Enfadados por San Valentín

Diríase que este es un tema tan banal que no merece la pena opinar sobre él, no en una publicación mínimamente “seria”. Y sin embargo, la cantidad de enemigos y de hostilidad que la fiesta de San Valentín provoca le confieren un rango de asunto polémico y por tanto una entidad propia.

En estas fechas se da el caso de que un amigo o familiar pregunta a un hombre, de manera sincera o sardónica que “qué le va a regalar a su novia” (a veces es la propia novia,  joven e ilusionada, la que insinúa el tema). Y son muchos los que, con extraña irascibilidad, proclaman su desprecio a esa fecha exclamando: “¡Yo estoy enamorado todo el año!”.

Pues al que afirma que no señala esa fecha porque le parece estúpido porque él “está enamorado siempre”, a ese hombre, los ya no tan jóvenes, y algo más avezados en ciertas cosas, nos atreveríamos a contra-replicarle: “¿No será que no lo estás nunca?”.

El que está verdaderamente enamorado se distingue porque no le importa hacer el ridículo, no teme que lo llamen cursi. La fiesta es tonta, es artificial, es importada, sí, ¿y qué? ¿No lo es también el Día del Padre, el Día de la Madre, y los mismos que con tanto desprecio critican la “cursilería” del 14 de febrero, esos mismos se extasían ante el corazoncito con “Papá, te quiero” que les trae su niño? Y ese regalito es más forzado aún, pues le obligan a prepararlo en el colegio. Ah, pero a los niños en general sí que se les quiere de verdad, entonces a la cursilería y la artificialidad no se les objeta.

El enamorado de veras no pone objeciones a ninguna ocasión de demostrar su bendita locura, y si ha de ser de manera “kitsch” y hasta, digámoslo, “hortera”, pues mejor, ya que así queda claro lo suyo es de veras y que ante nada se arredra – ni menos porque se ría nadie.

El argumento más repetido contra la celebración de San Valentín es que “es algo comercial”. ¡Comercial! ¿Hay algo que no lo sea? Todo es consumo. Y si pensamos por ejemplo en la publicidad, a muchos esa que nos incita al derroche apelando a la ilusión a y a un cierto alegre infantilismo (en su mejor sentido) pues nos resulta más simpática que la que apela a nuestra tacañería (como el bombardeo de anuncios de compañías de seguros repitiendo mil veces que “Pagarás menos”).

Finalmente, se trata de cosas triviales; y a eso me refiero, no hay que darle importancia ni a ceder a un capricho frívolo ni a dejarlo de hacer.

Que algo no nos guste, bien está. Pero no pretendamos ser demasiado originales. Al final, todos tenemos smartphones, todos vamos al supermercado, todos hacemos tantísimas cosas igual que otros millones de semejantes. Si queremos distinguirnos, que sea por algo más noble (cada uno tiene sus cualidades, sus gustos, su manera de conversar… y su alma). Pero no pongamos nuestra valía en afirmar que “no consumimos productos comerciales”, pues sería absurdo. No es más tonto el que regala unas flores un 14 de febrero; ni es más inteligente, noble o estimable el que lo deja de hacer.

Recuerdo a un profesor comentando, en plena clase, que en Nochevieja él siempre “se acostaba a las diez de la noche”. El hecho en sí carecía de interés para nadie. Pero el orador lo exponía de manera solemne, como esperando nuestra admiración y aplauso; como si eso lo hiciera más excelso que el que mantiene la inocente costumbre de tomarse, una a una, sus doce uvitas…

Pues siga cada uno sus gustos y costumbres; pero no nos despreciemos unos a otros por tan poca cosa.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *