Escuelas de egolatría

Los padres de esta la más idolatrada generación de niños de la Historia no se extrañan nada, al contrario, les parece lo más natural del mundo, que las actividades escolares de sus hijos incluyan, con enorme frecuencia, cosas como “llevar una foto del día en que me bauticé”, “hacer un mural con mis gustos y aficiones y mi comida favorita”, y (creo que es la rebomba), “llevar una foto del día en que nací” (¿del paritorio tal vez…?).

No se extrañan, primero por la natural “deformación profesional” paternal, que en nuestros días alcanza extremos nunca vistos. Y acaso también porque estas cosas (“Para mañana, un mural explicando cómo sois cada uno”) no difieren tanto del espíritu de los colegios a los que ellos mismos acudieron hace unos decenios. Los móviles y la superabundancia de fotos no se daban entonces, claro; pero la idea ya estaba. La idea de que el objeto de estudio no ha de ser tanto la geografía ni las matemáticas, sino “vosotros, vosotros, vosotros”. Se caía a veces en extremos de mal gusto. A veces, había que rellenar un cuestionario diciendo cuál era el compañero que mejor te caía de la clase y el que peor, y entregárselo al maestro. Creo que todos hubieran preferido la pregunta de “¿Dónde desemboca el Tajo?”. Pero la pedagogía de entonces ya consideraba que a los niños no les interesan los ríos y que hay que centrarse en ellos, ellos, ellos…

Eran inacabables las redacciones sobre “Cómo es mi casa”, “Cómo es mi familia”, “Dónde veraneo”, qué hago, qué pienso, cuántos amigos tengo, cómo soy, venga y vengan tareas sobre yo, yo, yo y yo. Y no hablo de los seis años –edad en la que se perdona algo de ñoñería con tal de hacerlos escribir algo- sino de hasta los dieciséis.

Ahora, con la invasión de la imagen, ya no hay ni que escribir. Basta con llevar fotos, fotos de ellos mismos, fotos.

Alguien dirá: “¿Y eso qué tiene de malo?”. Bueno… Lo que algunos objetamos de esas tareas podía llenar gruesos volúmenes. Digamos al menos, casi al azar, un par de cosas:

-No diré “¿para qué sirve?”, pues esta pregunta podría aplicarse a otras actividades (manualidades, excursiones…), que, sin ser de una utilidad evidentísima, tampoco parecen malignas. También hay que aprender a entretenerse. Pero el llevar fotos de sí mismo, sí misma y sí mismo, y exhibirlas y exponerlas y enseñarlas entre los compañeros, ¿qué efecto tiene? Pues… Fomentar la autocomplacencia (¿es eso algo bueno?). Yendo más allá, se presta a la vanidad, a las comparaciones (de vestidos, de ambientes, de lugares…). Unos presumirán, otros cotillearán. (“¿Qué te enseñan en el colegio? Pues el hotel de Disneylandia adonde fue Pepita”). Por comentar sólo algo, en una época obsesionada por la igualdad, no parece que esto sea un modo de fomentarla. A lo mejor, al hijo del alcohólico o del preso no le apetece que hurguen tanto en su intimidad familiar. A lo mejor, al favorecido por la fortuna no le conviene presumir tanto. A lo mejor, lo más conveniente después de todo es que se hable de dónde nace el Guadalquivir.

En las noticias continuamente se habla de los niños sin escolarizar que hay en el mundo, y qué horror, y qué barbarie. Y vengan ONGs y petición de donativos para escuelas y más escuelas en los “países en vías de  desarrollo”. Muy bien. Pero, ¿qué se va a enseñar en esas escuelas? Porque si es lo que aquí (“traed fotos de cuando érais bebés, fotos, fotos, decid cómo sois cada uno, que cada uno cuente lo que le gusta de comer”), es como para dudar de la utilidad de esos proyectos.




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