Europa y España: lo que nos jugamos en las elecciones del 26 de mayo

En la tradición política española existe una doble tendencia, que evidentemente tiene múltiples matices intermedios. Por un lado, no era rara, hace algún tiempo, la posición estrictamente casticista, que consideraba que España era poco menos que la “reserva espiritual de Occidente” y miraba con indisimulado recelo todo aquello que venía de allende los Pirineos. Frente a una Europa materialista y cientifista algunos oponían una España espiritual y quijotesca. “Que inventen ellos”, llegó a decir con notoria hipérbole Unamuno. Y aunque podríamos nombrar a algunos intelectuales recientes, e incluso aún vivos, que se atienen a esta forma de ver el asunto, está claro que se trata de una opinión hoy minoritaria.

Mucho más frecuente ha sido el europeísmo extremo, del que Ortega y Gasset era su máximo exponente, cuando sentenció que “España es el problema y Europa la solución”. No se olvide que tan drástico consejo lo formuló nuestro gran filósofo cuando lo propiamente europeo era, por ejemplo, participar en las masacres de la 1ª Guerra Mundial, por no referirnos a otras ideas “non sanctas” que tuvieron desmesurado auge en aquellos años. El papanatismo europeísta es hoy una ideología ampliamente dominante, y tiene por una cosa muy positiva diluir la soberanía y la identidad nacional española para pasar a ser una sucursal del eje franco-alemán que constituye hoy el núcleo de poder europeo.

Evidentemente, entre estos extremos se encuentran múltiples posiciones intermedias. Vaya por delante que es de todo punto absurdo negar el carácter europeo a la cultura e identidad españolas; y por eso hemos tenido aquí, por ejemplo, Renacimiento, Barroco, Romanticismo y todo tipo de vanguardias artísticas. No, África no empieza en los Pirineos y es tan estúpido como ofensivo insinuarlo siquiera. También valoramos en su justa medida el enorme éxito que ha tenido la Unión Europea de acabar con las guerras endémicas que han ensangrentado su territorio hasta el siglo XX. La UE ha logrado crear un espacio de prosperidad, cooperación y estabilidad política durante decenios, aunque haya también algunos puntos oscuros, sobre los que no es el momento de entrar.

Precisamente ahora, la UE se encuentra en un momento crucial y lo que nosotros querríamos es que España tuviera un papel protagonista en esa evolución futura. De hecho, nuestro país entró en las instituciones europeas en un momento de debilidad interna. No podemos extendernos ahora en explicar cómo nuestro país estuvo mucho tiempo relativamente aislado del resto del continente y no pudo participar en la creación de lo que al principio se llamó “mercado común”. Nuestra entrada en 1986, bajo Felipe González, fue casi suplicante, en condiciones que fueron bastante duras para los intereses nacionales. Aunque creemos sinceramente que los beneficios de nuestra integración compensan aquellos sacrificios, nos ha quedado desde entonces una actitud lacayuna y subordinada a “lo que diga Europa” que para nada debería ser irreversible. Si a todo ello unimos nuestras crecientes tendencias disgregadoras que se hacen insoportables en determinadas regiones españolas, diríamos que entendemos (aunque no compartamos) la actitud de debilidad de nuestros políticos respecto a la posibilidad de mantener una postura de estado firme en defensa de nuestros intereses nacionales frente a nuestros socios.

Por otro lado, es evidente que Europa está hoy falta de liderazgo: ni en Alemania ni en Francia (su élite más significativa) se aprecia ninguna figura de peso que marque un camino a seguir. La lamentable salida del Reino Unido ha creado un nefasto precedente, aunque podría abrir excelentes perspectivas para la solución del contencioso de Gibraltar en un sentido favorable a nuestros intereses. Pero ya sabemos lo que cabe esperar de los políticos que hemos tenido hasta ahora en Bruselas.

A nuestro modo de ver, Europa debe seguir siendo lo que ha sido hasta ahora: un espacio de convergencia social, económica y cultural. Es absurdo y contraproducente insistir en la unificación política, por cuanto que si bien es cierto que los europeos compartimos muchas cosas, es verdad que somos muy distintos. Precisamente, el euroescepticismo ha crecido exponencialmente cuando, a partir de 2003, la élite social-demócrata y democristiana se empeñó en que había que ir decididamente hacia los Estados Unidos de Europa. Tiene mucho que ver con el asunto el que esta élite se comprometiera en promover la ideología de género, los llamados “derechos reproductivos” y  la agenda políticamente correcta del progresismo. Pero seguiría siendo peligroso aunque promoviera valores más compartidos por quien les escribe. La acumulación de poder es siempre peligrosa e inquietante.

Esta convergencia entre social-demócratas y demo-cristianos es evidente e innegable: la UE funciona como una “gran-coalición” desde hace muchos años. De hecho, el candidato del PP, Esteban González Pons, ha declarado con toda franqueza (y nula repercusión en la opinión pública nacional) que su prioridad es pactar con los socialistas. Así que entérense los votantes del PP: votar a este partido en Europa es igual que votar al PSOE. Y si no se lo creen, hagan el favor de investigar lo que dicen sus propios dirigentes. Los “liberales” europeos, grupo al que se adscribirán los diputados de C’s, no mantiene apenas oposición en ningún punto esencial a esa gran coalición que funciona en la práctica. Creo que no es necesario explicar cómo los diputados que seguramente obtendrán separatistas y podemitas trabajarán para destruir lo que ha significado la UE, a no ser que pensemos que los Balcanes o Venezuela son buenos modelos a imitar. No queda otra opción que la de VOX.

España debe valorar como un gran beneficio realidades como estar en el euro, gozar del espacio Schengen y tener becas Erasmus. Pero nuestra nación no tiene por qué renunciar a tener una política exterior propia, ni tenemos por qué renunciar a proteger nuestras fronteras, ni a establecer formas de cooperación especial, en el espacio comunitario, con países del sur mediterráneo, o con otros del este. Queda claro, por tanto, que la mejor opción es votar por un partido que pone los intereses de España como prioritarios, sin hipotecas de sumisión al eje París-Berlín o al progresismo dominante. Esa opción que defendemos dista mucho de ser euro-escéptica, pues lo que quiere es profundizar en la cooperación entre estados soberanos, frenando toda forma de centralización política. Por eso, nuestros diputados en ningún caso se integrarán en el grupo de Europa de la Libertad, donde aparecen partidos como el de Le Pen y otros que pretenden la liquidación de las instituciones europeas.

Nosotros optamos por Europa, desde luego, pero dejando claro que nuestros diputados se deben a sus votantes españoles, y no a lo que dicten las élites del club Bilderberg o a las ocurrencias de la Internacional Socialista. El futuro de Europa está en nuestras manos: seamos responsables votando lo que conviene a España.



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