En lo alto de la ciudad

La catedral de Milán tendía a ser desdeñada por los profesores de Historia del Arte por su tardía fecha de terminación, entendiendo que debía considerarse más neogótica que gótica (“¡Es demasiado artificial! ¡Cuando veáis algo tan “perfecto”, pensad que seguramente no es auténtico!”, advertían, alguno de ellos casi con indignación, señalando los múltiples elementos decorativos del siglo XX). Ciertamente, y siendo purista, no es un reflejo de lo que un milanés vería en la Edad Media. Pero acaso es algo más: es lo que, generación tras generación, pensaron que debía ser. 

Trae a la memoria edificios como el Parlamento inglés, y el de Budapest. La pregunta de si “¿son neogóticos, en qué época se construyeron, se consideran auténticos?” acaba perdiendo importancia. El hecho es que dieron en el clavo, edificaron lo que procedía, lo que el lugar estaba pidiendo, de modo que ya parecen haber estado ahí desde el principio de los tiempos.

No fue hasta alrededor de 1770 cuando se colocó, en el punto más alto de la catedral de Milán, la estatua dorada de la Virgen, la Madonnina, para que fuera ella la que estuviera en lo más alto de la ciudad. Nadie le discutió ese puesto, pero, por si acaso, en la década de 1930 se prohibió por ley el edificar nada por encima de la Madonnina (108 metros de altura).

“Se prohibió por ley”… Parece que esas cosas son el principio del fin. Se respeta más lo que prevalece, no a golpe de ley, sino porque está vigente en la sociedad, en el corazón de las personas. 

En fin, poco después de “prohibirse por ley”, empezaron a surgir edificios más altos. ¿Qué hicieron?, pues colocar encima de cada uno una copia de la misma estatua de la Virgen. Ya hay cuatro, cada una izada más alta que la anterior. El arzobispo bendice la imagen y se coloca solemnemente, y de este modo, pues sí, se mantiene que la Madonnina es la que preside, indiscutiblemente, la ciudad.

Hay quien considera que esto es poco serio, casi una burla. Otros más bien, sufridos habitantes de Sevilla, lo envidiamos un poco. Será “poco serio”, será un ejemplo más de “quien hizo la ley hizo la trampa”, pero al menos, y aun cuando sea haciendo trampa, pues hay un vestigio de respeto y de fidelidad. Mientras más lo pensamos, más nos parece hermoso, aunque sea con picaresca, el ejemplo de Milán.

En fin, la sugerencia que cae por su propio peso es, ¿por qué no se coloca un Giraldillo en la cumbre del mastodonte que desde hace años oprime la ciudad?

Y, por su mismo propio peso se cae lo disparatado de la sugerencia… Es inviable hacer humano lo inhumano, intentar redimir lo que fue hecho para imponer por la fuerza la fealdad. Sería un sacrilegio más que otra cosa.

Las mejores cosas de nuestras vidas, y las peores, no pueden medirse numéricamente, y bien está que así sea (por más que muchos se empeñen en ello y continuamente publiquen absurdas estadísticas sobre “índices de felicidad” y demás). Pero si pudiera medirse en números el descenso de “calidad de vida” en la personas más sensibles desde que el mastodonte es paso obligado para acceder a la ciudad… 

Estudiando el mundo fascinante de la Grecia antigua, con sus ciudades, las múltiples colonias, su continuo mirar a las islas, se ponen de manifiesto cosas que por obvias hemos olvidado. ¡Cómo condiciona la vida el panorama visual!, ¿cómo va a ser lo mismo afrontar la existencia mirando una pared gris que teniendo ante sí un horizonte infinito, nítido, hermoso, prometedor?

¿Cómo va a ser igual, para el que llega cada día desde el Aljarafe, empezar la jornada con la silueta de Sevilla en la distancia, agrandándose armoniosamente hasta entrar en ella, con ese pequeño regalo de coherencia y de gracia en su retina, que hacerlo bajo el castigo visual que le subraya, al ciudadano controlado del siglo XXI, su terrible esclavitud? 

Podrá parecer estéril el quejarse de lo que ya no tiene remedio. (Aparte de impopular, pues estas construcciones cambian el sentido de la estética de la población, y seguramente hasta su carácter). Pero la historia está hecha de la memoria; en algún sitio debe constar, antes de que se eche al olvido, lo que significaba entrar en Sevilla viniendo de Córdoba, o desde el Aljarafe, en fin, la belleza de acceder a la ciudad por el otro lado del río.




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