Ese costalero no soy yo

Foto: José Campaña

A la vuelta de las vacaciones me he topado con una foto que ha tensado unas cuerdas que andaban desafinadas y polvorientas, como aquellas del arpa arrinconada de Gustavo Adolfo.

Una niña vestida de acólito, besa a su padre, costalero acuclillado, el faldón del paso alzado, mediodía de Sol en El Plantinar. Y me he mirado en el espejo de esa foto, mi rostro no salía, ni la sangre de mi sangre, ni la carne de mi carne. No señores, yo me fui al extranjero en busca de mejor trabajo y durante un tiempo lo encontré. Luego me quedé por ahí, fuera, por otras razones que no lamento. Pero la Semana Santa, la fina cuerda que me unía con más fuerza a mi tierra, que es la de ustedes, se rompió o se destensó, como sugería más arriba. 

Ciertamente soy de aquellos a los que, llegada la Cuaresma, empieza a faltarle el aire, le cambia el humor a peor y todo le viene estrecho en estas latitudes centroeuropeas. Llamémoslo nostalgia, morriña, mal de ausencia. Hubo un tiempo adolescente en que, picado por el gusanillo del mundo cofrade, hice mis pinitos costaleros, cuando aún en mi pueblo no se ceñía el costal. Era por Granada, entonces los pasos se cargaban a dos hombros, con trabajaderas perpendiculares a la delantera del paso. Fueron años de disfrute asilvestrado y aventurero, con pocas reglas y menos maestría, algunos decían con razón que nos jugábamos el físico. Luego conocimos gente sabia de la capital, de otras ciudades, también de Sevilla. El costal se empezó a introducir cuando yo ya me estaba marchando. Y me fui. 

Ahora, cada vez que bajo al Sur en estas fechas y en cualquiera de sus calles los veo salir del paso, sudorosos, fuertes, extenuados a veces, sonrientes, hermanos, algo me suena ahí dentro, como a vidrio quebrado. Y a veces se abre el griferío de las lágrimas, esas que pudorosas y sin aspavientos suben a los ojos, o esas otras que te explotan por dentro anegándote las entretelas del alma. Y sólo hay un par de amigos que saben lo que pasa. Los demás, hasta los más cercanos, ni por asomo notan los efectos, ni mucho menos sabrían sus causas.

He pasado, forzosamente, fuera de nuestra tierra alguna Semana Santa, he asistido a oficios asépticos, anodinos, sin un poquito más de ceremonia que cualquier misa de domingo, que realzara  mis cenizas contritas. Y al término de los cuales he escuchado a una joven gringa, aparatosamente pizpireta, en los inevitables anuncios parroquiales, que la reunión del equipo de baseball será el día 29 a las 4 p.m. en los salones de catequesis. ¿No me creen, verdad? 

Al menos ya en aquellos años tenía la compañía de Canal Sur Radio / la radio andaluza que me hacía vivir intensamente las tan lejanas estaciones de penitencia.  Y así, rodeado de personas ajenas a nuestros sentimientos cofrades, no me quedaba más que recogerme, cerrar la puerta de mi habitación de residencia universitaria y, a solas, hacer de mi capa un hábito.

Parecía que volvería, pero no volví. Y la esperanza de llevar un paso por derecho se fue desvaneciendo, a pesar de las ilusiones y las ansias que me siguen aflorando cada primavera. Los míos, los de mi quinta, ya se van retirando. Las rodillas no son las de antes, las cervicales se quejan. Y además los almanaques, tan tajantes y tan severos doctores. Así que perdí el ser ese hombre de la foto, perdí a esa niña que besa a su padre, a ese costalero que no soy yo. Esa niña que tal vez me hubiera dado usted. Pero a usted también la perdí, aunque, a decir verdad, ya la daba por inalcanzable. Usted, tan de Sevilla, yo tan de un pueblecito lejano, tan sieso que olía a norte más que a Andalucía.  A pesar de que le aseguré, en la única carta que nos cruzamos, que me haría de su Hermandad, por devoción y para estar más vinculado a los suyos. Al menos esa fue la tímida versión escrita de aquel que un día se salió de bajo las trabajaderas, para no volver a entrar. Se quedó en promesa. Seguro que usted supo leer entre líneas. 

Y bien,  ahí les dejo, aquí me quedo, en esta mañana de frío sol luterano, que tan poco calienta, a punto de salir para el trabajo, al rumor de la ciudad gris y europea. Mientras en el metro miro con envidia, que es casi a lo máximo que puedo aspirar, las fotos y vídeos que colocan ustedes en las redes sociales, de la Semana Grande que recién pasó.    




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