España, esa distópica nación

Somos una estúpida nación dormida entre la muda elocuencia de los hechos que, como un lodazal arrastrado por la lluvia, amenaza con borrar de un plumazo la Historia, la cultura y la justicia. La decencia ya quedó borrada entre la normalidad de la estulticia de 40 años de una democracia construida para una panda de espabilados sin escrúpulos. Los hechos del pasado, la advertencia que algunos nos empeñamos en cantar a diario, no espabila a los españoles de hoy con los ecos del pasado. El pueblo español, es un aliño de sobras ideológicas amodorrado entre la ordinariez privada y la irreverencia pública. Se han encargado de que la nación sea un juguete roto robado del cajón de la patria. El pueblo español, prefiere irse a dormir como el niño que se acuesta y deja para mañana sin recoger los juguetes, porque ya habrá alguien que lo haga.

El político y poeta Albrecht Haushoffer detenido por Hitler y escribió en su última morada, que no fue otra que un oscuro y húmedo calabozo de la Gestapo, antes de que le descerarrajan un tiro en la nunca, 80 sonetos que bien podrían hacernos pensar “A mí mismo me acuso dentro del corazón: engañe a mi conciencia durante mucho tiempo, me he mentido a mí mismo y mentí a los demás, supe desde el principio el rumbo del desastre. Avisé… ¡pero no con bastante firmeza y claridad! Y ahora sé que he sido culpable.

Los españoles no somos inocentes, somos cómplices de todo cuanto nos pasa, por no exigir que el tótem del adoctrinamiento de masas que desde la más absoluta oscuridad dirige el mundo, un mundo de seres insensibles a su propio progreso, para que sólo seamos una masa difuminada en grupos y desdibujados en la que no podamos opinar sobre si es blanco o negro, sólo gris. Vivimos ante la autosuficiencia, de diarias cortinas de humo, y del mas absoluto vacío espiritual. A cada pensamiento la distopía del pensamiento único ha creado un insulto para construir una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Perder la identidad como varón en beneficio de una ideología de género, como español en beneficio del caciquismo local, del idioma, en virtud la defensa de no sabemos que parla inventada, la historia por la defensa de valores creados, negándola, la fe como referente en virtud de valores inventados. Ser de izquierdas, te obliga a ser antitaurino, anticatólico, vegano, ecologista sin conocer el campo, antimonárquico, a odiar al progresa y crea para sumirte en una discusión de conceptos para construir subgrupos de opinión que enfrente a cada ciudadano con su padre, con su madre, con su vecino, con su amigo, con su compatriota.

Admitimos y normalizamos que en la sede de la soberanía nacional hayan postrado sus posaderas, quienes durante décadas nos han odiado, quienes comercian vendiendo a su patria a diario, quienes venden ideologías de lo inane que solo buscan el mercadeo interesado de los votos que les permitan seguir sentados allí, los que pretenden sustituir toda una civilización milenaria por un carnaval horrendo de ridículos disfraces del color del sectarismo y banderas arcoíris de la indecencia y la pornografía disfrazada de colectivos marginados. Vivimos una España que es avergonzarse como pueblo, como nación y como individuos.

Y no debemos olvidar que todos somos responsables de lo que sucede en nuestro país, un país que lleva demasiado tiempo justificándose, echando la culpa de nuestros males a una dictadura que feneció hace 44 años sin darnos cuenta que no podemos continuar echando la culpas a otro. Nos morimos como nación ante el indolente sentimiento de un pueblo que ha dejado de sentir su nación y su patria como su hogar, alentados por una clase política indecente ante la justicia, la historia y el futuro de su propia prole. Es difícil no sentir náuseas de nuestra propia comodidad en una nación, con cinco millones de parados, con el menor índice de licenciados de toda Europa, con el mayor paro juvenil, donde la cultura del esfuerzo se ha sustituido por la cultura de la subvención, mientras se desangra al que produce. Mirarnos al espejo, no arroja más que una sombría nación de ciudadanos, arrugados ante su propio presente y su futuro y no, no somos inocentes, somos cómplices de todo cuanto nos pasa.

Y es que el silencio en nuestra sociedad bordea la traición, cuando callamos ante este horrendo pesebre falsamente progresista que pretende que aceptemos que nuestra civilización ha llegado a su fin. Hoy, el reloj de España, sólo cronometra tiempos de infamias a nuestra historia, a nuestra cultura. Los relojes de España solo marcan el tiempo de la infamia y la desesperación, desde hace cuarenta y cuatro años. Algún día nuestros hijos, sabrán que sólo fuimos una generación de la que sentir vergüenza por no saber reaccionar a tiempo, por no defender sus libertades, por no asegurar su futuro echando del templo a quienes en beneficio propio lo llevan hipotecando durante cuarenta años.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *