Y si vamos a los mensajes que nos llegan del mundo religioso, a las homilías, las catequesis, las cartas pastorales de obispos en estas fechas, pues una constante desde que el recuerdo alcanza, es la condena del consumismo, y el insistir en que la Navidad “no es eso, no es eso”, sino que la Navidad es, por ejemplo, “ir a visitar a ancianos que se encuentren solos”.

La buena intención es patente, y cuenta con mi simpatía. Pero el error es craso, aunque a muchos, imbuidos desde la infancia con esa cantinela, les cueste verlo porque ni se detienen a considerarlo.


En los Evangelios salen grandes festines – así como grandes ayunos. Abundan las parábolas que hablan de espléndidos banquetes, y no en sentido condenatorio, sino lo contrario, siempre que estén justificados (“Amigo, ¿cómo vienes sin traje de boda?”). Las tinajas del agua convertida en vino en las bodas de Caná suponen, se calcula, unos seiscientos litros para animar un convite en el que ya antes se había bebido. La terminología religiosa no cesa de hablar del banquete celestial. (“¿Acaso pueden los amigos ayunar mientras el novio está con ellos?”).

En nuestra época, más fría y neutra y desapasionada, ha desaparecido el ayuno (incluso el nimio, simbólico residuo que queda de una leve abstinencia en Cuaresma, es denigrado por muchas personas religiosas diciendo que “eso es lo de menos” y hasta que “eso es una tontería”) y también la alegría de celebrar banquetes con la conciencia tranquila. Ni una cosa ni la otra.

Mucho antes de la aparición del consumismo moderno, el nacimiento  del Hijo de Dios, tras una preparación de ayunos de Adviento, se celebraba con auténtico derroche y esplendor; así lo hacía el “inventor” de los belenes, San Francisco de Asís, que exigía en la mesa los mejores manjares para comer y repartir, y hasta a los animales atiborraba porque era tiempo de excesos, que toda celebración era poca para lo que se conmemoraba. Un semón papal del siglo V advertía enérgicamente que  “a nadie le sea permitido estar triste en esta fecha”. Hasta los más sufrientes tenían que alegrarse de que Dios se hubiera hecho hombre para sufrir como ellos; esto era motivo de increíble alegría en una sociedad en que la existencia de Dios era vigente e indiscutida.

“Es la época de visitar a ancianos que vivan solos…” “Porque hay mucha necesidad en el mundo”. Así pues, predican que la Navidad es momento de recordar el hambre, la miseria, la soledad… No nos recuerdan la belleza, la grandeza, el esplendor, cómo su posibilidad entró en el mundo. Por supuesto, cuando te enteras de la Buena Nueva y de ella se te ha henchido el corazón, entonces puedes visitar con alegría a cien ancianos, y el hacerlo te sale solo aunque no te lo digan; cualquier cosa que hagas lleva consigo la Navidad, la trasmites sea en asilos o en bloques de pisos o en supermercados… Pero PRIMERO hay que pregonar la Buena Nueva, es lo que se olvida.

La alegría y hasta el derroche hay que compartirlo, y hasta con prodigalidad. Que llegue a todos. Pero, antes que de tristeza y remordimiento por “tener cosas”, más coherente con la Navidad de los primeros cristianos es, en esta fecha, llenarse de júbilo, y de extravagancia y tirar la casa por la ventana… No es momento de pensar en las miserias del mundo. Es momento de pensar cómo este ha sido, para todos, enriquecido.