(A la hermandad del Amor en su 400 aniversario)

No sé si ya conocen esa sensación tan indescriptible pero llena de metáforas para explicarla que es la del amor. La pregunta puede parecer evidente, pero no crea.

Yo me enamoré por primera vez un Domingo de Ramos. ¿Habrá fechas en el calendario? Pues como para olvidarlo. Una de esas jornadas esplendorosas de primavera donde se conjuran todos los elementos posibles para creer en la magia de ese día. Sí, magia. ¿O me va a decir lo contrario?


A mi memoria, como si ocurriese ayer mismo, vienen las evocaciones de los olores, de los sonidos, de las emociones que concurren en ese primer día donde la pasión es algo más que una palabra, más que una forma de vivir momentos con efusión y este que escribe, reitero, cayó enamorado. Era muy joven, pero ya sentía algo; algo que, como he dicho, solo es capaz de expresarse a través de alegorías. Era algo tan infantil pero a la vez tan profundo, que no llegaba a comprender aún la inmensidad de su significado.

Me enamoré a corazón ciego, y eran sus latidos la banda sonora de esta película con melodías de tambores y cornetas que hoy se me antojan lejanas, casi olvidadas muchas de ellas, guardadas en esa estantería interior donde se acumula el polvo sobre los recuerdos.

Me enamoré entre palmas y olivos en una Judea a la andaluza rodeado de niños que solo sabían eso, que era Domingo de Ramos; y estoy convencido que muchos de ellos, como yo, también se estaban enamorando. Y olía a nardos, a clavel recién cortado, a azucenas… Y aquel sol, y aquella brisa fresca que asomaba de cuando en cuando y repartía por igual olor a flor y a incienso de no sé cuántos incensarios que tenían mis ojos por sus humos velados, lograban que pareciese que ese momento estuviese bordado con esa fina aguja que hila aquí y acullá oro y seda en los mantos.

Amor de juventud, ese divino hallazgo que parece incombustible y, a fuer de los años, cada vez estoy más convencido de que esa llama no se apaga, sino que se va transformado; y lo que antes era entusiasmo exteriorizado ahora, con las canas aplacándome, va cobrando sentido aquella profundidad de antaño.

Ahora comprendo la imposible sensación de ese Domingo de Ramos cuando veo en los chiquillos, revestidos de blanco, sus ojos ilusionados. Ahora que he cambiado la luz de la infancia por la noche de la madurez, y he dejado la alegría de la palma para agarrarme a la cruz de la penitencia. Ahora que mi rostro está cubierto del ruán y mis ojos ven la vida con paciencia, es cuando he hallado el motivo de este estar enamorado. Porque este Amor del que hablo no es como aquel del que uno puede quedar harto; este no tiene fecha para decirse caducado. Este Amor del que hablo es el Socorro de mi espíritu cuando está desahuciado.

Este Amor del que hablo no es de esos vacíos, pobres, falsos. Porque se escribe en mayúsculas este Amor del que hablo.

Por si usted no ha encontrado aún al Amor, y todavía lo anda buscando, yo le indico: en el Salvador le está esperando.