En defensa de la vida… de Brian

Tengo una hipótesis sobre el origen de toda esa excrecencia progre que resumió muy bien cierta candidata de C’s por Canarias cuando propuso que los perros sean “personas”, así, tal cual y sin anestesia…

Ha pasado el tiempo y, como cualquier otro delirio de esta época pos-logsiana, su propuesta fue ganando asiento y ha alcanzado ya las playas hasta de Esperanza Oña, vicepresidenta del Parlamento andaluz y ex alcaldesa del PP en Fuengirola, quien ahora capitanea un lobby de presión animalista junto a otros diputados del más rancio comunismo patrio.

Si uno se lo toma en serio y no como una muestra más del pensamiento líquido y aceitoso que impregna nuestros días, cabría decir que todo parte, quizá, de una confusión ilustrada, la de haber considerado a la razón como única fuente moral del individuo: el ser humano como eje del Universo.

Era una idea, por así decirlo, racionalista, laicizante, humanista, que a la vez tumbaba en alguna medida la presencia y la idea misma de Dios. Desde el Renacimiento, el ser humano se imponía en el centro de la existencia y con la Ilustración Dios pasaba a un segundo o tercer plano, muy por detrás de la Ciencia y del empirismo científico. Con el darwinismo, el nitzscheanismo o el marxismo, Dios sucumbió y pasó a ser una creación del hombre y no a la inversa. Era la modernidad. Y se produjo el consenso…

Sin embargo, una vez encumbrada la razón y el individuo nada impide que regrese la sinrazón como algo revolucionario (el progreso es siempre contra lo establecido, creen ellos), así que aparecen los modernos, los avanzados, dispuestos a dar su lucha contra aquel nuevo dios del raciocinio y el individuo.

Aquel racionalismo había establecido al ser humano como eje del mundo, de modo que la única diferencia taxonómica plausible entre una foca y el ser humano, entre una lagartija y una mujer, entre un pez y un hombre, era, según esa idea, la consideración moral de la racionalidad de unos y la irracionalidad del resto de los animales.

Pero con la candidata de C’s y resto de la amalgama se ha iniciado la deconstrucción progre de ese avance de la civilización y vuelven para denostar y arrumbar ese ya viejo concepto: no hay diferencia, ni moral ni de ninguna clase, entre lo racional y lo irracional, todos somos seres vivos y la condición de racional o irracional carece de valor alguno.

Incluso la Naturaleza, en su conjunto, ha de contemplarse como un ser vivo (lean a ese Papa, más delirante que panteísta), y abogan por la terminología confusa que a cada fenómeno explosivo ocasional habla de que la Tierra “se queja”, o “protesta”, o “se duele”, como si la erupción de los volcanes, los tsunamis, las sequías o las nevadas que te atrapan en la carretera merecieran consideración moral alguna.

Algunos no se ponen de acuerdo, como en toda secta, y discrepan de si un feto es un ser vivo o no y si, por tanto, puede ser eliminado al gusto y cuando le plazca a alguien; pero no un toro. Ni una langosta, ni “un huevo de pollo” (Errejón dixit) tampoco, según el método empleado.

Así, en su condición de seres vivos, sin entender de racionalidad o irracionalidad, todos en el mismo y único plano, en ese rasero han de ser considerados iguales. Y de ese modo, hasta los perros son “personas”, aunque aún no me queda del todo claro si en defensa de “la naturaleza”, como dicen ellos, la expansión de un virus puede o ha de ser considerada objeto de protección, una muestra de la vitalidad natural. Y los tontos, tontos son.

Para colmatar el cubo, quienes defienden todo esto han llegado a la conclusión de que la mejor manera de acabar con un virus es a cañonazos contra… la libertad de las personas. Viva la revolución de los mindfullness contra el cáncer, de los animalistas, del feminazismo, del LGTBismo, de cualquier milenarismo, del pacifismo buenista y esotérico, del calentamiento global, del derecho a ser madre habiendo nacido con testículos, como en “La vida de Brian”, y de cualquier ocurrencia contra la razón opresiva y opresora que no nos deja vivir en paz ni siquiera para gastar más de lo que producimos.

O sea, que los presupuestos del Estado (de cualquier Estado) son fachas y represores. Por definición.

He dicho.




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