Estamos solos, nos han dejado solos…

Ahora tengo la espesa sensación de que estamos solos. Somos muchos millones de personas en todo el mundo, pero solos, nos han dejado solos.

Ante el frío, ante el miedo, ante una incertidumbre vacía de contenidos y de significados convertibles a la lógica que aprendimos de la Historia, de la Filosofía, de nuestras tradiciones…, todo aquello que creímos que compartíamos.

Ahora oímos cabalgar a fantasmas alados con un ruido que abruma, al galope sobre nuestras cabezas, pero no acertamos a saber quiénes son, qué buscan, hacia dónde se dirigen ni nos dirigen.

Hay un rumor de precipicios y de gritos intraducibles que se despeñan hacia ninguna parte. Suenan agudos y aterradores, pero sobreviven en el fondo de algún sitio ignoto con un llanto de inquietud y desasosiego.

Nada de lo que aprendimos parece que les sirve y hemos hecho esfuerzos por comprender y adaptarnos a la imagen que nos describieron como la llanura prometida.

Hemos buscado durante mucho tiempo a semejantes con los que creíamos identificarnos y que usaban las más bellas palabras, pero luego desaparecían travestidos de otra cosa.

Somos muchos millones, pero estamos encerrados en una soledad sin pegamentos. Sólo nos une ese temor tuerto, esa desconfianza cada vez más sorda y ciega, esa misma pregunta de hacia dónde nos dirigen, qué buscan de nosotros o si pretenden que nos suicidemos para ahorrarles el esfuerzo.

No hay Constituciones en el mundo, no hay leyes, no hay reglas, porque todo está reglado y en la sobreabundancia de las normas ya no cabe ni siquiera un movimiento. Van a por nuestro bien más preciado, lo sabemos, el de la libertad, la que ellos se encontraron regalada y pretenden ahora secuestrarnos para administrarla a su conveniencia. Pero la libertad no puede administrarla nadie, porque se deshace.

Nos hemos llevado ya tantas veces las manos a la cabeza, nos hemos mesado los cabellos con tanto ahínco, nos hemos mordido los labios de tal forma que ya no hay gestos que acompañen nuestro asombro.

Vivimos en un desconcierto de apariencia incoherente en el que lo bello ya no es bello, lo bueno ya no es bueno y la verdad no es lo verdadero, porque todo es transmutable y todo es inservible.

Nadie nos ha dado una palmada en la espalda para agradecernos el esfuerzo y el de los que nos precedieron o para confirmarnos que hemos elegido el buen camino. Somos millones y sabemos la vereda, pero caminamos solos, unidos apenas por la dirección que hemos tomado, la que nos marcaron los hombres sabios que nos antecedieron.

No odiamos por odiar. A nadie. Ni de las derechas ni de las izquierdas. Respetamos y somos tolerantes. No aceptamos distinción de razas, ni de sexos, ni de creencias, ni de condición social de ningún tipo…, pero quieren arrastrarnos a un abismo de clases, de taxonomías de infinitas e inventadas, de odios multicolores, de especies igualadas entre ellas, como si importara lo mismo la vida de una cucaracha o del césped de tu casa que el temblor de un niño cuando nace.

Pero hay un desconcierto que nos impide encontrarnos. Tipos que agreden las verdades inmutables, que arremeten sin coherencia ni argumentos contra los saberes objetivos y son premiados por ello.

Las hazañas de los hombres del pasado, ridiculizadas; los logros del esfuerzo humano, pisoteados; los pronunciamientos morales de las religiones más sólidas y adaptadas, ninguneados por los propios jefes de una jerarquía absorta; las glorias de los artistas más felices, ignoradas; la belleza escupida y el feísmo amamantado; los placeres sencillos y más elementales, sustituidos por una aberración alternativa o por platos sin sustancia; las luchas más nobles y desinteresadas, olvidadas o vapuleadas. El amor, cualquier amor, insultado, abandonado a su suerte, porque es un sentimiento obsoleto para ellos y que no conocen. ¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué es esto?

¿La democracia más firme del mundo se tambalea por una combinación estudiada de ataques cibernéticos y de miserables trampantojos de los medios (de todos) que ignoran un trasiego colegial de furgonetas y los indicios colosales de un fraude?

¿Qué clase de autogolpe universal nos estamos dando a nosotros mismos o nos están dando en nuestras narices? ¿Era acaso un tipo histriónico y fuera de los moldes la espalda sobre la cual iba a descansar la defensa última de los valores de Occidente cuando en nuestra imaginación cinematográfica tal vez habríamos elegido a un general fuerte y valiente con una gallardía y el sano aspecto de Charlton Heston?

¿Es la hora de nuestra última batalla, nuestra postrera conquista prometida?

Nos han dejado solos, pero somos muchos. No sé bien, hermano, pero saca fuerzas y resiste, porque puede que algún día descubramos a esos miserables en sus cuartos oscuros tramando una orgía maléfica y nos toque juntar espalda contra espalda para repartir mandobles.

No sabré quién eres, pero no te vayas lejos y permanece atento, porque en esa hora vamos a necesitarnos mucho, incluso para caminar con dignidad hacia las cenizas y las cámaras de gas de toda esa gentuza.

Acordaos de la despedida en “Blade runner”: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. O no, ya lo veremos.

He dicho.




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