El virus del pensamiento líquido

Dos amigas, mulatas, del Caribe, expresan en el muro de una de ellas su asombro, su desprecio, por la situación que les está tocando vivir.

Protestan con rabia contenida porque la empresa Quaker/PepsiCo, que usaba desde hace más de 130 años un dibujo de una mujer de raza negra que identificaba sus productos de la marca “Aunt Jemima” (“La tía Jemima”), ha decidido cambiar el logo tras reconocer que sus empaquetados recogían un estereotipo racial.

Por el mismo motivo, la empresa Mars, propietaria de la marca “Uncle Ben” (El tío Ben”), el arroz más vendido en EE.UU. desde la II Guerra Mundial hasta 1990, cuyo logo era el dibujo de un supuesto granjero negro con corbata de lazo, ha anunciado que estudiará cambiar la imagen de su empaquetado tradicional.

En sus lamentos, a mis amigas casi se les ve mesarse los ensortijados y abultados rizos naturales y delatan una comprensible rabia por las ridículas razones que esas marcas comerciales alegan para justificar el cambio de imagen. Expresan una notable nostalgia por la manera en que a todos nos están robando la iconografía asociada a la infancia por razones insoportablemente absurdas.

De repente, entra en el muro alguien, rostro caucásico y ojos claros como si la hubiesen importado de la estepa rusa. Y les estampa:

– “A mí me parece muy bien que adapten el logo a la época en la que vivimos. Perpetuar estereotipos es continuar con la discriminación. Si un colectivo históricamente oprimido […] se siente ofendido, lo natural es dejar de ofender. Yo lo veo muy bien”.

Difícil saber si lo que pide la caucásica es que sustituyan la imagen de marca por una de ella misma, en cuyo caso los afrodescendientes, o los cocheros de caballos, o los tuaregs podrían alegar tal vez que el estereotipo racial caucásico les resulta ofensivo. Tal vez no considera adaptable a los tiempos presentes la imagen de un negro o una negra. O considera que el pasado, la tradición, ofende al futuro. ¿También la cruz? ¿Versalles? ¿Las pirámides de Egipto? ¿El coliseo romano?…

Lo más probable es que detrás no haya nada, salvo un cerebro plano y como aplastado por una apisonadora de asfalto que sólo refleja la incapacidad residual en la que estos tiempos han amoldado el pensamiento líquido de una masa amorfa, que no es pensamiento, sino apenas una emocionalidad inepta insostenible y con la profundidad de una lata de anchoas.

Entro en el muro de la caucásica…Tranquilos, descubro por sus fotos que parece aficionada a los festejos de taconazos de aguja y que colaboró unos meses en los inicios de la carrera política de un tal Pablo Iglesias. Campo abonado, trigo segado.

Otro reptiliano de parecida especie (esta vez es de los que emplean la @ para resultar inclusivos y tienen su muro abarrotado de fotos de perritos, gatitos y memes de autoayuda) abunda en la misma alopecia mental. Y dice:

– “Yo también soy de los que opinan que merece la pena cambiar las cosas si hay una sola persona en el mundo que se ofende. Aquí ya se cambió “el yo soy aquel negrito” del Cola Cao y me parece infinitamente más actual y acorde a los tiempos que vivimos la letra elegida. Cuestión de opiniones, lo que no podemos pretender es el consenso, la diversidad de opiniones nos enriquece, lo fundamental es el respeto”.

Es decir, otro que ha oído campanas pero no sabe dónde y que se despeña por el precipicio de la insustancia y la inanidad del “Black ‘Lies’ Matter” (no es errata).

Deduzco que una sola persona que se ofenda en el mundo puede conducir a estos cabezas de huevo a arrodillarse, a la claudicación, al vasallaje (¿al suicidio?), en cuyo caso mejor no imaginar a nuestra civilización pendiente de los 300 en el paso de las Termópilas, ni averiguar qué cosa podríamos exigirle a Sánchez, a Illa o a Simón con las mentiras y la insultante gestión que nos han causado decenas de miles de muertes. No parece ofenderles.

Queda por demostrar que “la diversidad de opiniones”, así, sin más, pueda enriquecer los debates sobre cuál es el mejor combustible para viajar a Marte o sobre la mejor manera de operar a corazón abierto, porque, dependiendo de lo que se trate, lo deseable serán las opiniones expertas y no la diversidad misma. Las idioteces, me temo, no debieran computar como riqueza. Lo virus mortales tampoco debieran contar como riqueza de la diversidad natural.

Si entiende que no se puede “pretender el consenso”, pero “merece la pena cambiar las cosas”, quizá sólo pretende cambiar aquello que a él le salga de las narices. Sobre el respeto, dependerá, imagino, del que los demás demuestren por lo ajeno, a no ser que lo exija también para quienes destrozan las calles, vandalizan estatuas o autobuses, o para los que entren en tu casa a robar o a violar a la abuela. O sea, otra vez la papilla cereal de frases hechas y el buenismo estúpido sustituyendo a la meninge.

“La tía Jemima” existió, era una mujer real, de piel oscura, nacida esclava en Kentucky. Se llamaba Nancy Green, se convirtió en una estrella y vivió holgadamente gracias a su imagen en los panqueques, hasta que falleció en 1923. “El tío Ben” fue un maitre de hotel, en Chicago. Se llamaba Frank Brown y fue alzado a la presidencia simbólica de la junta de accionistas de la empresa arrocera en 2007.

Al parecer, ninguno de los dos personajes que protagonizaban hasta ahora los anuncios debió haber vivido de su ‘ofensiva’ imagen. Estamos rodeados de imberbes tiranuelos cuya capacidad de pensar se asemeja cada vez más a las amebas. No piensan, pero sienten… Sienten tanto, tantísimo, que la emoción les ocupa todo y ya no les deja hueco para casi nada más, salvo para la obediencia. El fanatismo de la sinrazón y el racismo inverso parecen dos virus que han llegado para quedarse. Habrá que encontrar una vacuna para esa epidemia, es urgente.

He dicho.

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