Evocaciones en azul cobalto

Congelaría en mi retina ese instante en el que la Giralda emerge sobre un manto azul cobalto, radiante pero discreto. Entonces, siento compartir la visión de aquellos grandes que forjaron nuestra arquitectura

Me imagino a Hernán, Hernán Ruiz II, inmortalizando nuestro cielo en los apliques cerámicos de la Giralda, imitando a Ahmad Ben Baso suplantando en la paleta de la ciudad aquel aguamarina almohade, dejándolo atrás en nuestra historia. 

Me imagino a Leonardo, con Ambrosio y Matías, a los Figueroa, diseñando cúpulas, reflejando el movimiento de las estrellas en los roleos de esas inmensas ménsulas que las contienen.

A don Aníbal, aún tímido en su uso, quizás abrumado por tantos otros colores de nuestra ciudad, conversando con el ceramista, mientras trabaja en el diseño de nuestro Pabellón Real. Sí, nuestro, porque lleva nuestro color; ese azul cobalto de sus leones, sus castillos, sus flores de lis…; el de las rejas de la ciudad donde tantas pavas se pelaban. “Azul y rejas, azul y rejas…”; el azul de las quejas, el de los amantes… el de las figuras de aquella fuente de la Plazoleta de la Virgen de los Reyes, tras el Pabellón de las Bellas Artes. Mi mente desvaría, sin duda, cuando se pregunta cuál fue la razón de que, en origen don Aníbal la llamara “la Plazoleta del tiempo”; acaso el que transcurre entre el reinado de don Pedro, recordado en el Mudéjar, el de Fernando e Isabel, en el Real, y el de don Carlos en el Renacimiento; acaso el tiempo de los santos patronos de aquella fuente, perdidos salvo su Virgen, la de los Reyes. Pobres Santas Justa y Rufina, San Leandro, San Isidoro… hasta el tiempo ha hecho mella en sus devociones y solo nos acordamos de ellos ante cuadros y altares y, sobre todo, precediendo a nuestra custodia.

Y vuelvo a pensar en el azul, aquel azul cobalto… el del escudo del pabellón, el de sus heraldos. Me pregunto si no sería el peso de la tradición local lo que movió a don Aníbal, sino el mensaje de la exaltación monárquica, imponiéndonos el color de los Borbones sobre la historia de nuestra monarquía, heredera de ella… Nunca sabremos cuál fue el pensamiento del artista que, además de generar deleite, nos invita a pensar.

Y me imagino a don José, José Espiau, paseando al anochecer al pie de la Giralda, recorriendo las calles de la ciudad y, sin timideces, gritando a los cuatro vientos que el azul cobalto es nuestro color. Lo imagino en su estudio, dibujando detalles de sus obras, rellenando de color ménsulas, encintados, roleos, pináculos; apretando intensamente el lápiz azul, sacándole punta una y otra vez de tanto usarlo… Lo imagino llevando el azul de las rejas y de la gran arquitectura a la doméstica y convirtiéndolo en el color de bandera de aquella casa de Sevilla, el Gran Hotel de la Exposición. 

Alcemos la vista a nuestras cúpulas barrocas, a cualquiera. La Anunciación nos sirve de modelo para entender la potencia del azul. Ni con mensajes tan explícitos como la cúpula de la Adriática o las enormes ménsulas del vestíbulo de nuestro hotel insignia parece que nos enteramos… Tampoco lo consiguió don Aníbal quien años después, emulando a don José, llevaría aquellas ménsulas a las Torres de Plaza de España.

Los elementos se copian, pero quizás no se entienden. Ojalá fuera así. Flanqueando una interpretación del remate del Cuerpo Central de la Plaza de España, el autor de la portada de la próxima Feria de Abril recurre a las ménsulas barrocas de encintados azul cobalto que Espiau, aunque aún nadie lo haya dicho, convirtió en un emblema identitario del Regionalismo Sevillano.

Reflexionaba sobre esto ayer noche en la Plaza de España durante la presentación de la Colección Crucero de Dior 2023. De nuevo hubiera congelado el momento. Sin filtros, resultaba espectacular el contraste del azul cobalto con el rojo de los adornos florales, del cuerpo de baile y de las modelos llevando nuestros colores. Algún sevillano criticó las pañoletas de esas casetas, diciendo tener que ser rojas y verdes. Pero no, eran azul cobalto, curiosamente el color del evento.

Mientras escribo estos pensamientos, un amigo, Alberto Máximo, comparte una imagen de la Adriática de José Espiau, imponiéndose en la avenida sobre un cielo azul cobalto. Nada es casual.

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