Esbeltos y gorditos: paridad

Paridad, paridad, paridad… Continuamente se oye esta palabra como un ideal indiscutible, incluso en medios y ambientes que se dirían o hasta se dicen enemigos de la llamada ideología de género. Los políticos de derechas que se declaran enemigos de las cuotas no dejan de ser aplaudidores de la paridad conseguida sin forzarla.

No se trata sólo de cargos políticos; se pretende que en todas las profesiones haya mitad y mitad de hombres y de mujeres. Que en todas las carreras universitarias, o grados, se dé esa misma proporción. En la Formación Profesional se intenta lo mismo, con incentivos para que haya más chicas fontaneras y más chicos puericultores. Nadie discute la utilidad  de esto; se da por hecho que es algo deseable sin más.

Así las cosas, resulta casi embarazoso el preguntarse ingenuamente (“¿Seré yo tonta? ¿Estaré pensando un disparate…”) el porqué damos por tan seguro que eso sea una cosa buena.

Alguien podría pensar, allá en el fondo de su subconsciente, que hombres y mujeres, más allá de que entre unos y otras haya listos, torpes, buenos, malos, etc, en algunos campos tienen sensibilidades distintas (se habla de más facilidad entre las niñas para el lenguaje, de más facilidad o gusto masculino por la orientación espacial…), con lo cual, habiendo acceso libre para todas las carreras para unos y otras, ¿por qué no dejar que libremente cada uno siga el camino que prefiera – sin incentivar absurdamente una especialidad u otra por la única razón de la paridad de sexos?

Pero podemos ir más allá. Se va imponiendo una corriente que niega esos matices de sensibilidad diferente; que asegura que toda diferencia entre los sexos es un artificio al parecer funesto de la civilización, fácilmente eliminable (que su eliminación sea deseable también lo presentan como no discutible), y que debemos hablar de personas sin más.

Si se acepta ese punto de vista (que daría para escribir gruesos volúmenes…), la “paridad” es todavía más absurda. ¿Paridad entre qué? ¿Qué más da? Equivale a decir: pues de ahora en adelante, los empleados de este gran almacén, o los concejales de este ayuntamiento, o el personal de esta notaría deben estar constituidos por personas delgadas y por personas con sobrepeso, mitad y mitad, todo al cincuenta por ciento. O bien que haya mitad y mitad de personas con gafas y sin gafas. O mitad y mitad de personas con nariz aguileña y con nariz respingona. O mitad y mitad…la lista de posibles medidas anti discriminación sería interminable.

Y ahora salta la pimpante nueva presidenta de la Comisión Europea, recién elegida, hablando de sus proyectos estelares. Uno de ellos va a ser, ¿se sorprenden?, “la paridad absoluta entre los miembros de la Comisión”.

Siendo benévolos, habrá que reconocer que era una declaración obligada para cualquier persona en su lugar, democristiana o verde, azul o rosa. ¿Qué otra cosa va a decir? ¿Para qué están, después de todo?

“Asuntos suyos”. Así definían algunos, con la máxima economía de palabras, los temas políticos. Asuntos suyos.

Los que no estamos en la política (e incluso los políticos también) acudimos a diario a múltiples lugares; gran almacén, consulta médica, colegio de nuestros hijos, abogado, notaría, tienda de móviles, bancos, tintorería… ¿Nos fijamos acaso, contabilizamos, si en cada uno de estos lugares hay mitad de hombres y mitad de mujeres, y sufrimos si ese no es el caso?

Pero de algo tendrán que ocuparse los que entran en esa deliciosa burbuja llamada “un alto cargo político”.




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