En Castilla y en Sevilla

Olvidemos por un instante que estamos en 2022.

Muchos sevillanos que viajan en verano a ciudades de Centroeuropa se sorprenden de padecer más calor que el nunca sufrido en suelo hispalense. Con asombro constatan la ausencia de aire acondicionado en transportes y espacios públicos, en tiendas, en museos famosos, e incluso en hoteles considerados de lujo, pero carentes de algo que en Sevilla damos por sentado. Cierto que hablamos de ciudades en las que tal vez no hay muchos días de calor al año; pero cuando tocan, pues ciudadanos y turistas deben padecerlo sin paliativo alguno. Y de repente, el sevillano revaloriza su nivel de vida cuando está en casa. En los peores días del verano, al ir de un sitio a otro, pues cabe entrar en un bar, detenerse luego en una tienda, subirse a un autobús; incluso al hacer gestiones cotidianas y prosaicas – el supermercado, el banco, esta o aquella oficina, Correos, Hacienda- pues el benéfico refrescón al entrar, viniendo de la calle, hace llevadero el trámite, y le permite aguantar hasta el refrescón siguiente. 

Y acaba sacando la obvia conclusión: No importa tanto la temperatura, sino el que un lugar esté o no “preparado para el calor”.

Se cuenta que Isabel la Católica afirmó que prefería pasar “los inviernos en Castilla, y los veranos en Sevilla”. “- Pero Majestad, ¿no ha querido decir lo contrario? – No. Los inviernos, digo, en Castilla, con el leño grueso en las chimeneas; los veranos en Sevilla, con el patio fresco entoldado y la fuente…”. Es decir: siempre se ha reconocido que la habilidad humana, depurada por siglos de civilización, para atenuar el calor, acaba produciendo en Sevilla, paradójicamente, el mejor entorno para pasar el verano. Decía José María Pemán: “El que se va a otras latitudes lo que hace es huir del verano; el andaluz que permanece en su tierra lo saborea: es el que verdaderamente veranea”. Claro que hablaba de otra época, hace ya casi un siglo- aludía a un entorno rural, de parra y botijo, y muros gruesos, y tareas penosas reservadas para la noche, o antes del amanecer, y largas siestas y quietud y silencio en las horas centrales del día.

En los decenios recientes, todo ese finísimo entramado, fruto de los siglos y del ingenio, para hacer ameno el verano – los patios, la sombra, la distribución de horarios – había desaparecido y lo que actualmente conocemos como “estar preparado para el verano” se reduce al aire acondicionado. Pero aun en eso se advierte la huella de la cultura andaluza, la herencia de los facedores de las fuentecitas de la Alhambra y del Alcázar de Sevilla: un amor al bienestar dentro de la modestia, sobre todo en lo relacionado con el aseo y la pulcritud. Habrán desaparecido la parra y los verdaderos toldos; pero el modo de generalizarse, hasta en las casas más humildes, y en cada tiendecita y localito, el aire acondicionado, es un tributo a una cultura que no le dio tanta importancia a cosas como la ambición, el poder, etc, pero sí a la limpieza y a un bienestar básico. Sevilla fue de las primerísimas ciudades, a mucha distancia de las demás, en tener aire acondicionado en sus autobuses urbanos. Sí, incluso el humilde viajero que total no va a pasar ahí más de unos minutos, pues goza de ese pequeño lujo. Es hasta cuestión de estética. Qué feo queda una persona sudando… (Es un comentario de mal gusto, pero en ningún sitio se ve esto con menos frecuencia, ni está peor visto, que en Andalucía. El termómetro dirá una cosa; pero nuestro amor al agua, a la fuente y a la ducha y al fresquito y al decoro, produce otra). 

Si a nuestra casa llega un amigo o familiar, inmediatamente ponemos aún más fresquito el aire acondicionado. “Vendrás acalorada”. Al albañil, al pintor, a la que viene a limpiar, le decimos siempre: aquí tiene el mando del aire. Es la versión contemporánea de una hospitalidad y un decoro milenarios, del “aquí tiene usted su casa”. Ya sea la casa el más modesto pisito de extrarradio. Ya ahorraremos luego, para nosotros, en otras cosas.

Ciertos cambios procedentes no por cierto del pueblo llano, sino de los de arriba, nos hicieron aún más dependientes del aire acondicionado. Las ventanas herméticas que no se pueden abrir (estrictamente hablando no son ventanas) ubicuas en autobuses interurbanos, en trenes, incluso en multitud de edificios… suponen casi tentar al diablo, en un acto de soberbia como si un aire acondicionado no se pudiera averiar; y sí, se avería, como todo en la vida (¡lo inteligente es preverlo!) y los ciudadanos del siglo XXI en un tren “con el aire averiado” padecen mucho más que sus antepasados del XIX que podían abrir las ventanas. Y cuando la avería se presenta en un vehículo privado, echamos de repente de menos esos coches de películas del siglo pasado en los que, sabiamente, una ventanilla triangular permitía que diera el aire sin incomodar a los viajeros (¿por qué dejarían de fabricarlas?). 

Desde arriba se nos ha creado un mundo en el que los tradicionales recursos del andaluz para mitigar el verano ya no son posibles; ni las hechura de nuestras viviendas ni de los vehículos ni nuestros impuestos horarios (ni hasta los “toldos” que coloca el Ayutamiento, que no son tales, pues no se pueden descorrer y por la noche dan calor), ni nuestras obligaciones ni tipo de ropa, nada ha quedado de lo que Doña Isabel la Católica disfrutaba en Sevilla. El amor al fresquito y al aseo, el horror a los sudores, sólo cuenta ya con el aire acondicionado que honre nuestra fama de limpieza y de hacer grata la vida aun siendo humildes.

Y después de habernos hecho ultra dependientes de un solo recurso, que invade lo más íntimo de nuestra cotidianeidad ¿dicen que nos lo quitan? 

¿Cómo?

Continuará…




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