Las cuestiones que suscita el controvertido máster de Cristina Cifuentes, exceden ampliamente  de su ya más que dudosa credibilidad personal, y vuelve a plantearnos la desconfianza que se extiende desde hace tiempo sobre la legitimidad y el modo en cómo obtienen  sus titulaciones muchos -y muchas- de nuestros políticos profesionales, así como la vanidad que les impulsa a actuar en tantísimas ocasiones. 

Pero primeramente, y dado que al tratar este tema se han ido mezclando en la opinión pública demasiadas cosas bajo la misma capa, sería conveniente diferenciar entre dos clases de falsedades: el falseamiento que tiene lugar cuando un político añade titulaciones que en absoluto posee, y el que tiene lugar por el modo en cómo ha obtenido unos títulos con los que sí cuenta, pero que se lo han concedido por ser vos quien sois. En el primer caso, detectar y denunciar la falsedad resulta bastante fácil si aplicamos una mínima labor de investigación. En cambio en el segundo, estamos ante la concesión de licenciaturas, másteres y doctorados casi por el morro; pero como esos títulos sí que existen y el político los ha obtenido (aunque de aquella manera), no es fácil levantar la falsedad que en realidad supone su adquisición.


En el caso de Cristina Cifuentes puede entenderse que estaríamos más bien (más mal) en este segundo supuesto de falsedad; porque en efecto, el máster lo tenía…, y de ahí su firmeza en defender ese dato; pero visto lo visto, lo más posible es que -en cuanto a méritos acreditados para obtenerlo- le hubiese sido «regalado». Mas, como por lo antes dicho, no es fácil detectar ese falseamiento, esto implica que la Cifuentes ha sido «traicionada» desde la propia Universidad en la que se matriculó y cursó (es un decir) el máster.   

Otra distinción que resulta fundamental en esta materia, es diferenciar entre políticos profesionales (aquellos cuyos únicos méritos y capacidades se limitan a hacer carrera dentro del partido, hasta acabar de la moqueta al vehículo oficial y viceversa), y los profesionales que se dedican a la política en determinados momentos de sus vidas. Mientras que éstos sí habrían demostrado poder vivir sin necesidad de un partido que les cobije y mantenga, aquellos otros, al depender su modus vivendi exclusivamente del partido, necesitan aferrarse a él con los dientes. Y este condicionante que les hace muy vulnerables ante posibles corruptelas, también les doctora en el manejo de toda suerte de trapacerías necesarias: tanto para ascender en el escalafón del partido, como para saber jugar sus cartas mientras gozan de poder.

Favorecidos por profesores afines de la misma cuerda ideológica, o como contraprestación de algún que otro favor político concedido, ni nos imaginamos la de sorpresas que nos llevaríamos si se desvelase cómo han llegado a obtener sus titulaciones muchos y muchas de nuestros políticos profesionales de unos y otros partidos.