España, de vuelta al ostracismo internacional

Como dijo en cierta ocasión de manera muy atinada Eduardo García Serrano, en cuestión de siglos, España ha pasado de ser el primer imperio pentacontinental del mundo a un país que no aparece en los mapas, de un país que en la etapa de Felipe González se pronunciaba sobre las grandes cuestiones de política internacional en base al criterio de Francia y Alemania a ser un país cuyo criterio ya no importa a los actores internacionales. 

Es menester analizar este proceso de degradación de la relevancia internacional de España en base a las relaciones con Estados Unidos a la sazón de primera potencia mundial, y en este sentido, Adolfo Suárez llevó a cabo una política internacional errática alineándose, entre otros, con la OLP de Arafat y la Nicaragua sandinista de una manera análoga a un país no alineado. 

Felipe González hizo bandera del antiamericanismo en campaña electoral esgrimiendo el tan recordado lema “OTAN, de entrada no”, pero una vez en el gobierno se moderó en sus planteamientos siguiendo la máxima de Deng Xiaoping (el dictador comunista que modernizó China abriéndola a los mercados internacionales), que decía: “No importa que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”, y en esta línea, el entonces presidente se percató de que para que España pudiese entrar en la Comunidad Económica Europea, debía integrarse a su vez en la Alianza Atlántica si España quería ser un socio fiable para el resto de países europeos, por lo que convocó el prometido referéndum pero pidiendo el “sí” en contra de su campaña. 

La imagen que ha tratado de representar la prensa y la historiografía de izquierdas de Felipe González como un estadista que por el bien del país convoca el referéndum sobre la OTAN no es más que una burda manipulación como los “100 años de honradez” del PSOE, una efectiva campaña propagandística que se da de bruces contra la realidad, ya que una vez más antepuso los intereses de partido a los intereses nacionales, pues lo convocó en aras de contentar a su partido y acallar al ala izquierda del mismo, después de haber agitado a la opinión pública en esa dirección, poniendo en serio peligro la continuidad en la Alianza Atlántica después de someter a referéndum una decisión aprobada por amplia mayoría por el Parlamento, del mismo modo que ponía en una difícil tesitura a la derecha (de fuertes convicciones atlantistas) al pedirle que aprobasen la continuidad en la OTAN con una serie de condiciones previamente marcadas por los socialistas y con las que disentían, siendo el caso de la negativa a integrarse en la estructura militar de la OTAN y la progresiva reducción de la presencia militar norteamericana en España. 

En línea con lo anterior, parecía coherente que Alianza Popular pidiese la abstención, algo que extrañó a muchos, dado el fuerte sentido de estado que siempre caracterizó a un político de gran talla como Fraga, que fue fruto de las presiones de sus socios de coalición: los democratacristianos del PDP y el Partido Liberal, que querían el “no” en aras de que Felipe González perdiese el referéndum y saliese debilitado del mismo, convocando unas elecciones anticipadas en las que aumentarían sus opciones de desalojarlo del gobierno en una época en la que el socialismo era hegemónico, algo similar a lo que hicieron las derechas nacionalistas de CIU y PNV al dar libertad de voto a sus votantes, pero lejos de lo previsto, aunque el PSOE experimentó en 1986 una clara erosión electoral en favor de la nueva Izquierda Unida (nacida precisamente como coalición anti-OTAN), AP, lejos de aumentar su representación la vio menguada como consecuencia del castigo electoral que infligieron sus votantes por su bandazo ante el referéndum atlantista, por lo que se habló del famoso “techo de Fraga” a pesar de que la estrategia que le hizo dimitir fue obra de sus socios de coalición Alzaga y Segurado, teniendo que transigir si quería evitar la ruptura de la misma en un intento de aglutinar todo el voto de derechas. 

A pesar de su pasada postura, Felipe González mantuvo una estrecha relación con Reagan a pesar de la fuerte distancia ideológica que les separaba, del mismo modo que no fue óbice que Javier Solana, en su día redactor del documento “50 razones para decir no a la OTAN” se convirtiera en secretario general de la organización que con tanta ferocidad combatió en la década de 1980. 

La etapa de Aznar supuso un aumento de la importancia internacional de España, algo que se debía a que pasó de ser el enfermo económico de Europa a un modelo a seguir para el resto del mundo, de no cumplir ninguno de los criterios de convergencia para entrar en el euro a adherirse contra pronóstico como socio fundador, acabando con la maldición histórica que arrastraba España desde el Congreso de Viena, quedándose al margen de la política europea y llegando tarde a los principales acontecimientos históricos: ingresando en la ONU diez años después de su fundación, en la Comunidad Económica Europea, veintinueve años más tarde de la misma y en la OTAN, con 33 años de retraso, por lo que es reveladora su frase: “No quiero que España vuelva a perder el tren de la Historia”. En efecto, por primera vez en siglos, nuestra nación volvía al primer plano internacional de la mano de Estados Unidos a la sazón de primera potencia mundial y del Reino Unido, su principal aliado europeo. 

