Ensañarse con el vencido

El maravilloso cuadro de “Las Lanzas” da color al sentido de la cortesía con el vencido; al mismo que ayer, por razón de Estado, intentaba uno atravesar las tripas, pues hoy, aceptando su rendición, al menos le recibimos como haciéndole una reverencia, con la mayor cortesía. ¿Hipócrita? Pues no. Lo veo excelente, un poco de caballerosidad en el campo de batalla que es la vida.

No se practica mucho esto hoy. Y ni siquiera ya en guerras donde dos adversarios se enfrentan, dan batalla, pensamos que de manera inevitable, tras haber agotado otras vías. Sino en acciones de violencia unilateral, ejercida por el fuerte hacia el indefenso; una vez perpetrado el daño, encima hay que ridiculizar al ofendido, obligarle a creer que todo ha sido por su bien, y dejarlo como tonto e ignorante…

Un poco fuerte el símil bélico, sí, si vamos a referirnos a cuestiones urbanísticas (aunque esto del ensañamiento con el oprimido se practica hoy también en áreas de vida y muerte, en las que la referencia a la guerra no es desproporcionada). Pues pidiendo disculpas si el símil lacera, el caso es que la calle, la plaza, tan imprescindible para el alma española (durante siglos y siglos, la inmensa mayoría de las viviendas particulares eran verdaderos tugurios infectos.. pero La Plaza del Pueblo tenía que ser hermosa)… la calle y la plaza son cosas íntimas que hay que cuidar. La mejora de las viviendas ha aumentado nuestro confort corpóreo (a veces de manera casi excesiva… infinidad de personas remodelan de manera íntegra sus cuartos de baño cada poquísimo tiempo, cosa no comentada por los ecologistas), pero la plaza y la esquina y la fuente y la torre de la iglesia alimentan el alma

Resumiendo: que no es cuestión menor el cómo se mantiene o se remodela incesantemente el paisaje urbano. No es asunto de puristas estéticos ni de pedantes ni de “gente que no tiene otros problemas” (descripción despectiva que demasiado a menudo se hace al referirse a personas que se inquietan por cosas distintas a su comida o su sueldo o su salud… es decir, su inmediato y básico bienestar corpóreo, como si sólo eso, lo animal, nos debiera ocupar). Que al habitante medio de una ciudad histórica le cambien y remodelen continuamente los enclaves principales del paisaje urbano, al punto de que si echa la vista atrás diez años casi recuerda una ciudad enteramente distinta (y no por la natural evolución de costumbres, tiendas y negocios, medios de transporte, crecimiento de barrios nuevos… no, sino por diseño impuesto veloz y radicalmente desde arriba en el casco antiguo) pues eso… daña el sentido de la integración… de la identidad… difícil explicarlo pero eso antropológicamente es perjudicial.

Pero el ciudadano medio no tiene más remedio que adaptarse y tomarle el gusto a la nueva imagen de cada plaza y cada entorno, ¡qué le vamos a hacer! Y aquí llega lo del ensañamiento.

Ahora aparecen artículos y declaraciones de que “hay que estar obcecado para no ver que la plaza de la Magdalena está muchísimo mejor” y “parece mentira que alguien prefiera cómo estaba antes la plaza…” Cornudo y apaleado. Típico de nuestro tiempo: no basta con oprimir nuestras personas, con apalearnos con impuestos y restricciones mil; hay que censurar nuestras mentes. No basta el que te priven de identidad, de sentimiento de pertenencia a una localidad, algo tan crucial en el ser humano. Tienen que hacer que te convenzas de que esa opresión está muy bien, si piensas lo contrario eres tonto.

Señores: después de un larguísimo período de obras, cierre, ruido, polvo entrando en los ojos al pasar… se ve algo despejado y limpito, pues ¡claro que está mejor que antes! ¿Eso quién lo va a discutir? Pasó lo mismo con la Encarnación, la Plaza Nueva, la Avenida. Tras el interminable período de desagradables obras, el ver por fin un espacio despejado y recién hecho pues siempre resulta “mejor” que lo inmediatamente anterior, es decir, la obra. Juegan con trampa.

Pero aparte, el único elemento de clara mejora en la plaza de la Magdalena es la eliminación del gigantesco e inútil kiosco, el kiosco de no-prensa que para colmo llevaba años cerrado y que destrozaba el campo visual viniendo de la calle san Eloy. Durante años algunos ciudadanos suplicaron sin éxito al Ayuntamiento que retirara ese armatoste. No lo hizo. Por lo visto había que esperar a esta reforma faraónica y destructora de todo atisbo de personalidad (está “agradable”, bueno, sí. ¿Quién niega que un espacio liso, limpito, despejado, sea “agradable” tras meses y meses de polvo y sudor?) para apartar unos metros el kiosco y devolver la perspectiva que permitiera ver la fuente.

Y claro, el otro gran cambio, que por lo visto beneficia tanto a la plaza, es la eliminación de los simpáticos, utilísimos autobuses. Las señoras mayores más bien humildes cargando bolsas de vuelta a Triana, eso estropea mucho la urbanística “cool”.




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