El consumismo. Cuando se critica el culto al dinero, la decadencia de Occidente, etc, se suele recurrir al mismo ejemplo: se dice que la gente sólo piensa en comprar y consumir. La imagen de unos grandes almacenes abarrotados se presenta como el epítome de lo peor de nuestra sociedad; como la prueba visible de la odiosa primacía del dinero.


Pues se me ocurre que la tan denigrada imagen del “gran almacén repleto en fechas navideñas” es precisamente la parte más simpática, la más alegre e inocente del consumismo.

Nuestra vida cotidiana se ha convertido en un perenne, inmisericorde recordatorio de cuánto DINERO tenemos exactamente, y de cuánto nos cuesta cada cosa, y de cuánto hemos pagado por esto y por lo otro, y de si podríamos pagar menos, y de si es justo o no es justo que haya un euro de más o de menos en cualquier cuenta por cualquier concepto. Si vamos en el coche disfrutando del cielo y de los árboles, la radio hará un paréntesis en el oasis de paz para increparnos: “¿Cuánto pagas por este u otro seguro, por esta factura o aquélla? Cámbiate de compañía, pagarás algo menos”.


Los anuncios ya no intentan atraer con el glamour o con la belleza; todo es cuestión de números, de descuentos. Esto es lo peor del consumismo. No poder disfrutar espontáneamente de lo que tenemos, de los bienes naturales y materiales, sin ser conscientes en todo momento de cuánto dinero cuesta; vivir obligados a estar continuamente calculando, recordando, constatando cuánto pagamos por cada cosa. Lo que antaño se consideraba una ordinariez (comentar cuánto hemos pagado por un objeto) ahora es algo obligado, algo de lo que hay que informar no sólo al Estado, sino a cualquier conocido casual; el “¿Cuánto te ha costado?”, ya se refiera a una casa o a unas botas, se considera pregunta tan obvia como el “¿Cómo te llamas?”.

Lo que antiguamente era característico de los “hombres de negocios” es ahora el triste destino de todos: el estar todo el día pendientes de los números, por poco que se tenga. Creo que esta es la parte más tétrica de nuestro modo de vida.

La cicatería ha sustitído a la generosidad. La idea de hacer valer siempre los propios derechos económicos, aun en lo más nimio, algo que en otra mentalidad se podía considerar un exceso de tacañería y pequeñez de miras, ahora no sólo es plenamente aceptado, sino que ha adquirido un rango de valor moral.

Confrontándolo con todo eso, la estampa de un gran almacén en fechas navideñas repleto de compradores no indica nada pernicioso. Precisamente aquí el dinero se emplea como instrumento, como lo que debe ser. Y si invade un sentimiento de derroche y de prodigalidad, bendito sea. Por un momento se ha podido olvidar lo que cuestan las cosas.

El “culto al dinero” es otra cosa: es tratarlo como a un valor en sí mismo, algo sagrado, incuestionable y que determina todo lo demás. Hay más culto al dinero en casi cualquier otra cosa de las que solemos hacer, que en el que en el espectáculo de una tienda repleta de público.

Claro que hay espacio para la vanidad y por supuesto para el despilfarro, pero estos son los males más sanos y perdonables, los que también se daban, por ejemplo, en una sociedad medieval impregnada del sentido de lo eterno.