Tan estrechas relaciones con ambas naciones cristalizaron en hitos que antes parecían impensables: en el primer caso, que Washington se pusiese del lado de España en el contencioso de Perejil (un pulso en toda regla a 4 kilómetros de Ceuta y Melilla) en lugar de alinearse con Marruecos, su tradicional aliado en la zona y en el segundo, que por primera vez se plantease la soberanía compartida de Gibraltar como consecuencia de la estrecha relación de Aznar con Blair pese a pertenecer a orillas ideológicas distintas. 

Aznar siguió una política exterior que por vez primera miraba por los intereses nacionales de España, que dejaba de estar supeditada al eje franco-alemán que los socialistas tienden a calificar como el “corazón de Europa” como si la Unión Europea se redujese a Francia y Alemania y los demás estados tuviesen que plegarse a su voluntad, trazando una alianza con Italia, Reino Unido y Polonia que actuase como contrapeso y reforzase el peso de España a la hora de tomar decisiones en Bruselas. 

La colaboración con Estados Unidos se afianzó a raíz del 11-S, cuando se dio una consonancia entre el gobierno de Aznar y la Administración Bush, que percibían el terrorismo no como una lacra (al estilo del crimen organizado), percepción extendida en las sociedades europeas, sino como una amenaza existencial, siendo decisivo el apoyo del gigante norteamericano en la lucha antiterrorista, ya que Bush fue un gran aliado de España que le proporcionó tecnología de última generación para dicho propósito, del mismo modo que ETA fue incluida en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado de Estados Unidos, lo que supuso que fuese derrotada en el frente internacional y no tuviese escapatoria gracias a los sistemas de espionaje norteamericano, de modo que el Ejecutivo de Aznar logró lo que antes en democracia parecía impensable: que ETA llevase un año sin matar porque no podía hacerlo, sin concesiones políticas ni atajos en forma de bandas de mercenarios armadas por el gobierno como antaño, lo que explica el apoyo político que prestó a Estados Unidos a la hora de intervenir Irak, donde no participó en las operaciones militares de la guerra ni envió tropas, sino en la posguerra, al contrario que Felipe González enviando tropas de reemplazo a la Guerra del Golfo o Zapatero haciendo lo propio en Libia. 

La victoria de Zapatero hizo que las relaciones con Estados Unidos se tensionaran drásticamente, ya que como líder de la oposición se sentó al paso de la bandera norteamericana, algo que justificó como una crítica a la guerra de Irak pero que fue interpretado (con toda razón) como una afrenta al pueblo norteamericano por medio de su principal símbolo, del mismo modo que también pesó mucho la retirada de las tropas de Irak, no por la medida en sí sino por las formas, de manera unilateral y desleal, haciendo desde Túnez un llamamiento al resto de países europeos a hacer lo mismo e incumpliendo su propia promesa de que las retirarían si no había una nueva resolución de la ONU, algo que finalmente se produjo a través de la 1546. No es de extrañar que a raíz de la victoria de Zapatero, Bush guardase en el cajón muchos planes de inversión que su nación tenía previstos para España al percibirlo como un país poco fiable. 

Zapatero hizo retroceder en política internacional a España a la época de su tan denostado Franco, cuando los principales aliados de nuestro país eran los países árabes y déspotas latinoamericanos, que en este caso eran Fidel Castro y Hugo Chávez por medio de una política exterior propia de una república bananera y radical diseñada para arañar un perfil de elector radical que se encontraba en Izquierda Unida, que a raíz del 11-M había votado no a favor del PSOE sino en contra del PP y una concesión gratuita para fidelizarlos era por medio de la política internacional. 

ZP había apostado por dos líderes europeos que estaban de salida como era el caso de Chirac y Schröder, pero poco después en el gobierno se encontró con Merkel y Sarkozy, es decir, con el eje franco-alemán del PP, y todo ello después de haber llamado “fracasada” a Merkel en campaña, del mismo modo que apoyó fuertemente a Kerry en campaña, poniendo todos los huevos en la cesta de un candidato y rompiendo la neutralidad, de modo que Bush arrasó en 2004 con la mayor victoria que hasta entonces había tenido un presidente norteamericano, de modo que después de enviarle un telegrama para felicitarle por su reelección, éste ni siquiera le respondió, esgrimiendo como éxito en 2007 una conversación de doce segundos con Bush en una cumbre de la OTAN en la que éste le decía (quién sabe si en tono sarcástico): “Hola, ¿qué tal, amigo?”. 

Las relaciones con Estados Unidos se vieron supeditadas por el gobierno de Zapatero al inquilino de la Casa Blanca, de modo que la interlocución estaba rota y se tenía que recurrir a recaderos que actuasen como intermediarios, algo que recoge incluso el exministro José Bono en sus memorias, contando con la ayuda de Julio Iglesias por su buena relación con Kissinger para que les pusiera en contacto con la Administración Bush. 

