Esa enfermedad tan española

No sé, supongo que no es enfermedad exclusiva de este trozo de mundo llamado España, pero aquí se da en grado sumo una patología que es mitad amnesia selectiva y mitad desprecio por todo lo nuestro.

Tengo para mí que, aunque se pueda dar en otros lares, es en nuestra patria donde esa dolencia alcanza cotas de difícil, casi inalcanzable, superación.

Cuando aquella ex Spice Girl (“chica especiada”, más o menos), primera dama en la Corte madrileña en los tiempos en que su bello marido peloteaba (en el buen sentido del término) en la capital del Reino, espetó, supongo que al olisquear un rico plato aderezado con dicho ingrediente culinario, que ocultaba él, a buen seguro, carísimo perfume que portaba la británica, el exabrupto famoso “España huele a ajo”, a mucha gente ni le asombró ni le ofendió (es más, rápidamente las clases dirigentes catalanas, siempre tan propensas a la fatuidad, adoptaron la ilustre cita para, supuestamente, denigrar a los que, como recientemente el impresentable Conseller Buch, con ocasión de unos terribles incendios en Tarragona,  designó como “habitantes de un país vecino”).

En cualquier caso, la cantante reciclada en aristocracia del balón y el anuncio, no hizo más que renovar una tradición tan española como la del auto insulto con base culinaria. Ya el gran Josep Pla dejó escrito aquello de “el ajo lo arrasa todo”, el mismo Pla que escribió, y esto viene a cuento de esa enfermedad de la que hablaba, «La historia romántica es una historia falsa. ¿Tendremos algún día en Cataluña una auténtica y objetiva historia?, ¿tendremos una Historia que no contenga las memeces de las historias puramente románticas que van saliendo?».

Porque el español tiene la tendencia a darle credibilidad a todo lo que desmerezca su tierra y quitársela o poner peros a todo aquello que afirme su grandeza y también a olvidar o despreciar los hechos históricos reales y sustituirlos por una historia inventada.

Y no hablo solo de tiempos lejanos, de la conquista de tierras de ultramar o de las gestas navegatorias de Magallanes o Elcano, heroicidades a las que siempre se achacan, obviando sus evidentes y preponderantes méritos, la violencia, la explotación y empobrecimiento del indígena, ignorando y restando valor a la hazaña que supuso en la historia de la humanidad tamañas empresas.

Es el caso también de la historia inventada de Cataluña, de la que hablaba Pla, una historia creada artificialmente para sostener el armazón falso de una falsa identidad catalana, que se enseña en las escuelas y que ningún Gobierno español hasta el momento ha tenido interés por desmontar, hasta llegar al punto de no retorno en que os encontramos.

Es también el caso de esos supuestos “cien años de honradez” de un partido como el socialista, que tiene una vocación destructora de España no superada por ningún otro partido, que fue máximo responsable del desastre de la primera y segunda Repúblicas y detonante máximo de la guerra civil, que anduvo buscando desde el principio porque pensaba ganarla. De los asesinatos y violaciones de miles de curas, monjas y frailes antes y durante esa guerra y, en fin, protagonista de una historia de la que, lejos de poder sacar pecho, habrían de avergonzarse y pedir perdón a diario a los españoles. Lejos de eso nadie les recuerda ese pasado y se les llama “constitucionalistas”.

Pero es que no hay que retroceder ochenta años. Basta con hacerlo al año pasado, y el mismo PSOE que dice ahora no querer pactar con separatistas ni populistas gobernó más de diez meses gracias a una moción de censura apoyada por estos merced a prebendas prometidas a cambio. Y ahora pretenden que nos creamos que no lo volverán a hacer. Es más, acaban de hacerlo en Navarra y seguramente le den el Gobierno de esta región clave a nacionalistas y proetarras. Y aún así una mayoría de votantes les aumentó su apoyo tras esos diez meses de desgobierno y seguramente se lo aumentarían aún más si se repitieran elecciones.

Pero una de las más dolorosas muestras, y que dice menos de nosotros como país, se dio hace pocas fechas cuando, casi simultáneamente a que se cumpliera el veintidós aniversario de la liberación de José Antonio Ortega Lara del zulo inmundo en que estuvo encerrado durante quinientos treinta y dos días, en la televisión pública española se entrevistaba dulce, equidistantemente, a su captor,. A esa bestia inhumana que, a pocos metros del infierno en que permanecía a oscuras su presa, disfrutaba de una bella playa vasca. Sin remordimientos, sin piedad… y desde esa televisión pública, desde las instituciones, se pretende que no ocurrió todo lo que ocurrió y que es necesario “normalizar” a los asesinos, a los secuestradores, a los maltratadores que, solo doce días después de la liberación de Ortega Lara, asesinaban a Miguel Ángel Blanco con tan solo veintinueve años.   

Son escogidas muestras de la propensión enfermiza del español a la amnesia selectiva y al desprecio de los hechos históricos. Y no tan históricos. Y es que, y siento tener que acudir al manido tópico de que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla, pese a ser una cita recurrente, no le falta verdad.

Dado el diagnóstico y sus síntomas, falta dilucidar las causas desencadenantes de esta enfermedad. Me atrevo a decir, sin demasiado temor a equivocarme, que la causa última de la dolencia no es otra que esa impostada y falsa pretendida superioridad moral de la izquierda que ha ido calando todas las capas de nuestra sociedad.Una izquierda que hace que cualquier idea enunciada adquiera un plus de legitimidad ante el ciudadano del que carece el contrincante político.

La enfermedad tiene cura, como casi todas, pero pierdan toda esperanza. Los primeros contagiados por la enfermedad son aquellos que debieran combatirla.



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