Se dice, creo que con razón, que la progresía fomenta una guerra civil constante; no contentos con reabrir las heridas de los años treinta, pues crean un estado de constante rencor entre hombres y mujeres. Ya no se puede vivir con naturalidad; la ideología se ha instalado en la familia, en la cocina, en los ámbitos más íntimos.


Y no obstante, existe el grave peligro de que el modo de reaccionar a eso (a la denominada “ideología de género”) resulte aún más dañino. Bueno: más dañino es difícil –acabar con la existencia de hombres y mujeres es acabar con la humanidad-; más dañino es difícil, pero sí puede resultar al menos igual. Se dice que los extremos se tocan; pues en muchos casos es cierto.

Si los enemigos de la ideología de género se dedican a considerar que el problema de esta ideología es que el hombre sale perjudicado, y que hay que defender al hombre, y que, para contrarrestar todos los escándalos y subvenciones dudosas al “maltrato de género” ahora hay que crear otras tantas estructuras y subvenciones para proteger a los hombrecitos maltratados… pues están cayendo exactamente en lo mismo: en aceptar que hombres y mujeres son dos grupos enfrentados de intereses contrapuestos.


La propia experiencia personal lo desmiente. ¿Cómo van a formar “hombres” y “mujeres” dos grupos? Mire cada uno sin ir más lejos a su familia. Nos enfrentamos por mil y mil causas de división – de izquierdas, de derechas, funcionarios, empresarios, parados, obreros, religiosos, agnósticos, separatistas, patriotas, deportistas, sedentarios, con perro, sin perro, admiradores de la torre Pelli, detractores de la misma…¡será por cosas que nos dividen! ¿Cómo va a constar la vida sólo de dos grupos, “hombres” por un lado, “mujeres” por otro? Pero es el problema de la ideología: se impone incluso sobre la propia experiencia.

La ideología de género perjudica la convivencia, la naturalidad, el que cada uno estudie y se dedique a lo que quiera, y se divierta y juegue como quiera. Y vende una historia totalmente falsa. Un ejemplo: Diríase que desde los albores de la Creación, el máximo anhelo reprimido de toda mujer fue votar en unas elecciones, como sin problema hacían, en toda época y lugar, todos los hombres. Pocos, muy pocos saben (y eso que con la simple Wikipedia cualquiera puede informarse en dos minutos, pero no se hace. Nunca ha habido más información disponible y nunca se ha desperdiciado más) que entre la entrada en vigor del sufragio universal masculino, cosa históricamente recientísima, y ya el general incluyendo al femenino pues nunca hubo una distancia (varía según los países) de como máximo unos 30 años – lo que en términos históricos no es nada. Eso asumiendo ya, para no discutir todo a la vez, que la consecución de ese sufragio universal sea la gran panacea (que luego a su vez se desperdicia. ¡Cuántos hombres y mujeres presumen de “no votar”, y lo dicen con superioridad, como quien declara un mérito!).

Así pues: la ideología de género vende que la mujer ha sido muy reprimida y marginada a lo largo de la historia, y hasta ahora no ha podido prácticamente disfrutar de nada.

Pero si los enemigos de esa ideología ahora quieren rebatirla diciendo que los perjudicados de ahora son los hombres, y que hoy día se margina a los hombres, y que pobrecitos hombres, y que también hay “mujeres violadoras” (¿???) y asesinas y muy malas (desde el principio de la humanidad hubo santos y santas y malos y malas, ¿qué me cuentan?)… pues están comprando la misma historia que dicen rebatir. Que la mujer estuvo muy oprimida, y que ahora lo está el hombre. Están siguiendo pues la espiral de la violencia de esa inaudita, absurda, peligrosísima guerra civil de sexos; le están bailando el agua a la ideología del ídem.

Vivamos en paz. No caigamos en la trampa.