Obama utilizó las frías relaciones con España en clave de campaña para abanderar un multilateralismo con los aliados europeos y diferenciarse de Bush, del mismo modo que le servía como arma arrojadiza contra McCain, a quien le preguntó varias veces en el debate electoral si se reuniría con Zapatero, aunque es menos recordado cuando el candidato republicano le preguntó a Obama si se reuniría con Ahmadineyad a raíz de su programa nuclear, a lo que éste de manera altiva e hipócrita respondió que como presidente se reservaba el derecho a reunirse con quien quisiera. 

Con un nuevo líder en la Casa Blanca, Zapatero podía esgrimir su anhelada foto con el presidente de Estados Unidos, que le llegó a invitar de manera sorprendente como orador al Desayuno Nacional de la Oración, un evento que precisamente se caracteriza por el contar con figuras de relieve con convicciones religiosas, y en el caso de Zapatero no se trata únicamente de alguien no creyente sino laicista y anticlerical que incluso se negó a acudir al funeral de Juan Pablo II, teniendo que acudir los Reyes en representación de España. 

El alineamiento de Zapatero con Obama no dejaba de ser propagandístico, ya que no se tradujo en que más empresas españolas se instalasen en Estados Unidos ni se estrechasen los lazos económicos ni militares entre ambas naciones, algo que iba en paralelo a que España había retrocedido de ser la octava a la decimotercera potencia mundial, siendo superada por países como Rusia y Brasil, de modo que las relaciones se normalizaron con la llegada de Rajoy, básicamente porque no era Zapatero, que había cometido una afrenta no contra un gobierno sino contra un país en una muestra de antiamericanismo propia de Blas Piñar en su célebre artículo “Hipócritas”. 

España lideró el crecimiento en Europa, revirtiendo su situación económica, pasando de ser un país en recesión a uno que crecía al 3 %, y del mismo modo que Rajoy visitaba el Cementerio Nacional de Arlington (algo que con toda certeza habría estado vetado a Zapatero), en 2013, en una cumbre del G-20 (lejos de lo que se ha visto en los últimos meses con Sánchez), no era Rajoy quien se acercaba a Obama sino éste quien lo hacia él y para felicitarle por la mejora de la economía española a través de sus reformas estructurales. 

No obstante, la llegada de Trump hizo que Rajoy cometiera un dislate que le pasó factura al enviar representantes del PP a la Convención Demócrata y no a la Republicana, lo mismo que hizo Zapatero en 2004, de modo que una vez elegido, Trump no le recibió, haciendo lo propio incluso con el líder de los euroescépticos británicos Farage a pesar de no ser jefe de gobierno, del mismo modo que ahondó aún más la brecha por medio de unas demagógicas declaraciones en las que se oponía al muro de Trump diciendo que “no creía en los muros ni en las fronteras”, lo que suponía denostar la labor de la Policía que se juega la integridad física en las fronteras mientras les arrojan incluso cal viva, y si no cree en ellas, ¿por qué no derriba los muros de La Moncloa? Pues, como dijo muy acertadamente Abascal, estaríamos ante un registrador de la propiedad que no cree en las lindes. 

Esa continuación empeorada de Zapatero llamado Pedro Sánchez ha llevado las relaciones con Estados Unidos a un nuevo estadio de ridículo nunca antes visto, siendo muy reveladora su imagen siguiendo a Biden durante 29 cronometrados segundos en una reunión de la OTAN en busca de la foto, como si fuese un comercial que a la desesperada va detrás de un cliente que le ignora a la espera de que le compre el producto, para después vender ante la opinión pública que había hablado con el presidente norteamericano de cuestiones de primer nivel como las alianzas militares, Latinoamérica y la llamada “agenda progresista”. Todos sabemos que treinta segundos “dan para mucho”, incluso para defender una tesis doctoral, sobre todo cuando es un fake como la de nuestro jefe de gobierno. 

La imagen de Biden ignorando a Sánchez, a quien ni siquiera mira y sólo se da cuenta de que está ahí poco antes de que se vaya, explica que el demócrata ya se ha reunido con los líderes de los principales países europeos a excepción de España, con la que no ha tenido ningún contacto. Tal vez algún iluso piense que es casual, pero cabe cuestionarlo cuando a Estados Unidos y a su progresista presidente (convertido por la izquierda en santo laico contra Trump del mismo modo que en el pasado hicieron con Obama) algo les debe pesar el hecho de que Sánchez forme coalición con la ultraizquierda de Podemos, un partido que ha estado financiado directamente por el régimen venezolano (profundamente hostil a Estados Unidos), al que han mostrado su apoyo político, del mismo modo que Ábalos ha recibido a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, que tiene la entrada prohibida en la Unión Europea o que otro presidente del gobierno del PSOE como Zapatero se erija como defensor internacional de Maduro, a cuyo régimen vendió fragatas en una sospechosa operación en la que presuntamente se cobraron comisiones por medio de un contrato firmado directamente por Bono. Tal vez al Ejecutivo social-comunista y sus acólitos les interese creer que son cuestiones menores sin importancia alguna, pero se ve que para su admirado Biden no lo son. 




 

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