Leer aun sin quererlo tantos mensajes absurdos de los que se reenvían es algo tan cotidiano que no hay ni que detenerse en ello, ni aun para criticarlos; mejor ignorarlos y dedicarnos a lo que creamos más productivo, o gratificante. Pero a veces llega uno especialmente hiriente, uno que ataca lo más profundo de nuestra sensibilidad, y encima presentado de forma tan insidiosa y “atractiva” que hará que muchos le den automáticamente al “Me gusta” sin meditarlo ni un instante.

De los más dolorosos para mí son los de este tipo, repetidos cada año, aun antes de existir las redes sociales: “Menos lucecitas de Navidad y más investigación contra el cáncer” (O “Menos lucecitas de Navidad y más… lo que sea, cualquier cosa obviamente deseable”).


Un utilitarismo facilón que puede rebatirse de mil modos. Como si una cosa quitara la otra, como si el ser humano no necesitara de mil cosas a la vez, y ante todo, más aún que de la salud (que un día fatalmente todos perderemos), de un poco de alegría.

Vayamos a lo concreto. El que inventó el eslogan, por ejemplo de “menos lucecitas y más lucha contra el cáncer”, ¿no tuvo familiar alguno con esa enfermedad, ni con ninguna otra grave? ¿No sabe que, aparte de medicamentos y de analgésicos, lo que hace llevadera esa etapa de la vida es el demostrar el amor, cuando lo hay, con mil “frivolidades”; que cosas como la foto de una nietecita vestida de pastora adquieren en esos momentos su valor más profundo, recordándole al enfermo que en el mundo sigue habiendo ilusión y llevándole, hasta su rincón, una poca?

Y hay enfermos muy queridos y acompañados y otros que menos. Las luces de Navidad en las calles son cosa singularmente benéfica, igualitaria y universal. Son para todos lo que pasan. El más solitario y abandonado de los sufrientes en estas fechas puede disfrutar de ellas. Las familias bondadosas sacan a la abuela, ya con un poco de Alzheimer, “para que vea las luces de Navidad”. Y las que no tienen quien las lleve pueden verlas por el balcón, o en último caso, por la tele.

No todo es utilitarismo; pero si vamos a ello, calcúlese el “gasto” de los millares de lucecitas, y será ridículo al lado de cualquier, cualquier otra partida de las que nuestras opulentas administraciones públicas a cada minuto derrochan. Como, a diferencia de otras, esta se ve (y además es hermosa), por eso recibe censuras. ¿No es más lógico denunciar los derroches que no vemos? O los que afean la vista. Cuando algo es feo, se supone que es necesario o “moderno” (aunque sea inútil y haya costado millonadas). Si algo es bonito, es adonde llegan los dardos.

Como es bello, se considera superfluo. Es justo lo contrario de lo que afirma la más elemental antropología: que la belleza es una necesidad.

En años recientes ha caído en desuso la ancestral costumbre de decorar bares y cafeterías con adornos inocentes. Resulta que el no poner nada navideño es más “cool”; a veces hasta subrayan esa ausencia con un minimalismo ostentoso. El entrañable espumillón ha pasado a considerarse “cateto”.

El espumillón… Pocos objetos materiales habrá en este planeta que con tan mínimo, casi nulo coste, puedan dar más ilusión de inocente alegría. No es de extrañar que tenga detractores. Ojalá sus partidarios nunca dejen de existir.