Entre mascarillas, burkas y caprichosos

Es muy aburrido tener que argumentar por qué motivo buena parte de las medidas impuestas sobre el uso de las mascarillas resultan absurdas y hasta contraproducentes. Al menos tan aburrido como tener que explicar que el uso de las mascarillas es adecuado y muy recomendable para combatir la expansión del virus.

En países como China no hace falta norma alguna, pues basta con que un guardia de la porra te diga que te la coloques en su sitio para que la gente lo haga sin rechistar, pero se ve que los problemas de la democracia actúan contra sí misma y un Estado de Derecho precisa apoyarse en alguna normativa que elimine espacio a la arbitrariedad.

Para conseguir ese objetivo, se dicta una norma con algún rango jurídico que, en su afán de abarcar una casuística casi infinita, generaliza por elevación y entonces también incurre en la arbitrariedad o en el absurdo, sólo que ahora con valor legal. O sea, un enredo monumental que chirría y que las democracias resuelven malamente y siempre le patina el embrague.

Los musulmanes y otros pueblos de exóticas costumbres nos han planteado muchas veces situaciones similares, muy simples, pero de difícil solución. Piénsese, por ejemplo, ahora que se exigirá acudir a clase con mascarilla, cómo van a compatibilizar en Francia la norma que prohibió lucir el burka u otra prenda que cubriese el rostro.

Las democracias occidentales creyeron haber descubierto el océano con aquello del imperio de la Ley, pero basta no ya un choque de civilizaciones, sino abrir la puerta cuando llaman al timbre, para descubrir que la integración, sin más, es muy difícil si quien llama no se quiere adaptar y que ciertas comunidades son capaces de trabar una inmensa maquinaria de acero, como pareciera ser la arquitectura jurídica de una democracia, con apenas colocar un estúpido chicle o un grano de arena en un engranaje sensible del conglomerado.

En Albacete el otro día, tropecientos africanos con una alta tasa de contagiados fueron sometidos a la prueba PCR y confinados hasta precisar la cadena de infección. Pero entonces se saltan el confinamiento y arman la marimorena sin que las autoridades sepan cómo deben actuar por mucha argamasa legal que hayan elaborado todas las administraciones en cadena.

El resultado de esta clase de situaciones suele ser que los que sufren las multas y persecuciones son los cumplidores, mientras los ‘okupas’ y los salteadores se van de rositas o se limpian los pies con el derecho a la propiedad privada consagrado en la Constitución. Entran por una puerta y salen por la otra, da lo mismo si son acusados de violación que de robarte el móvil o de meterse con alevosía en tu propiedad.

Cuando las leyes sirven de protección a quien las incumple, entonces la gente no tiene dudas de que la ley es una merienda de ‘negros’ o un ejercicio de tiro al ‘blanco’…, para que nadie se sienta desrracializado lo digo.

Pero basta ver a Junqueras, a los jordis y demás golpistas saliendo de la cárcel para que el pueblo se haga una perfecta idea de que el imperio de la ley es también el imperio de una arbitrariedad amoldada al cuerpo de los que nos gobiernan, así que nadie se extrañe demasiado de que la gente fragüe un espíritu de rebelión bajo la piel y que aproveche todo lo posible para saltarse las normas cuando estima que son un puñetero cachondeo.

Que Cristina Cifuentes se viera obligada a dimitir por robar dos cremas de un supermercado y que Sánchez no dimita después de haber mentido lo indecible y haber arruinado a España es algo tan carente de lógica que sólo puede pertenecer al capricho de las tormentas solares.

Que a un fulano que baja a la playa sin mascarilla le casquen cien pavos de multa, pero a Fernando Simón, que se recorre España y Portugal después de recomendarnos no hacer viajes estrictamente necesarios y después de haber jurado hasta en lengua kirundi que las mascarillas no sirven para nada, se vaya de rositas, es una ocasión casi inmejorable para una revuelta popular en toda regla o para asaltar la Bastilla. Hasta el Marqués de Esquilache comprendería que se trata de un agravio histórico.

Y no es que este caballero no se merezca echar un día en la playa de descanso, porque le debe doler la lengua de pronunciar tanto embuste y tanta teoría inventada a bote pronto durante meses frente al plasma y de poner la jeta para que se la partan, pero bien podría haberse ido a las Maldivas, donde, con un poco de suerte, le hubiera pillado un confinamiento largo y severo y lo perderíamos de vista por una larga temporada, que es lo que nos merecemos los españoles por soportar su miserable actitud de rockero quinceañero con mascarilla de tiburones o de Pepa Pig.

Ayer mismo, el controvertido filósofo francés, Bernard-Henry Levi, en una entrevista que les recomiendo, se admiraba de que en España algunos (o muchos) consideren a Simón como un dios, lo cual es todo lo contrario de la Ciencia y subrayaba que en Nigeria, por ejemplo, había muerto más gente asesinada por no cumplir el confinamiento decretado que por la epidemia, o que en Yemen las fuerzas combatientes habían decretado un alto el fuego por el covid19 cuando morían más a zambombazos que de la enfermedad y en Bangla Desh, donde mueren de dengue, cólera o tifus, se hubiesen encerrado en casa por el coronavirus. Todo absurdo.

Sólo déjenme decirles algo: Sánchez e Iglesias merecen cuanto antes la escombrera de la Historia, no sólo por la gestión de la epidemia, sino por su arrogancia, su arbitrariedad, sus mentiras y la ruina que nos han buscado.

He dicho.




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