Este país necesita un repaso

La política de España está a niveles de la ESO, ni más ni menos.

Nuestros políticos, por decirlo así, parecen personajes esperpénticos, por alucinantes, sacados de Crónicas Marcianas, de Sardá,  ¡Al ataque!, de Alfonso Arús, El Perro Verde, de Quintero, o del mismísimo Barrio Sésamo ¿lo recuerdan? La España de aquellos años se reía con estas maravillas televisivas porque le parecían, de mamarrachos, irreales.

Recuerdo el programa Este país necesita un repaso, presentado por José Luis Coll y que, a modo de debate sobre la actualidad, se comentaba con las jocosas opiniones del eterno complemento del presentador, Luis Sánchez Polack «Tip», Antonio Ozores, Mingote, Antonio Burgos, Chumi Chúmez, Alfonso Ussía…, donde la política, tan seria, era cosa de risa. España tenía la virtud de reírse de sus políticos, de las ideas, sin necesidad de tildar a nadie de fascista por ello.

 

 

Eran los tiempos donde nos reíamos con el feo de La Trinca (Josep M. Mainat), donde José Sazatornil, en ese ejemplar de catalán de raza, y que hablaba con su esposa en tal lengua en la película La Escopeta Nacional, de Berlanga, era el personaje predilecto y en la que, una vez más, España era capaz de volver a reírse de sí misma. Cuando una Barcelona enfervorizada escribió a todo lo largo del Olímpico de Montjuic un HOLA en coloristas rojas y amarillas letras, que nadie dudaba representaba los colores del país anfitrión de aquellos juegos olímpicos y del que fue abanderado el hoy rey, don Felipe VI.

Eran los tiempos donde la mujer enseñaba lo que le daba la gana y nadie pensaba que aquello era una afrenta al feminismo, sino la batalla ganada de este a tantos años de mojigatería de faldas hasta las canillas y escotes amortajados. Donde las mujeres aún reivindicaban, con razón, derechos a una sociedad realmente masculinizada. Y no hablo ya de la televisión, con esas mamachichos, los strip-teases de Un día es un día  o aquellas exuberantes cantantes y azafatas de programas, hablo de las calles. 

También fueron las fechas del terror de ETA, Terra Lliure o el GRAPO, las fechas del aquel conocido como terrorismo de Estado, a manos del GAL, y los españoles sabían muy bien que no aceptaban doblegarse a terrorista alguno. De ahí, tantos miembros partidos constitucionalistas asesinados, tantas víctimas por mor de la extrema izquierda y la asquerosa connivencia de los nacionalistas moderados, incluso contando con muertos por estos asesinos —daños colaterales, como citaba en mi último artículo, decían—.

España era un país, a pesar de todo, vitalista, soñador, donde nos reíamos con los chistes de Arévalo, Marianico el Corto, el Dúo Sacapuntas, Manolo Royo, Paco Aguilar,  del No se ría que es peor, de los absurdos —Pedro Reyes era rey de estos—, de gangosos, de mariquitas, de andaluces, de maños, de gallegos, de vascos, de catalanes, de los de la suegra, de los del marido calzonazos, del cornudo… Donde Franco tenía el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel, y doña Sofía con lejía, ¡y ahí se acababa Franco en la boca de los españoles! ¡En una burlona rimilla infantil!

Las preocupaciones estadísticas por entonces eran el paro y, cito de nuevo, el terrorismo. La alternancia del bipartidismo era señal de democracia. No nos confundamos, era lo que los españoles votaban pudiendo elegir, como hoy, entre otras fuerzas políticas que, también como hoy, tampoco convencían.

Fueron los años de la perestroika y el inicio del adiós a la URSS. Los de la caída del muro de Berlín; del abrazo de los oprimidos ciudadanos de la Alemania comunista del Este con sus hermanos de la Alemania occidental, y con este derrumbamiento el de los regímenes de la Rumanía de Ceaucescu o de la Polonia de Jaruzelski. Los años de políticos como Miterrand, Kölh, Thatcher, Gorbachov, Walesa… Mientras, en España, González se comía a un apocado Hernández Mancha y surgía Aznar; e Izquierda Unida, con Anguita al frente, era la tercera fuerza.

La España de la Transición concibió la de la Concordia. Y España fue feliz, con sus muchos problemas, pero feliz. Reía al menos. ¿Y hoy?

Lo dicho, hoy si fuese aquella España de los 80/90, estos que hoy se hacen decir políticos no serían más que atracciones televisivas con las que desternillarse mucho y olvidar después. Sin embargo, un abominable Zapatero dinamitó aquella España de la concordia y se volvió a sacar del fondo del baúl aquello que no quería que se encontrase de nuevo.

España vuelve a oler a rancio. No se puede reír usted de nada de manera inocente porque lo señalan de machista, misógino, homófobo, xenófobo o, por supuesto, de facha. España ha perdido la sonrisa para recuperar tensiones de antaño que, ¿a quién favorece? Favorece solo a los políticos de hoy. Pueriles, sin argumentos de Estado, nostálgicos de totalitarismos que debieran estar muertos, desfragmentadores del país, necios que viven de un cuento llamado populismo. Medios de información y redes sociales ultracatalizados, tiranía ideológica a imponer, corrección política como ley a una sociedad a la que se le está señalando a qué debe llamarse libertad y a qué no. ¿No les suena? 

Mucho debieran aprender estos chupaescaños de aquel apretón de manos que, en los carnavales de Cádiz de 1981, se dieron Rafael Alberti y José María Pemán tras el frustrado 23F, representando así la paz y unidad de aquellas dos Españas que, ochenta años después, han vuelto a resucitar.




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