Eso de “¿cómo se lo explico…?”

En algún momento, seguramente todos hemos recibido por alguna vía un mensaje similar a este: “Un becario dedicado a investigar el cáncer percibe  960 euros al mes; mientras que Chabelita o Chabelito, por contar sus intimidades en un programa de tele, cobrará por un rato tantos miles. ¿Cómo se lo explico a mis hijos?”.

Lo innegable de esta realidad inducirá a muchos, probablemente, a suscribir este mensaje, a sumarse a la queja. Sin embargo, algunos, sobre todo al llegar a la parte de “¿Cómo se lo explico a mis hijos?” … percibimos algo chirriante que nos hace incapaces de empatizar completamente con un mensaje que, a primera vista, puede parecer obvio e indiscutible…

La realidad en que vivimos presenta contrastes llamativos, grotescos. Caer en la cuenta de algunos sinsentidos no está mal; es incluso bueno. Pero el mensaje citado, si lo analizamos bien… viene a ser otro sinsentido. Parte de la premisa “moral” de que el trabajo más meritorio y noble debería ser el mejor remunerado. Es decir, que el dinero es la medida de todo. Y esa premisa, ¿es a su vez noble y elevada?

¿Quién realiza el trabajo más excelso de todos? A esa pregunta muchos contestaríamos, por ejemplo, que las Hermanitas de la Caridad. Pero si aplicamos la premisa de que a mayor mérito, mayor retribución, éstas tendrían un salario de miles de millones (superior a lo que ganan los futbolistas, ¿no tienen acaso más mérito?). A continuación, habría overbooking para acceder a ser Hermanita, y, ¿sobreviviría el tipo de trabajo que realizan? ¿Subsistiría alguna vocación?

Los que veríamos con agrado el que un hijo fuera médico, si tiene vocación para ello, o investigador del cáncer, es porque parece una ocupación gratificante, noble, útil; también, ¿por qué no?, que puede preverse que será una profesión reconocida, que no le faltará el trabajo, y que tendrá una remuneración digna. Requerirá un esfuerzo, una gran dedicación, pero también eso nos agrada (no deseamos que nuestro hijo viva como en una perpetua discoteca). La capacidad de trabajo, de estudio, de entrega del ser humano, debe aprovecharse,  es bueno tener ocasión de desplegarla.

Si lo que se desea para un hijo es la ganancia fácil y millonaria… ahí están los miles y miles de progenitores entrenando a sus hijos para futbolistas o para ganadores de Master Chef (he dicho “fácil”; en fin, requerirá otro tipo de esfuerzo competitivo, pero creo que se me entiende…).  El deportista de élite que triunfa ha tenido que esforzarse no poco, pero lo que no cabe duda es que las ganancias son absolutamente milmillonarias, algo infinitamente distinto a lo que podrá nunca tener un médico convencional. Muchos NO desearíamos eso para nuestros hijos, preferimos una profesión más gratificante a nivel personal e intelectual; y desconfiamos de esas ganancias monetarias tan desproporcionadas. Pero los padres que sí lo desean tienen el mérito de la sinceridad y de la coherencia, y están en todo su derecho.

Pero todo no se puede tener. ¿Qué deseas para tu hijo? ¿Algo digno, noble, gratificante, sano… ¡ah!, y que además por añadidura esté tan millonariamente bien pagado como lo que ganan los que explotan otras zonas del ser humano menos “dignas” (el morbo, el entretenimiento fácil…)? Mejor aclararse sobre lo que realmente deseamos.

Desde los albores de la Humanidad, nunca jamás se ha cumplido la premisa de que el trabajo más noble y digno sea el mejor pagado. Pero es que esa premisa, típica de tiempos recientes, es perversa. 

Si se cumpliera; si, contradiciendo las leyes de la economía, a los oficios considerados más nobles y meritorios se les dieran retribuciones milmillonarias… nos quedaríamos (pensemos en las Hermanitas de la Caridad) sin nadie que hiciera nada meritorio ni digno en todo el planeta.


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