Escrito, discúlpenme, con las tripas y el corazón

Cuando la vida te golpea y se ensaña contigo no ves la luz que, dicen, siempre hay al final del túnel.

Hace ya nueve años y medio que la vida, el destino, la suerte, llámenle como quieran, se ensañó con mi familia. Nuestro deseo de ser padres de una familia numerosa se vio recompensado con un embarazo de trillizos. La alegría inicial se truncó a las veinticuatro semanas de embarazo. Algo iba muy mal. Los bebés querían salir ya. Aquello se detuvo por los médicos. Mi mujer quedó ingresada. Pero, justo cuando llegaban a las veintiocho semanas, ya no quisieron o no pudieron esperar más.

En ese momento hubo errores, varios errores, errores graves que no detallaré porque son materia clínica y, también, judicial. Pero el resultado de esos errores fue que, a las pocas horas de ingresar mis tres bebés en la UCI neonatal, dos de ellos sufrieron hemorragias cerebrales tremendas que les causaron enormes daños cerebrales.A uno de ellos en mucha mayor medida y al otro, una niña, un importante, determinante, retraso madurativo. Todo ello acompañado por el terrible, pero lógico en estos casos, agravante, de que a ambos hubo que implantarles una válvula de derivación ventrículo peritoneal, lo cual constituye un riesgo constante y para toda la vida por los problemas de infecciones u obstrucciones y que nos abocó a un sinfín de intervenciones quirúrgicas de máximo riesgo (meningitis, etc) en sus primeros años de vida.

Ya he dejado dicho en algún otro escrito que nadie sabe lo que es para una vida, tanto personal como familiar, una desgracia como esta hasta que no la sufre en sus carnes. Nadie puede ponerse en el lugar de unos padres que lo sufren día a día. Nadie. Se podría resumir en que dejas de tener vida propia, pierdes tu tiempo libre, olvidas tus aficiones (ya no hay tiempo para desarrollarlas), tampoco hay tiempo para relaciones sociales, ni siquiera para la pareja. Simplemente no hay tiempo. Dejas de dormir como antes, faltan horas del día para todo el trabajo que tienes entre las cuatro paredes de tu casa.

En nuestro caso además uno de los miembros de la pareja hubo de renunciar a su vida profesional para poder ocuparse veinticuatro horas al día de las necesidades de esos niños, que requieren continuas citas médicas, de fisioterapia, logopedia, psicólogos… En resumen, a partir de ese momento tu vida se reduce  a tus hijos y tú, padre o madre, pasas no a un segundo sino a un décimo plano, por decirlo así.

Agobiados, tristes, infelices y trastocada toda nuestra vida presente y futura en todos los órdenes, afectivo, emocional, familiar y también, claro, económico… Al menos queríamos que se hiciera justicia a nuestro sufrimiento. Que se nos compensara de alguna forma el hecho de que nuestra vida ya no fuera a ser nunca lo que una vez pensamos que iba a ser…. y recurrimos a los Tribunales  en busca ilusoria de un resarcimiento económico pero, sobre todo, moral.

Y ahí es donde llega la penúltima vuelta de tuerca de un calvario que comenzó hace nueve años y medio: una reclamación administrativa desatendida, una primera sentencia en contra y una segunda en que, ante nuestra desesperación, constatamos que el Tribunal apenas ha leído el recurso presentado y que, sorprendentemente, pasa por alto dos informes médicos periciales a favor de nuestra tesis (el nuestro de parte y, lo que es más grave y sorprendente, el del perito judicial, un perito independiente) para dar la razón al SAS y a su aseguradora.

Todo ello a sabiendas de que con esa resolución se nos veta cualquier otra opción de recurso pues (disculpen la incursión en árida materia jurídica) la ineludible remisión a casación en el Supremo es como la remisión al cubo de la basura de nuestras esperanzas, dado que la nueva regulación de ese recurso desde 2016 convierte en prácticamente imposible la admisión de un caso de disconformidad con la valoración de las pruebas, como es el nuestro, entre los supuestos que justifican un recurso de casación. Con el agravante de que, de no ser  admitido, recaería en nuestra contra una elevada condena en costas.

Y así, de un plumazo, de la noche a la mañana,  sin posibilidad de réplica, sin más, quedan enterradas nuestras esperanzas y lucha de nueve años y medio. Se abre bajo nuestros pies el suelo de la desesperanza y el hastío, la sensación de que un día de hace nueve años y medio la suerte, o lo que sea, nos dejo de lado. Ya solo queda esto: el derecho al pataleo. Eso y, unos segundos después de sacudirte el inmenso dolor que te acompaña siempre, apretar los dientes y los puños, mirar hacia el cielo, coger aire, asirte de la mano de tu mujer y tus hijos y seguir adelante.



1 Comment

  1. José Jesús Conde dice:

    Buenos días. Vaya por delante mi solidaridad con usted. No sé a quién o quiénes se habrá dirigido para que, al menos, vea esa luz al final del túnel y de la que escribe. Le doy el nombre y teléfono de una asociación radicada en Madrid, por si pudieran ayudarle. ASOCIACIÓN «EL DEFENSOR DEL PACIENTE». Tfono.- 91 465 33 22 y el nombre de una prestigiosa abogada que colabora con dicha asociación: María Jesús Villalpando. Un cordial saludo.

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