En el Día del Patrón de Sales

San Francisco de Sales, Santo patrón de periodistas, escritores y publicistas…, al que estuvieron cerca de sustituir un día por San Marshall McLuhan y, lo que es peor, lo arrinconarán para poner a los santos titulares San Mark Zuckerberg y San Jack Dorsey, asistidos por el beato Jeff Bezos, verdugos miserables los tres últimos de la libertad de expresión.

Voy a cumplir 40 años en una profesión que ya casi no existe… Será el próximo mes de julio y recuerdo que el primer encargo recibido como aprendiz consistió en escribir la crónica de una noche en las Urgencias del Hospital Virgen Macarena de Sevilla que me encargó el querido compañero José Luis Bonilla para El Correo de Andalucía.

Me abrasaba la responsabilidad, así que quise hacer un retrato fidedigno y me pasé la noche sin dormir tomando notas de las incidencias, la actitud del personal, el flujo, las anécdotas y el comportamiento general de aquella rutina cada día diferente que era todo un universo.

El decano de la Prensa local no era entonces un periódico cualquiera, sino el Liceo de Aristóteles o la Academia de Platón (o La Masía del Barça, no estoy muy seguro), porque allí se concentraba un planetario de jóvenes talentosos que abarcaba desde Ignacio Camacho y Álvaro Ybarra a Francisco Rosell, Paco Correal, Paco Pérez Gandul y una larga relación de profesionales en ciernes y de grandes compañeros, sobrevolados todos por el intuitivo e ingenioso Pepe Guzmán, un Sócrates delirante que trasminaba, sin pretenderlo, casi todo lo que era necesario aprender para ejercer en este oficio.

Tenías la certeza firme e inmediata de que si compartías aquel espacio con Guzmán, y con el resto, aprenderías el oficio por ósmosis, igual que sabes que si depositas medio kilo de calentitos en un papel, éste acabará con lamparones de grasa.

Un murciano, Ramón Gómez Carrión, dirigía la maquinaria que había legado el cura Javierre y un socarrón Juan Holgado ejercía de comendador en el marasmo peripatético que era la Redacción compartida de un diario de la mañana y otro de la tarde (“Nueva Andalucía”, dirigido por Javier Smith) separada de las rotativas apenas por una inmensa cristalera y ambas entre sí por una cabina de teletipos que tecleaba día y noche con un ruido ensordecedor las noticias que llegaban por cable desde cualquier lugar del mundo.

En este oficio siempre me dejé llevar por el afán de aprender algo nuevo, así que de allí pasé a ponerle letra a la música que interpretaba un loco, a la gloriosa Redacción de un ABC pletórico, a construirle al líder de la fosforera española el pegamento necesario para sus tramas de TV o a recorrerme medio mundo allá donde avistaba el humo de odios y rencores inimaginables entre seres humanos, a menudo no clasificados en las estanterías de ninguna biblioteca.

40 años de descubrimientos cercanos y lejanos, siempre sorprendido, siempre sorprendentes, me conceden algún derecho a reflexionar sobre una profesión que algunos dicen que ha cambiado, aunque los periódicos como tales ya no existen, porque apenas pueden tabular y ordenar los contenidos y cada noticia que paren es arrojada como un barco de papel a un flujo, a una corriente, a un tropel de mensajes más o menos inconexos en ese marasmo que son las redes sociales.

Pero una red social no es un periódico infinito, sino una sucesión enmarañada de ruidos cruzados, un océano. Y es imposible calmar la sed con agua salada.

Un periódico es (o era) un artefacto que ordenaba el mundo cada día, un ropaje que lo hacía comprensible. Sobreviven periodistas, que chapotean porque no nos queda otro remedio, pero no sé si sobrevive el periodismo, porque lo que vemos en las redes es una tormenta deshilachada que dilapida los discursos en un caudal de lava inconexo y sólo comprensible para los muy entrenados.

Aquellos periódicos que trataban de totalizar y dar sentido a la realidad cotidiana son apenas una cesta desconectada del conjunto donde florecen en el mismo rango las noticias con toda clase de ocurrencias y disparates.

La mentira ya no le preocupa a casi nadie salvo a quienes aspiran a establecerla como única verdad. Lo que les importa a esos nuevos canales de transmisión es establecer una única sentencia al servicio de alguna causa cómoda y asumible, mientras que los antes periodistas se suicidan desde la otra punta del teclado preocupados por ajustarse a lo hipercorrecto y a lo que dichos canales esperan encontrar.

Recuerdo haber publicado en ABC hace años una crónica sobre la escabrosa vida sexual del matrimonio Joyce, un Bloomsday, que hoy no resistiría la mojigata revisión de los algoritmos californianos, pero tengo también sobre mi pantalla ahora mismo un panfleto reciente abominable y sin firma que escupe sobre mí, sin venir a cuento, una catarata de exabruptos y transgrede las normas deontológicas más elementales del periodismo y de la información para apelar a la censura y contra la libertad de pensamiento y de opinión.

Un periódico que reclama y exige la censura parecería un oxímoron o al menos una incongruencia, pero esto es lo que tenemos en el cementerio de la hipercorrección política. La única dignidad de las páginas de información de ese artefacto reside sólo en que allí publica todavía un periodista colosal como Paquiño, cronista único, exclusivo, de otra pasta, que escribe sus piezas antes de sentarse y al que tendríamos todos (por cantidad, calidad, rigor, color y honestidad), que elevar honores y plegarias de agradecimiento como si fuese el verdadero sucesor del santo italo-francés.

Que la pequeña mafia siciliana matrimoniada de constructoras, políticos y editores se haya quedado a vivir como un piojo en uno de esos artefactos que hace años prestigiaban el oficio de periodista constituye la metáfora perfecta de la falta de ética y de la amoralidad de los tiempos que vive el antaño respetable oficio que formaba parte de “las tres p”: putas, policías y periodistas.

Sólo los dos primeros han sobrevivido y los últimos se han suicidado o se han pasado a cualquiera de los otros dos. Periodistas van quedando pocos; folclóricas, muchas.

Feliz Día del Patrón, queridos compañeros, a los que os guardo tanto afecto y respeto como vosotros me guardáis a mí. Gracias.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *