Esta es la mía

Yo vengo de un pueblo pequeño donde el final de sus calles siempre enmarcaba una estampa de adelfas, moreras y algún membrillo que estiraba sus raíces para encontrar el venero que diera algo de vida a la tristeza de sus hojas.

Allí la Semana Santa era la estampa cotidiana de hombres que miraban al cielo, de camisas de tirilla y chaquetas de paten; de hombres que veían pasar un Crucificado nuevo, porque al viejo no hubo gubia que fuera capaz de juntar sus cenizas, y un Nazareno que apenas unos años antes comenzó a extinguir la luz de las farolas que esperaban su silencio.

Sé que ese día creían en Dios cuando le pedían que la sementera del año no fuera el ripio inacabado, el remate imperfecto, de un paisaje que empezaba a mostrar su esplendor; igual que aquellas mujeres descalzas, con sus velos y sus velas, siempre mirando al suelo, que quizás buscaban los pasos perdidos de una vieja promesa, una gracia o un perdón.

Siempre creí en la vida y no dejé que me atrapara el círculo mágico del tiempo, pero a pesar de eso sigo pensando que el final no es más que el recuerdo del principio, que la memoria siempre hace regresar los nombres, los rostros y las voces de la niñez.

Cuando llegué por aquí, Sevilla me pareció muy grande, ya no tenía edad de corretear subiendo y bajando una rampa, y recuerdo muy bien el día que alguien me enseñó lo que era el ruan; ¿era empezar de nuevo, o era el tiempo que, rápido o lento, me decía que las cosas se saben, sin más, a veces por un palpito, a veces por un presentimiento?

Siempre me dieron miedo las cruces, me parecían el tributo perfecto a la victoria de la muerte, hasta que descubrí al Hombre que separaba su espalda de ella y que dejaba resbalar por Su cintura aquel paño de pureza, para decirme que era por mí por lo que había convertido en vida aquel madero reseco.

Quise buscar el dolor de una Madre que postró sus rodillas en la piedra fría del Gólgota, pero no tuve suerte, me encontré con una cara de la que nunca supe si sus lágrimas eran un llanto porque a veces la veía sonreír, porque a veces veía en Ella la expresión serena de saber a su Hijo triunfador.

También busqué ese triunfo, la curiosidad siempre me puede, y lo encontré en un Nazareno que camina tras su Cruz.

Nunca vi rostro tan poderoso, ni mirada tan segura que rayara lo displicente, y es que cuando hablo con Él siempre le oigo decir que pueden agrandar su Cruz, que nunca le va a pesar, que me fije al verlo pasar y recuerde aquellas besanas que arañaban la tierra de mi infancia para ver como su Resurrección las va sembrando de laurel.

Lo cierto es que en muchas Semanas Santas era un principio cada momento, y ahora tengo miedo porque solo pienso en aquella simplicidad verdadera de los comienzos, al fin y al cabo el final no es más que el recuerdo del principio, pero me queda el consuelo que todo vuelva a no ser más que el adorno de una zancada imposible.




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