Escondidos detrás de un arcoiris

Como todo el mundo sabe, en España, hasta que llegaron éstos, nadie nunca vio ni supo nada de la existencia de homosexuales.

Nadie conoció jamás de la presencia en nuestros pueblos y ciudades de sarasas, gays o mariquitas en ningún oficio, ni asistiendo a misa, ni los escuchó cantar coplas en los patios cambiando macetas de su sitio o encalando fachadas.

Tampoco vistiendo santos, ni vendiendo pasteles, ni cogiendo aceitunas en el campo, ni detrás de un paso gritando ¡guapa!, ni los vio jamás echando un pollo a la cazuela, ni fregando suelos, rodilla en tierra, con la aljofifa, ni lavando platos o limpiando plata.

Nadie los vio jamás coser la ropa ni bordar un mantoncillo, ni contonearse al borde de una alberca, ni los vio bailar sevillanas, con las manos y los brazos como desatornillados tocando palillos, ni tampoco en carnavales con los labios repintados, ni comiendo pipas en la plaza o contando chistes subidos de tono…, a menudo sobre vergas exageradas y sobre ellos mismos.

Nada, no hagan caso a los rumores, porque nadie nunca los escuchó dar grititos de alborozo y tocar palmas en las fiestas, ni guiñarle el ojo a un mozo, ni acompañar a las mujeres en sus cosas cotidianas, ni confundidos con las chicas de su barrio saltando al elástico, ni los vio doblar la mano como quebrada cuando lanzaban una piedra o una pelota… ¿O acaso alguien vio alguna vez a un cura decididamente afeminado? ¡Nah, imposible, lo habrían excomulgado!

Claro, es que en tiempos de Franco (y antes no digamos), en el capitalismo estaban todos represaliados, perseguidos, acosados, en ‘campos de reeducación’…, mientras en los países comunistas la homosexualidad era exaltada y venerada en altares y estatuas callejeras: “Monumento a nuestros maricones”, rezaban las placas al pie de las fálicas estatuas en las rotondas y las plazas de la URSS, de Cuba, de Bulgaria, de Rumanía, de la RDA, de Albania… Y en China y en Corea del Norte no digamos.

Las columnas milicianas de Durruti y El Campesino obligaban a reservar un número mínimo de plazas para gays (ironía mode ON) a la vez que extendían cheques nominales o al portador que servían para un polvo en la casa de rabizas más cercana. A cargo del Estado.

Pero lo que digo es que en España estuvimos tan ciegos que no supimos nunca nada de la existencia de homosexuales hasta que llegó ese ejército de asesoras excéntricas y como de manicomio de Irene Montero y comenzaron a gastarse nuestra pasta en carrozas desde las que mostrarnos sus culos y sus chorras y reivindicar que el capitalismo es una mierda y que lo bueno es convertirnos al comunismo o al Islam, donde el Estado… Me parece que se están liando y acabarán a coces con el feminismo.

El caso es que ahora este colectivo de anacrónicas del Ministerio, que aboga por penetrar analmente a todos los varones, nos pretende convencer de la existencia de una lista de derechos que desconocemos por completo y a la que, presuntamente, tendrían acceso ciertos individuos por sus meros gustos sexuales.

¿Cuáles son esos derechos? Nadie sabe, pero al parecer consiste en que un niño de 9 años pueda someterse a tratamientos hormonales sin el consentimiento de sus padres.

– Papá, mamá…, creo que me siento Supermán.

– No te preocupes, hijo, ponte la capa roja y subimos mamá y yo para ayudarte a dar el salto desde la azotea.

– No sé yo, papá, si con las escayolas puestas… La semana pasada salté con el traje de Batman y aún me duele todo.

– Ponte el casco, cariño. Por si acaso.

Mucha gente a la que creo bienintencionada se ha tragado hasta el píloro ese discurso, más integrista que integrador, de la discriminación inexistente, pero lo desconocen todo sobre la North American Man/Boy Love Association (Nambla), dedicada a promover la pederastia y que, “en nombre del derecho de los menores a explorar su propia sexualidad” (sic), exige eliminar la edad mínima para mantener relaciones sexuales con adultos.

Ni siquiera saben que en Holanda, en 2006, se aprobó el primer partido cuyo único objetivo es legalizar la pedofilia y que en Canadá se legalizó hace poco la zoofilia, de modo que no puedes ir a los toros pero puedes zumbarte al gato de la vecina.

Toda esa majadería de categorizaciones sexuales que a nadie importan tiene otro objetivo: la deconstrucción de los últimos eslabones que nos unen con la Naturaleza. Si el contexto cultural y la auto percepción de la realidad es lo que importa y no la biología ni la realidad misma, nada impide que alguien pueda exigir que le consideren una nube, un caballo de carreras o una moto de gran cilindrada. Por cierto, ¿acaso las nubes han de pagar impuestos? Pues que le vayan dando a Marisú…, propongo.

Los necrófilos están de suerte y no pasará demasiado tiempo antes de que reclamen a la Administración que, en nombre de la no discriminación y de sus derechos, desean cepillarse a los bebés en una morgue y apostarse a las puertas de un colegio.

No por casualidad, Hillary Clinton tendrá que declarar en septiembre por sus presuntas implicaciones en una red de pederastia auspiciada por su jefe de Prensa, John Podestá, que tal vez se acompañaba de ritos satánicos y sangre de bebé.

Toda esa bazofia de la ideología de género, si bien lo piensas, consiste apenas en trastocar las palabras para robarles el significado y crear una ensoñación de apariencia insustancial, como la de “les tarades” y “les ciudadanes”. Así, dice la OMS que ni la homosexualidad ni la transexualidad son enfermedades. Obvio: la enfermedad no es comer demasiado o no comer, pero ambas cosas suelen ser síntomas de trastornos como la anorexia o la bulimia, además de la causa más inmediata de esos males, sea individual o colectivo.

De igual modo, si la identidad sexual que se reclama en contradicción con los marcadores bio y fisiológicos, fuese de origen genético (lo cual es mucho suponer), estaríamos ante un síndrome o conjunto de síntomas cuya etiología y consecuencias son las que podrían abordarse clínicamente desde el ámbito de la Medicina, de la Psiquiatría o de la Psicología…, si se desea. Y si no, allá cada cual con su manera de usar lo que se tiene, siempre con respeto. Pero, oigan, las matracas de reivindicación grupal se las reserven. Y los juegos de palabras, se los metan por donde les quepan.

Manipulan el lenguaje sin descanso, pero no logran mover un pelo de la realidad por más que pinten con el arcoiris hasta la Giralda.

PS: Y C’s…, tricotando los patucos.

He dicho.

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