Estrellas amarillas

Hay algo muy impresionante en ese afán por aflojarle todos los tornillos a nuestra sociedad y desanclarla del conocimiento, de la Historia, de las tradiciones, de la Cultura de la que proviene y de todos los valores que nos condujeron a la toma de conciencia de la libertad y derechos de los individuos, como personas y como ciudadanos de esta polis.

Lo peor, claro, es que trasciende al mero intento de una progresía española montaraz, parásita y disgregadora en su labor gusanera de ayudar a devorar el cadáver de España. Alcanza, incluso, al aparato supranacional de la UE, cuya Comisión, recientemente, ha tenido que retirar un anuncio que promovía el uso del hiyab para las mujeres. Y no, no pretendía dicho anuncio inculcar el respeto para quienes lo usen (cosa en el fondo infumable porque obvia y margina del debate lo que tiene de obligatoriedad, amenaza, extorsión y exigencia impuesta a las mujeres, por serlo), sino que estrictamente, como digo, deseaba fomentar su uso sin que pueda saberse (sin alarmarse) cuál era la intención de fondo de tal proclama.

Aun así, ya vemos que hay países como Hungría o Polonia donde muy mayoritariamente responden de manera expresa a las intentonas de un continente que chochea desde que aquella serpiente que respondía al nombre de Giscard d’Estaigne se negó a incluir en la llamada ‘Constitución Europea’ ni la menor referencia a la Cristiandad como fuente de valor de nuestra Historia y nuestro presente.

Lo que subyace detrás de todo ello es el deseo inconfundible de armar una sociedad de élites dirigentes que nos retrotrae a época feudal, todo ello en nombre del pueblo y con una consideración extensiva del resto de la población que pudiera amoldarse muy bien a la definición de “siervos de la gleba”. Ellos en sus castillos otorgando una presunta protección que al pueblo llano se le hace cada vez más imprescindible si quiere encontrar cómo sobrevivir en este páramo de peligros, frío, escasez y acosos de otras potencias ciegas.

Apelan en su delirio incluso a la destrucción inminente del planeta por causas invisibles, como chamanes o sacerdotes que exigiesen sometimiento a los nuevos dogmas y que tachan al discrepante de negacionista (del cambio climático, de las vacunas, de la violencia de género, de la homosexualidad genética, del fascismo…) como antes calificaban de anatemas o herejes a quienes escapaban a sus fines y eran escarnecidos públicamente camino de la hoguera y llevados ante los tribunales de la Inquisición como hoy son sometidos a la pena de telediario o hasta expulsados de sus trabajos.

No hace falta ser muy sagaz ni suspicaz para comprobar que todo ese panorama pseudomedieval se parece en demasía al Estado atroz concebido por el marxismo-leninismo bajo el nombre, indistintamente, de “dictadura del proletariado” o de “democracia popular”, porque en el manoseo de las palabras encuentran ellos la enfermedad primera y el agente putrefactor necesario para llevarnos a la extinción de la conciencia.

A pequeña escala, la manifestación de todo eso en España es algo desolador, deprimente y opresivo en cualquier parcela que te adentres, aunque será la economía la que hará crack un día y entonces nos querrán contar que esa fue la causa de nuestra debacle, cuando en realidad esa será la consecuencia de todas las renuncias anteriores y el abandono de nuestros anclajes culturales, lo que incluye a ese mamerto de Bergoglio, sonriente con los tiranos comunistoides de cualquier pelaje.

No hay por dónde coger toda esta diatriba miserable de las izquierdas que ha invadido como los bárbaros de Atila, de Gengis Khan o de Suleyman el Magnífico el corazón de la Europa culta, tolerante y fuerte.

Aquí, en nuestro suelo, no quieren que sus hijos hagan deberes fuera de clase y exigen que no haya clases de Religión, ni de Latín ni de Filosofía. Se niegan a las reválidas que existen en el 80% de los países europeos y no desean que haya exámenes y evaluaciones, porque dicen que desean acompañar a sus hijos a un museo, sin que se entienda qué hay de incompatibilidad en hacerlo, aunque luego sus hijos se mueren pedos de ron y vodka con 12 años sin que sus padres den señales de responsabilidad alguna o se pasen horas y horas con una videoconsola. Quieren, además, que en el cole aprendan ‘valores’ y que haya ‘asignaturas’ para aprender a jugar en el recreo o para meterse cosas por el ano. Dicen no a la competitividad ni a la disciplina, pero sí a que haya muchos cursos de sexualidad, inteligencia emocional, educación viaria, preparación para la ‘igualdad de género’, profundizar en los casos y las patologías más extraordinarias de la LGTB, primeros auxilios, flauta, respeto a los ‘derechos’ de los animales, aprender a cuidar de la Naturaleza, conocer la flora de tu barrio o de tu pueblo…

Pero me pregunto: ¿Y las matemáticas, la Historia, la Lengua o la Física y Química? ¿quiénes van a investigar en el futuro contra el cáncer? ¿Quiénes van a construir los puentes o a diseñar la tecnología que permita dulcificar la vida o simplemente alimentar a más de 7.000 millones de personas? ¿Quiénes van a construir edificios o por qué razón habrían de gastar en las sociedades del futuro un céntimo en sostener monumentos históricos cuyo valor y significado desconocen y les importan una higa? Sencillamente, ¿quiénes van a reparar un grifo?

¡Ah, sí, es cierto, que inventen ellos! Los hijos de quienes esto reclaman terminarán dedicados a multiplicar las estúpidas manifas de sus papis pero exigiendo que les den un sueldo por la cara… Sin salida. Y tan contentos.

Algún día expedirán certificados de probidad igual que repartieron en otro tiempo feroz estrellas amarillas.

He dicho.




2 Comments

  1. Pepe Rodríguez Hervella dice:

    Muy bueno. Coincido en casi todo y tengo pequeñas objeciones en cuanto a varias de sus explicaciones, pero él artículo me ha parecido sencillamente genial.

    Enhorabuena!

  2. José Mª Arenzana dice:

    Muchísimas gracias, tocayo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *