El Wolof, el Soninké… y el Marlaska

Marlaska ya no es de este mundo. Parece a punto de transformarse en un San Sebastián desnudo, asaeteado por sus propias flechas de cinismo envenenado, atado al tronco de sus divinas ensoñaciones bajo los focos y rodeado de policías con músculos de gimnasio. O sea, Marlaska parece un transformista.

Con su vieja aureola de juez audaz e incorruptible, Marlaska se nos desnuda en cada decisión que adopta desde el púlpito del Ministerio, como si estuviera a punto de subirse a la carroza de su propio orgullo.

Mientras fue juez estrella, su acción debía incardinarse en los preceptos necesarios de la legalidad vigente. En cuanto que ministro, su potestad excede con mucho sus antiguas facultades y puede lucir hasta de faralaes, si le apetece.

El margen de discrecionalidad de un juez es amplio, pero está acotado en los códigos de Procedimientos y en la Ley Orgánica del Poder Judicial. La arbitrariedad también tiene su margen, pero ha de estar motivada y ser justificada en folios con sello de tribunal, mientras que como ministro dispone de una franja infinita para merodear la ley y los formulismos hasta sentirse un intocable de Elliott Ness o una diva sobre el escenario.

Un juez ha de aparentar imparcialidad y puede ser juzgado y removido a instancia de los acusados o incluso de oficio, pero un ministro no precisa ni siquiera parecerlo, como lo demuestran los casos de Ábalos, Iglesias o Montero, por ejemplo; ni tampoco disimular que actúa por interés torcido o a favor de parte. Es su caso.

Todo ese contraste entre el Marlaska juez y el Marlaska metido a ministro da para presentarse en Ascott con pamela de mucho brío y relumbrón, porque hubo un tiempo en que la democracia de todos le confió una cierta clase de justicia redentora de los asesinatos más graves en su contra y ahora actúa como un vulgar cuatrero de honras y reses cuyo único dueño final es la soberanía popular.

Con el omnímodo poder de tirano persa que le otorgan Sánchez, el BOE y el Ministerio, Marlaska lleva cuatro meses sodomizando a la cúpula policial con la prestancia, la rapidez y el descaro de un pistolero del Far West.

En ese breve plazo se ha cepillado a buena parte de los altos mandos de la Policía Nacional y la Guardia Civil por “pérdida de confianza”. Y no me extraña, porque “sólo sí es sí” y este Marlaska nunca acepta un no para sus caprichos y oscuras intenciones.

Al jefe de la Policía que quiso comprar mascarillas y protecciones antes de que arribara el virus, Marlaska lo puso mirando a Cuenca; al general de la Guardia Civil que reveló la “proposición indecente” de su gabinete para acabar con las críticas al Gobierno lo envió a las siniestras mazmorras del silencio; y ahora ha querido convertir al antihéroe del independentismo catalufo, el arrojado coronel Pérez de los Cobos, en mártir…, por exceso de colaboración judicial con la juez que instruye las denuncias contra el delegado del Gobierno.

El coronel Pérez de los Cobos demostró un dribling endiablado para sortear las preguntas capciosas de las defensas de los golpistas ante el juez Marchena durante el proceso por sedición, pero el abusador Marlaska arrea las patadas fuera del reglamento y envía al otro equipo, sudoroso, a las duchas y a los vestuarios. 

Resumiendo, Marlaska se ha marcado un ‘ménage à trois’ con ambos Cuerpos.

Pero cuanto más grita Marlaska en este despelote, más en evidencia deja a Sánchez y a sus secuaces. Por lo pronto, Simón está bajo sospecha y siendo investigado, y el delegado del Gobierno en Madrid, de apellido Franco, está imputado por borrar, presuntamente, informes de Sanidad que podrían demostrar que quisieron ocultar las pruebas que les delataban como colaboradores necesarios en la expansión de la pandemia antes del 8-M. Lo sabían todo y ahora fingen no saber nada…, mientras el cuerpo aguante.

– Simón, sé fuerte… Mañana te llamaré. -registrará algún móvil.

Pero la tarjeta de un móvil tiene hoy más peligro que Irene Montero atendiendo el 016 en 53 idiomas.

A su marido, Pablo Iglesias, le ha retirado el juez García Castellón su condición de víctima o perjudicado por el presunto robo de una tarjeta USB con el contenido del teléfono de su asesora marroquí.

La cloaca no era del Estado, sino un bajante roto lleno de inmundicia en la casa propia de Podemos. Y ahora el nene Iglesias pretendía figurar de fontanero cuando está en la urdimbre misma de este Coletaleaks.

Falta muy poco para que el CNI celebre sus reuniones en la cafetería de abajo, a espaldas del subcomandante, cuyo expediente se aproxima peligrosamente a la retirada de pasaporte.

Iván Redondo no da abasto a comprar portadas de periódicos con el dinero de los ERTE que no llega a sus destinatarios:

– Salimos más fuertes. Simón, por tu madre, sé fuerte…

El artículo 19 del primer decreto de alarma dotaba al Gobierno de la facultad de incluir mensajes en los medios de comunicación, pero se supone que sería para proporcionar a la ciudadanía información necesaria que pudiera considerarse urgente o de interés general y no para tocarle el tambor y la trompeta a la tribu de los Marlaska, que pronunciado así parece otro más de los idiomas del 016 de la Montero: el Wolof, el Soninké, el Mandinka, el Tamazight… y el Marlaska.

He dicho.




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