En España habrá que entrar en burro y con boina

Posiblemente ha llegado la hora de intentar por última vez un pacto con Pedro Sánchez. Algo así del tipo: si echas del gobierno a la jauría podemita y te largas dentro de un año, los españoles prometemos no llevarte a los tribunales por las fechorías e insensateces cometidas.

Yo estaría dispuesto a ceder parecido privilegio a Ábalos, a Marlaska (siempre que renuncie a volver a su puesto en la Audiencia Nacional) y a regalarle a Carmen Calvo un chaletazo en los alrededores de Pyongyang, lo más cerca posible del mar.

Sí, ya sé que sería un brindis al sol, pero es que no se me ocurre otra para librarnos de esta mugre que nos llega ya a la altura de la nuez de Begoña.

Un año, además, me parece un plazo razonable para que se libre del gusanillo de abusar del Falcon y, con la pensión que le quede de por vida, le dará para presumir y hacer el payaso, como ZP, en republiquetas innombrables del estilo de Venezuela o de Corea del Norte.

Podríamos, incluso, hacer de tripas corazón y concederle un puesto destacado como embajador plenipotenciario de España en la República de San Marino o en las Islas Feroe. O en Aruba, Bonaire y Curaçao.

No creo que el honroso Cuerpo Diplomático nos hiciese el feo ni se nos enfade demasiado por aceptar con parsimonia semejante afrenta. Al fin y al cabo, todos debemos estar dispuestos a un pequeño sacrificio. Sea por el bien de España y de los españoles.

No tengo para nada claro que aceptara, lo sé. Más bien es bastante improbable que lo hiciera, pero no por ello hay que dejar de intentarlo, aunque nos cueste un congo y parte del otro, el Brazzaville, que apuesto que Begoña no sabría situar en un mapa ciego.

Si ustedes tienen o se les ocurre una idea mejor, no duden en comunicármela enseguida para hacerle llegar la propuesta por escrito.

La que sea y cuanto antes, pues urge, y desde la sanidad a la educación, desde las ayudas europeas a la inmigración y desde la Monarquía a nuestra salud mental, todo está clamando una reparación inmediata antes de que el Titanic de la ex octava economía del mundo colapse y se sumerja en una sima irrecuperable a la que habrá que acceder en burro y con boina, como en tiempos de Gerald Brenan, y visitar la calle Serrano será como emprender el viaje a Las Hurdes de Unamuno acompañándose de hispanistas galos y del Tío Ignacio.

Yo es que veo a Ábalos y me lo imagino sentado en un poyo de piedra en Mogarraz o en La Alberca, con la boina retranqueada y un cigarro sin filtro en la comisura de los labios mientras contempla, indecoroso y en silencio, el contoneo de las derrières de la maestra camino de la escuela. Una estampa miliciana.

Pasado ese plazo, exigiría a lo que quede del PSOE firmar un compromiso en el que reconozcan de una puñetera vez que la guerra la perdimos todos y que pelearse con el pasado es una cosa de imbéciles e imbécilas que conduce a la melancolía y que permite que en Europa te tomen por el tonto de la gabardina.

Comprenderán que en este punto la oferta que propongo no es mala ni rencorosa. Considero generoso pasar por alto y de puntillas el papelón cobardemente ignominioso que protagonizaron algunos de los suyos en el desencadenamiento y en las consecuencias de aquella masacre a la que condujeron al pueblo español por su obcecación sectaria y sumisa a la moda stalinista.

Si desean añadir alguna transaccional, considero que podría estudiarse, pero yo estaría dispuesto, incluso, a regalarle una suscripción perenne y gratuita al Vanity Fair a todos los militantes de carnet en la boca, donde cada semana pugnen por publicitarse con sus fotos la Calvo, la Celáa, la Marisú e Irene y puedan proclamar allí todas las sandeces que se les ocurran, con posados muy vistosos para las groupies de los barrios confinados mientras dure la pandemia.

Pero digo que es urgente.

He dicho.




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