Por Pepe Fuertes.

Los españoles agitan ahora banderas como si fueran su inocencia. Las cuelgan en los balcones como si así lavaran sus conciencias. Pero no están libres de culpa de lo que ayer ha pasado en Cataluña, de todo lo que lleva pasado en Cataluña.

Los españoles han pagado caro sus tranquilidades, eso de acostumbrar a decir que no pasa nada siempre que podría saltarles a la vista que está pasando todo. El mismo Rajoy ya ha recomendado, una vez más, la peligrosa tranquilidad tan española, la puta serenidad española que nos ha metido siempre en tantos desastres. Es como apelar a una virtud cuando realmente disfraza la cobardía.


Las voces más relevantes y las cabezas mejor puestas, no dejan de declarar que hasta aquí no se debía haber llegado. ¿Es tarde para arreglar esta barbaridad? Yo no sé si es tarde, pero desde luego es complicadísimo, es como dar marcha atrás a un camión trailer en la calle Don Remondo . Rajoy, el lamentable “estadista” Rajoy, ha venido siendo como el cooperador necesario del primer sinsentido de esta gigantesca locura de una independencia que debiera haberse controlado de inmediato por tantas dependencias. Es una masacre de independencia ilegal que tendría que haber dependido de la Constitución, del Tribunal Constitucional, de fiscales, de jueces, de policías, del Ejército, de detenciones, de juicios, de condenas, de cárceles… Rajoy tiene una mente tan absurda y surrealista como si hubiese dejado probar y experimentar la espiral de los vicios en Sodoma y Gomorra, para pretender finalmente que un artículo 155 fulmine las orgías. Pero el artículo 155 no es la nariz de Embrujada cambiando muebles de un sitio a otro, o estar en su casa de San Francisco y aparecer de pronto en Hong Kong.

De aquellos polvos de transferir competencias en Educación, empezaron estos lodos de un auténtico Estado que ya no es de Derecho, que nos ha dejado a todos en la evidencia de una inseguridad jurídica que da más pavor del que ya venía dando; una inseguridad jurídica que viene a establecer el imperio no de la ley, sino del agravio comparativo de las desigualdades en ella, por el que unos secesionistas aún no están entre rejas mientras que un hombre de a pie puede acabar en ellas tan rápido como una mujer le ponga una denuncia falsa por violencia de género. Y aunque ayer Junqueras declarase el día del amor fraterno, en la calle hay nada menos que dos millones de independentistas dispuestos a ir a por todas… a por todas.