Encomio de la talega

BOCA PRESTADA

Vaya por delante que a este que les escribe el ecologismo le importa tres carajos. No se si me explico o me estoy enredando en metáforas y circunloquios que puedan inducir a la duda. Además, suele suceder con todo aquello que conlleva el sufijo ‘ismo’ que termina desvirtualizado de sus valores por mor del consiguiente sectarismo, valga la redundancia. El caso es que, si me fascina todo lo femenino, detesto el feminismo y si siento debilidad por los animales, aborrezco del animalismo; así todo. Como a muchos de ustedes me ha tocado vivir esa edad, a caballo entre dos tiempos, que permite una comparación bastante objetiva de la actualidad. Digo todo esto porque vivo horrorizado por la cantidad de basura que merodea a mi alrededor, circunstancia de la que no solo doy fe por la observación de calles, campos y playas. También me resulta escandalosa la cuantía de residuos que genera mi propia familia, asunto del que tomo conciencia en el momento de deshacerme de ellos, es decir, a la prosaica hora de tirar la basura. Ya vamos en casa por dos bolsas de tamaño familiar y es absolutamente imposible que, si el resto de la humanidad anda por la misma suma detrítica, no terminemos en unos años nadando en nuestra propia miseria. Los expertos de la causa ecologista hablan del reciclaje como si el daño no estuviera hecho ya desde el mismo instante en que el carro de la compra pasa a ser de nuestra propiedad previo pago de su importe. Estamos en la edad del plástico, todo ha de venirnos profilácticamente envasado en una especie de furor exacerbado por lo higiénico. Desde el jamón cocido hasta el curado; la carne o el embutido, todo viene servido en aras de la comodidad en unas cápsulas termoselladas que en ocasionas ocupan mas que el contenido en sí. Es el vicio del vacío. Todo es mejor si viene al vacío. Y loncheado. Uno, que busca cualquier excusa o causa para esa rebeldía menor que es la extravagancia, hace tiempo que volvió a ponerse en las manos con cota de malla del charcutero y disfruta desde entonces del corte a medida del género que no es otra cosa que despachar. Porque no solamente el grosor y la cantidad es la que precisamos o se nos antoja, sino que el envase viene ser el de toda la vida: un paquete de pliego encerado y debidamente plegado por sus bordes,  fácilmente degenerable en su infierno correspondiente. Los expertos que cacarean acerca del reciclamiento desconocen las ventajas del papel, tanto en formato de cartucho de estraza como en el de lámina a modo de plato desechable para el tentempié sin necesidad de usar esos espantosos platillos de plástico blanco. Si alguien supo de auténtico reciclaje esas fueron nuestras abuelas y madres que reunían vajillas de vasos de Duralex con los recipientes de la crema de chocolate con avellanas. Era esa otra edad, la del vidrio, material aprovechable donde lo haya que fácilmente puede volver a su silícea condición de arena coloreada a base de golpes. Latas, botellas, cajas, tarros; cacharros que siempre pueden tener otra utilidad que no sea la de terminar flotando en el mar como las gelatinosas medusas plásticas que son esas odiosas bolsas de consumo. Y es que para eso siempre existió ese otro morral de tela, normalmente procedente de sábanas o ropa desusada, con cinta o cordel pespunteada para su cierre, que es la amorosa y maternal talega. Envase fácil de guardar y transportar al que un simple lavado vuelve a poner a disposición del usuario y donde el pan y sus derivados nunca alteran la esponjosidad natural del horneado bien. Hasta admite la personalización mediante el bordado y, colgando discretamente del picaporte de una puerta, no ocupa sitio ni lugar. Si alguna vez tienen la curiosidad de destripar -cual pordiosera cesárea- una bolsa de basura verán que casi todo lo que hay en ella son recipientes de cualquier material menos de papel, tela, cristal o cartón. No quiero decir con todo esto que cualquier tiempo pasado fuera mejor pero mas limpio,al menos, sí que lo fue.


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