En medio de tanta gente

Un polideportivo con varios campos de fútbol en un barrio de mi ciudad. Invierno y con la tarde ya vencida los focos encendidos caldean el ambiente. Algún grajo anda volando bajo por lo que mis sensaciones son ciertas: hace frío. Como se pueden imaginar iba a asistir al partido de mi hijo adolescente. Llegué con mucho tiempo de antelación perfectamente preparado para no integrarme en el ambiente reinante. Estoy cada día más acostumbrado a ello.

Me motivaba animar desde la grada a mi hijo, como buen padre de anuncio de tarjeta de crédito, cuando el partido comenzara. Pero antes y después pensaba abstraerme leyendo mi libro. También llevaba cascos, por supuesto, para mayor inmersión en “como-se-llame-eso”.

Es el uniforme de estos tiempos; no es que me guste, pero es lo que me tropiezo en transporte público o caminando: las gentes ensimismadas en sus cosas, casi siempre en realidades lejanas que nada tienen que ver con el momento (aquí y ahora). Aislados de aquí, para estar allá, donde tampoco estamos. 

Volviendo al partido, me costó encontrar un sitio en las gradas porque en el previo al de mi chaval se había congregado un gran gentío. 

Les confieso que cuanta más gente más agobio y más ganas de ser transparente y poner más distancia social, aunque no sea posible. Pero la verdad es que ante la algarabía, las pasiones paternas, los diferentes acentos de este español nuestro, otros tonos de piel, alguna expresión soez que desconocía hasta esa fecha, un chaval que cayó rodando la grada y entre varios lo frenaron… sentí que aquello desprendía una energía que agradecí para aquella tarde concreta. Una energía que se iba a perder si no se aprovechaba y no están los tiempos para desperdiciar nada. 

Alguno que estaba sufriendo mucho por el empate, que podía deshacerse de un lado u otro en cualquier momento decía constantemente a media voz que le gustaba la fruta… Imagino a quién le quería comunicar ese gusto, pero no pasó de ahí la cosa. 

Un grupo de personas, algo así como dos familias extensas al completo que animaban a un equipo y particularmente a uno de los jugadores, aprovechaban para desplegar merienda y comer empanadillas, patatas fritas y alguna otra cosa que no sabría identificar. 

No les importó que yo estuviera allí tan “seta” y sin saludo previo uno de ellos me comentó que: “el 9 es mi sobrino, casi marca hoy; estamos muy nerviosos” y me ofreció si quería tomar algo del “buffet” festivo que tenían preparado. Mi primera reacción fue la del “no, gracias” tan excluyente, pero una voz interior velozmente me hizo ver que sería un gilipollas si manifestaba esa actitud algo altiva, por lo que dije que muchas gracias”, picoteé algo y eso dio pie a que me siguieran “contando lo suyo” y yo les “conté lo mío”. Al carajo con el libro y con los cascos para escuchar música. Fue como media hora de familiaridad, me alegré de los logros de “su” chaval, acabó el partido, desearon suerte al mío y se marcharon dejándome un calorcillo por dentro que duró un buen rato.  

Tuve sensaciones ya perdidas, de mucho tiempo atrás, de cómo nos tratábamos las familias en circunstancias parecidas. Ahora todo es más aséptico; cada uno en su corralito. 

Nos aislamos y nos vamos metiendo más y más en un mundo tan higiénico… Se pierde el roce áspero de la página del libro por otras formas de leer; el tacto y el crujido del sonido del vinilo; no gusta escuchar el roce de las cuerdas de la guitarra; tampoco se llama a la puerta ni al telefonillo de nadie: “baja y nos vemos”. Hay que quedar y “cuadrar agendas”. Nos perdemos la vida.

Parece el signo de los tiempos: cada vez somos más en el mundo, cada vez más apretados por las calles de las ciudades, pero a la vez cada vez más blindados hacia los demás. 

Cantaba Hilario Camacho allá por 1997 “qué solo estás en medio de tanta gente”.




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