque nace de la solidaridad con los pobres y su deseo de redimirlos. Con tan nobles propósitos ¿quién no les va a perdonar el que se cargaran a cien millones de personas en poco más de medio siglo?  

Muchos de estos progresistas están convencidos de que nazismo y comunismo son los extremos más alejados de un espectro político lineal, lo cual explicaría su absoluta incompatibilidad. El nazismo correspondería con la extrema derecha y, por tanto, sería el mal absoluto; mientras que el comunismo sería la extrema izquierda, a la que solo se le achacaría cierta tendencia a la exageración en unas ideas, en general, buenas. Sin embargo, muy pocos se paran a analizar que ambas construcciones ideológicas partieron de estrategias revolucionarias muy semejantes y que las dos aplicaron, durante los mismos años, soluciones casi idénticas. En efecto, ambos regímenes rechazaron de plano el parlamentarismo burgués, ambos plantearon la absolutización del Estado con partido y sindicato únicos, eficaz policía política, control público de la economía, campos de concentración para disidentes, férreo control de la educación, de la prensa y de la cultura, culto al líder, propaganda asfixiante, purgas periódicas de las filas propias (si bien con mayor insistencia entre los marxistas) y exterminio sistemático de sus enemigos. 

Es verdad que el nazismo partió de un elemento especialmente repugnante en nuestra perspectiva, como es el racismo, que se cebó principalmente con los judíos, pero también con los gitanos y con los eslavos. Pero el comunismo creó al enemigo de clase, al burgués (que podía ser cura, aristócrata, empresario, rentista, político rival…). al que persiguió con una saña verdaderamente implacable. No sabría yo valorar a ciencia cierta cuál de las dos ideologías era potencialmente más criminógena. 

Parece que los sistemas nazi y comunista no eran tan incompatibles entre sí cuando en 1939 ambas dictaduras hicieron un pacto de colaboración, que permitió a la Unión Soviética invadir impunemente Finlandia, los países bálticos, Polonia y Rumanía. Se ve que Stalin tenía poco territorio y también necesitaba de su “espacio vital”, como su colega de Berlín. En estos lugares los rusos cometieron atrocidades terribles, como la matanza de Katyn, sobre la cual las autoridades comunistas culparon desvergonzadamente a los nazis durante decenios. La gran diferencia es que los jerarcas nazis pagaron merecidamente por sus crímenes, mientras que bajo Putin es probable que viva aún alguno de los responsables de salvajadas semejantes.

Es frecuente, en este punto, culpar de todas estas aberraciones a Stalin, considerado el comunista malo oficial de la historia, mientras que el resto de dirigentes comunistas se merecería una presunción de inocencia. Pero incluso los más sensatos de los progres actuales admiten que, después de Stalin, aparecieron líderes comunistas casi tan impresentables como este: Mao en China, que tiene el récord Guiness de asesinatos en masa, (unos cuarenta millones, chispa más o menos); o Pol Pot, autor del exterminio de más del 20% de la población de su propio país, lo que proporcionalmente lo convierte en el gobernante más letal contra su propio pueblo que ha existido nunca, incluyendo a Nerón, a Atila y a Vlad el Empalador. Todo ello por no hablar de personalidades tan estrafalarias (y criminales) como Enver Hoxha de Albania, Ceaucescu de Rumanía o Mengistu de Etiopía. Aun así, muchos se aferran a la idea de que al menos Lenin era un gran tipo o que Marx era todo un humanista. 

Sin embargo, no hace falta rebuscar mucho en los textos de este último para descubrir que el humanitarismo era considerado por Marx como un prejuicio burgués y por eso predicaba el odio de clases como un elemento progresivo en la revolución que él esperaba. El filósofo alemán estaba convencido de que “la violencia es la partera de la historia” y que, por tanto, “solo hay un medio de abreviar, simplificar y concentrar los dolores de la muerte de la antigua sociedad y los dolores sangrientos del alumbramiento de la nueva sociedad: el terrorismo revolucionario”. Y si no lo practicó fue porque estaba muy ocupado escribiendo opúsculos incendiarios o mamotretos infumables, como El Capital.

En cuanto a Lenin, sabemos que su concepto del partido comunista era el de una especie de secta revolucionaria que funcionaba conforme al maquiavelismo más descarnado: “Nuestra ética depende en todo y por todo de los intereses de la lucha de clases del proletariado… Decimos: la moral es aquello que sirve para destruir la vieja sociedad explotadora”. El célebre progresista Bertrand Russell, que lo conoció personalmente, dijo de él que era “la persona más malvada que había conocido en el mundo”. Y no se trata solo de la impresión subjetiva del filósofo inglés: en los pocos años que Lenin estuvo en el poder (de 1917 a 1922) creó cosas tan terribles como la Cheka o policía política y los primeros Gulags, que después sirvieron de modelo a los nazis. Un verdadero artista del golpe de estado y del terrorismo.

La memoria de lo que ha pasado en Europa en el siglo pasado es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de los políticos. Es la sociedad civil la que tiene que formular el juicio sobre estas ideologías mentirosas y homicidas, y no los Parlamentos, que bastante tienen con los problemas de hoy. Pero sí: nosotros nos acordamos perfectamente de que tanto el nazismo como el comunismo han sido dos plagas modernas, nacidas de la debacle moral de la 1ª Guerra Mundial, especialmente deshumanizadoras. Aunque una de ella aún goce de una incomprensible buena reputación.




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