Estos nietos majaderos

Una paz que dura mucho no es rentable. Así podría resumirse lo que desde la izquierda española, en general, se viene rumiando, sobre todo, desde la aparición de su versión ultra en primera línea en la política.

Hasta entonces, España era un lugar con sus dimes y diretes pero feliz, aunque le faltaba ese apoltronamiento para su completa alegría. En España preocupaba el paro, el terrorismo de esos hideputas que hoy sanguijuelan al PSOE con la inestimable ayuda de los mengueles de turno de Podemos; auténticos doctores del horror que experimentan con un pueblo sometido al dictado de una ideología inoculada con la ignorancia de este. Sí, ignorancia. Que aquí, como ocurría con los Cantares de Gesta, nos hemos creído a pies juntillas las historias que traían algunos juglares, en muchos casos, sin más rigor histórico que el boca-oído.

Ahora, los nietos de aquellos que lucharon, sufrieron y murieron la Guerra Civil, buscan el agravio. El nuevo confrontamiento. Una reválida de aquella guerra. El escarnio de los que participaron en ella desde el bando contrario al que estos representan. ¿Van a sacarlos de sus tumbas y a exponerlos públicamente, como ya hicieron los milicianos republicanos cuando asaltaban los conventos? Si es que lo que se lleva en la sangre…

Aunque parezca lo contrario, escribo con pena y hasta con temor más que con rencor. Escribo así porque estos chupatintas, acomodados, calientasillones, vividores son, como el resto, herederos de una paz que firmaron los que sí conocieron los odios y los crímenes cometidos en ambos lados; estos mascachapas, como decía, vienen a remover de sus propias tumbas, también, a sus abuelos. De estos nietos que han disfrutado de cuarenta y cuatro años de paz, la inmensa mayoría no han conocido a Franco —un comodín que poco a poco se les ha ido desgastando, aunque todavía hace algún efecto en mentes simples o ignorantes—, sino en las pesetas; y algunos creo que ni de eso se acuerdan.

Estos nietos, que en su infantilismo ideológico juegan con la peligrosa arma del revanchismo, pretenden pegarnos un tiro en el pie como sociedad; o peor: en la cabeza. Juegan, como los niños absurdos que son, como los matones de barrio, donde a quienes no se plieguen ante ellos los machacan y a quienes sí lo hacen los esclavizan, a tomarse no sé qué justicia por su mano. Te cuenta su versión de la historia pero obvian su totalidad. Ahora quieren perseguir y ajusticiar a nuestros abuelos. Aquellos que sí fueron protagonistas de una verdadera guerra; que padecieron todos y en las que perecieron unos por ideales, otros por inquinas personales, muchos porque, tan solo, les cogió en medio. En una guerra, ya se sabe, todo vale.

Pero aquella guerra que no han dejado de revivir, de resucitar a conveniencia, de reescribir a parches, de buenos y malos donde ni unos los eran tanto ni otros tampoco, de usar como arma arrojadiza a parte de una sociedad que, en lo político, se le ha ido acomplejando y esta, encima, ha asumido tal complejo que hasta aplauden ciertas ideas nocivas para la convivencia constitucional con estos que, hagan lo que hagan, los señalan con aquello tan manido de fascistas. Aquella guerra, insisto, acabó hace ochenta y dos años y hace cuarenta y cuatro, los mismos que la combatieron creyeron sellar para siempre con una Ley de Amnistía.

Creyeron. Pocos imaginaban en 1977 que sus nietos, lejos de haber aprendido la lección de sus mayores, insistirían en sus errores. En los mismos errores. Hoy, con la nueva Ley de [des]Educación, con las viejas políticas disfrazadas de nuevas, pero apestando a moho y podredumbre, pretenden crear una nueva generación de apesebrados, de palmeros y agradecidos a un Gobierno que, parece, piensa ser física e ideológicamente irreemplazable. Todo es posible, y se ha demostrado, si estos nietos majaderos siguen sacando la mierda que, de común acuerdo, enterraron nuestros abuelos. Porque aquella ley no la firmaron solo políticos, sino una generación entera.

Lo dicho, una paz duradera no es rentable; hay quienes necesitan una guerra para seguir teniendo una razón de ser. Lástima morir por nada. Pero no me sean ingenuos, esto nada tiene que ver con el honor de los caídos, esto tiene un trasfondo mucho menos honroso y más al hilo de los que gobiernan hoy.




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